El destino, siempre el destino

Cansado después del trabajo que había supuesto su trilogía más famosa (La Traviata, Rigoletto e Il Trovatore), Verdi decidió decir adiós definitivamente a la composición musical y retirarse a vivir de las rentas en su villa de Santa Ágata. Corría el año 1859 y la vida tranquila en la comarca de Piacenza duró poco. En 1861 su agente Mario Corticelli le visitó para hacerle saber que el Teatro Imperial de San Petersburgo, en aquel tiempo, capital de todas las Rusias, le pedía que compusiera una ópera para la temporada que daría comienzo a finales de año: libertad para elegir tema y libretista. A cambio, el compositor recibiría 60.000 francos, una verdadera fortuna en aquella época. Giuseppina Strepponi, su esposa, que era la que se encargaba de la economía familiar, no se lo pensó dos veces y convenció (dejémoslo ahí) al maestro para que se pusiera manos a la obra. ¡Oh, el destino, siempre el destino!

Verdi llamó a su libretista habitual, Francesco María Piave y hablaron sobre una idea que rondaba la cabeza del maestro desde 1852: convertir el drama del español Ángel de Saavedra, duque de Rivas, que llevaba por título Don Álvaro o la fuerza del sino, en una ópera. Piave aceptó, a sabiendas de que el músico se iba a entrometer constantemente en su trabajo, decidiendo, incluso, cómo terminar un verso o qué rima era la que mejor sintonizaba con su música. Pero ya estaba acostumbrado a estos excesos.

La partitura quedó lista en tres meses. A finales de octubre, Verdi emprendió camino a San Petersburgo para preparar los ensayos y orquestar la composición. Le acompañaba la soprano Angelina Bossio, quien enfermó en la capital rusa y murió poco tiempo después con tan sólo 29 años. La cantante fue reemplazada por Emma La Grua, quien también enfermó. ¡Oh el destino, siempre el destino!
Como Verdi se negó a cambiar de soprano, pidió al administrador del teatro que retrasara el estreno. Volvió a Italia y se dedicó a recomponer la partitura.

En el otoño de 1862 volvió a San Petessburgo, acompañado de la soprano Caroline Barbot. Por fin, La fuerza del destino, que así se titulaba la ópera, fue estrenada en el teatro Bolshoi Kámeni el 10 de noviembre de 1862.
Las críticas no fueron muy elogiosas, a decir verdad: los críticos no reconocían en la obra al auténtico Verdi, muy ligado a la ópera francesa, seria, rigurosa. Demasiado drama, demasiada muerte. El público centraba sus críticas hacia la soprano, Leonora en la obra, hija del marqués de Calatrava. No era creíble para ese dramón.

Ni siquiera Verdi estaba satisfecho con el desarrollo del drama. No sabía cómo terminar. Las muertes de los tres protagonistas, Don Carlos, Leonora y Don Álvaro, era demasiado. Llegó, incluso, a pedirle consejo al autor del drama. El duque de Rivas tampoco le ofreció una solución satisfactoria.
Fue su editor, Ricordi, quien le ofreció los servicios de un joven libretista que estaba en alza, Antonio Ghislanzoni (futuro libretista de Aida). Y el novato dio con la solución: sacar de escena las muertes de Don Carlos y Leonora y evitar el suicidio de Don Álvaro.
Además, ya que estaba en tiempos de mudanzas, Verdi aprovechó para modificar el preludio y componer una auténtica obertura.
La fuerza del destino, renovada, se estrenó en el teatro de L’ Scala de Milán el 27 de enero de 1869, en la versión que conocemos hoy. Rotundo éxito.
Su obertura es, quizá, una de las piezas de repertorio de las grandes orquestas sinfónicas y se interpreta como partitura suelta. La fuerza del destino, se reconoce simplemente por su obertura. El resto de la composición importa menos. ¡Oh, el destino, siempre el destino!
Gabriel Sánchez
Concierto Kyobo Noblie 2023 en el Lotte Concert Hall de Seúl. Bajo la batuta del maestro coreasno Chung Myung-whun, la Orquesta Sinfónica de KBS interpreta la Obertura de La fuerza del destino, de Verdi:
