Semanario Cultural

‘Elogio de la literatura’: lo que nos dice del presente

Este fin de semana de imposible tránsito por Madrid, con la Feria del Libro como objetivo inalcanzable, calles cortadas, repletas de fervor papal y selfies, recomendaciones de teletrabajar (¡no se muevan de casa!); todo era una invitación a quedarse quieto o, como alternativa, pasear… por la literatura a lo largo del tiempo. Algunos suplementos literarios nos animaban a ello de la mano de Alba Rico, de Gándara, de Rojo, o recordando a Borges en el aniversario de su muerte.

Un viajar sin movernos de casa en el que nos topamos de entrada con algunas preguntas: “¿Es posible atravesar el aguacero de la historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo?”. Preguntas que leemos en Babelia, reproducidas por la crítica Anna Caballé, y que son las que se hace el filósofo, ensayista y escritor Santiago Alba Rico en “su maravilloso ensayo Elogio de la literatura”, del que Caballé firma la reseña.

Santiago Alba Rico (F: Bellaterra Edicions)

Alba Rico escribe sobre una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek, para tratar de contestar dichas preguntas, aunque los problemas que plantean “Alba los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen”. 

A través de libros de referencia de esos autores, La metamorforsis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet, etc., Alba Rico hace una lectura intensa y cautivadora, sin “dar lecciones (…) es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe, como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños”, escribe Caballé. A continuación, confiesa que es “reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidos como un micro género ensayístico”, y afirma no entender de qué hay que defender la literatura: “ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte”. Preámbulo para hablarnos, a renglón seguido, de su prevención al abrir el ensayo, “parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras con relación a los autores que las concibieron”. Y así, mientras reseña el libro, aprovecha Caballé para discutir, desde su perspectiva académica, “la distancia (epistemológica) autor-obra” que Alba Rico “define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria”, pero que Caballé, profesora y experta biógrafa, cuestiona: “¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones y desánimos?”. 

Expresada la discrepancia, pasa a elogiar “los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro”, y el “análisis literario finísimo” del autor, que consigue “abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre”. De este modo se abordan temas como “la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos…— que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento”. Un libro, en definitiva, que, según lo define Caballé “es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela”. 

Clásicos que nos harán felices

Alejandro Gándara (F: Autor)

Los grandes textos de la Antigüedad, hebreos y griegos, que han fundado nuestra cultura hablan de la felicidad. Su propósito principal y último es proponer una ética -es decir, una conducta- para vivir sin miedo y sin angustia. Ese es su tema. Todo lo demás está subordinado a él. Pero a lo largo de la historia la interpretación académica, doctrinal o ideológica lo ha hurtado o desfigurado hasta hacerlo desaparecer, leemos en la sinopsis del libro Los textos robados a la felicidad, del escritor y ensayista Alejandro Gándara, un libro en el que pone a la Antigüedad y a sus clásicos en una perspectiva radicalmente contemporánea, útil y rigurosa, y por el que el autor obtuvo el premio de ensayo Eugenio Trías. “La civilización y la tecnología han cambiado el paisaje de la sociedad, pero el trabajo para ser dueños de nuestra vida tenemos que seguir haciéndolo nosotros. Nada ha cambiado”, se advierte al lector desde este ensayo que “es perfecto como pieza literaria de pensamiento porque explora los límites que configuran la frontera entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Lo perfecto no se encuentra en el dato, las magnitudes, la precisión o la exactitud, sino en visiones nacidas del encuentro entre límites que se entrecruzan”, escribe en la reseña del libro Félix Riera que publica Cultura/s.

Gándara nos propone mirar hacia la antigüedad, “esa antigüedad de dioses creados por hombres y de un Dios que nos habla a través de las parábolas del Antiguo y del Nuevo Testamento; hacia las tragedias circulares que nunca terminan y se mueven sobre sí mismas, como en la tragedia de Edipo o Antígona; hacia las aventuras y desventuras que se dan cita en la Ilíada y la Odisea. En todos esos lugares encontramos ejercicios, enseñanzas y palabras para recobrar la esperanza de que se debe y se puede vivir sin miedo”.

El libro consta de tres capítulos: “Las palabras”, “El poder: ideales y realidades” y “Temores y castigos”. Los tres abarcan historias repletas de sentido que el autor rescata, revisa y relee para mostrarnos que “muchas historias y textos antiguos nos hablan de la felicidad, pero trenzada de tal modo con la desgracia y la vicisitud de la aventura humana que no es fácil distinguirla”.

La intención a la que se nos invita es “redescubrir enseñanzas para ser felices, tras haber sido interpretados (dichos textos) de forma doctrinal o académica, debilitando así su alcance y su sentido. Se trata de desvelar la ética que contenían todas las historias expuestas para evitar el daño”.

En esta lectura de los clásicos, Gándara nos sitúa “ante unas historias que, en gran parte, son experiencias vividas, algunas por el propio autor y otras por el lector; experiencias que todos hemos atravesado, pero que resultan esquivas, como una anguila, cuando tratamos de explicarlas”. Indagaciones sobre el perdón, la dignidad, sin la cual no puede alcanzarse la felicidad, “una dignidad que no puede ni debe ser hurtada y que ha de ser defendida de forma radical”. Y la enseñanza de que no podemos tener todo lo que deseamos, “aceptación que nos evita un dolor interminable”, o cómo el amor consiste en “creer en lo bello, en lo bueno y en lo verdadero”. En definitiva, un ensayo que bien puede ser “un primer paso para avanzar hacia una educación moral y estética de la humanidad”. 

Repasar el pasado para comprender el presente

Joasé Andrés Rojo (F: Luis Sevillano / Fundación Juan Negrín)

En su selección semanal de libros del suplemento Abril encontramos otro ensayo, El futuro se cuida solo, este del periodista José Andrés Rojo, en el que explora a través de la historia y las obras artísticas, las transformaciones de la sociedad moderna y, de la mano de la literatura, la historia y la música, profundiza en conceptos como La nada, en torno a las revoluciones de 1848, El grito, que aborda las vanguardias del principio del siglo XX, El vals, sobre la reconstrucción de Europa o La fractura del fin del mundo tras la llegada de la era digital: “para husmear en este presente que se inició con los atentados del 11 de septiembre de 2001”, en palabras propio autor.

Escribe Rojo en el prólogo del libro (pareciera que entonando una humilde disculpa): “Tomar la palabra, qué enojosa situación. Más todavía en este mundo en el que todos se pronuncian a cada instante, emiten juicios, toman partido. No hay mucho que decir y, sin embargo, ahí está la brecha, en ese malestar de no reconocerse en parte alguna. Dice Montaigne al principio de sus Ensayos que lo que en ellos se puede encontrar solo son ‘algunos rasgos’ de su ‘condición y humor’. No creo que se pueda aportar mucho más”. Una declaración que anima al lector a pedirle que sí, que tome la palabra, que ensaye y se suba al escenario, sabiendo, en palabras de Michel Foucault, al que cita, que le precede “una voz sin nombre desde hace mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida”. 

En el citado prólogo nos da cuenta Rojo de cómo el argumento del libro –“si es que existe”, duda– lo encontró en un comentario de La traducción del mundo, un libro en el que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez reunió las conferencias pronunciadas en la Universidad de Oxford en 2022. Se refiere en ese comentario Vásquez a “una conversación que tuvo caminando por Londres con otro escritor, Hisham Matar. Ambos habían detectado que existía ‘una mutación, un leve desajuste’, entre las ficciones que escriben y la sociedad en la que lo hacen. ‘Hisham habló de nuestra relación deteriorada con la duda y las zonas grises’, recuerda, así que esa suerte de fractura de la que hablaron lo llevó a la idea de que la ficción es ‘inseparable de una cierta ética de la ambigüedad’, y de que nuestro tiempo está ‘plagado de pequeños fundamentalismos”.

Un libro del que se apunta en la promoción editorial que “no pretende ofrecer respuestas fáciles ni un relato cerrado de la historia. Es una invitación a cada época desde sus propias circunstancias y a reflexionar sobre cómo han condicionado la forma en que entendemos nuestro tiempo. Una obra que invita al lector a reconocer los ecos del pasado en el presente y a cuestionar la consolidación de este nuevo soberano que, de la mano del móvil, lo quiere todo y lo quiere ahora”.

Ecos que Rojo ha rescatado en las obras de un buen número de artistas, escritores, filósofos e historiadores. El listado es largo, pero sirvan algunos nombres como el de Flaubert, Hugo von Hofmannsthal, Joseph Conrad, Ernst Jünger, Maiakovski, Tzara, Italo Calvino, Marguerite Duras, John Updike, Carson McCullers o Saul Bellow; historiadores  como Orlando Figes, E. H. Carr o Christopher Clark; ensayistas, Pankaj Mishra o Francis Fukuyama, para hacernos una idea de la labor documental afrontada por el autor para su ambicioso proyecto.

Los demasiados libros

Decía Umberto Eco que “es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras”, que hay algunas cosas en la vida de las que siempre vamos a tener en abundancia, aunque solo usemos una pequeña porción: «Si, por ejemplo, consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa en lugar de algunos: cuando quieres sentirte mejor, vas al ‘armario de medicamentos’ y tomas un libro”.

Borges

Pero Eco tenía entre 30 y 50 mil libros. Imaginar una casa que los albergue es imposible en los tiempos que corren. Por eso comprendemos, aunque no del todo, al escritor venezolano y articulista de Abc Cultural Rodrigo Blanco Calderón cuando, en un artículo que se publica esta semana, cuenta que recientemente se ha deshecho de unos trescientos libros y espera “continuar con el expurgo en los meses siguientes. La idea es no solo liberar espacio en mis anaqueles y reducir la ansiedad de lo por leer, sino, también, enfocarme en unas pocas obsesiones. Borges es la más insistente, hasta el punto de que tengo más libros sobre Borges que del propio Borges. La fascinación por Borges se ha vuelto tan importante como la fascinación por la propia fascinación que despierta Borges”.

Viene ello a cuento de que el próximo domingo se cumplirán cuarenta años de la muerte de Borges. Y al margen del recordatorio de las sombras y polémicas que provocaron que muriera en Ginebra y el papel para que fuera así de María Kodama, lo que nos gustó del artículo de Blanco Calderón es su fascinación: “Para mí, Borges es como el Dios de Jung: invocado o no, siempre está presente. Esta omnipresencia de Borges, sin embargo, no es sojuzgadora ni aterradora. Es luminosa, asombrosa, liviana, divertida. No tiene nada de severidad veterotestamentaria, ni de redención cristiana ni de ataraxia budista. Se parece más a ese Dios lúdico de El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton…», y que viene a concordar con “el acontecimiento” que nos encerró en casa todo el fin de semana, y nos llevó a pasear por la literatura para entender nuestro presente.

E. Huilson

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