La tía Helen

Miss Helen Slingsby era una tía mía soltera
y vivía en una pequeña casa cerca de una elegante plaza
cuidada por un servicio de cuatro personas.
Cuando ella murió, se hizo silencio en el cielo
y silencio al final de la calle.
Se echaron las persianas y el enterrador se lustró los pies,
sabiendo que esas cosas pasaban.
Los perros fueron atendidos con mimo
pero poco después el loro también murió.
El reloj de Dresde siguió sonando en la repisa
y el criado se sentó encima de la mesa del comedor
con la segunda doncella en las rodillas,
tan prudente siempre mientras su señora vivió.
T. S. Eliot
(Traducción: Andreu Jaume)
Elliot y la tía Helen
La literatura es un conglomerado de vasos comunicantes, múltiples e inesperados. Prohibido morir aquí, la novela de E. Taylor que retrata a cierta burguesía británica venida a menos, que busca un refugio con decoro donde envejecer, traída al Patio este lunes, se nos aparece este jueves, fantasmagórica, en modo de precuela, antes de la decadencia de aquella, de la tía Helen. Morir en el esplendor de la herencia, no en el lado oscuro del hotel, cambia el tono de la narración, a dios gracias para Helen, nuestra tía, que ha fallecido y por eso el cielo calla, y la calle también. Y Elliot quiso acordarse de ella, y nos cuenta su final. Al criado, tan solícito siempre, tan inoportuno, lo perdonamos, claro, pues no es sino parte de esta nuestra íntima casa.
A.S.

Interesantísimo. Pobre Helen…