Artistas

El mundo cúbico de ‘Angelita’ Santos

Un mundo (1929), obra de Ángeles Santos (Museo Reina Sofía)

Ángeles Santos, ‘Angelita’ para la sociedad de su época, fue una pintora excepcional que realizó una obra deslumbrante antes de cumplir los veinte años. Con diecisiete, expuso en el IX Salón de Otoño de Madrid la obra Un mundo, tal vez la más importante de toda su carrera. “En el Salón de Otoño, que es como submarino del Retiro, náufrago de hojas y barro, ha surgido una revelación: la de una niña de diez y siete años. Ángeles Santos, que aparece como Santa Teresa de la pintura, oyendo palomas y estrellas que le dictan el tacto que han de tener sus pinceles”. Son las palabras que le dedicó el escritor vanguardista Ramón Gómez de la Serna, y que recoge el Museo Reina Sofía, donde se encuentra expuesta esta gran obra, también por sus enormes dimensiones, tres por tres metros.

Ángeles Santos nació en 1911 en Portbou, un pequeño, entonces, pueblo de la costa del Alto Ampurdán, donde estaba destinado su padre, funcionario de aduanas. Una infancia feliz que plasmó posteriormente en su obra. “Portbou era mi paraíso, tenía allí la sensación de que la vida era eterna”, diría más tarde. Los diferentes destinos del padre obligan a la familia a vivir en distintas ciudades y es en Valladolid, entrando ya en la adolescencia, cuando las habilidades artísticas de Ángeles llaman la atención. Pinta muy bien. El padre le anima y le acompaña a tertulias y salones de arte. La joven se empapa de las revistas de la época como Minotaure y muy especialmente del libro de Franz Roh Realismo mágico, post expresionismo, traducido al castellano en 1927. Ángeles tiene entonces 16 años.

Un autorretrato que fascina a Cossio

Autorretrato (1928 / Museo Reina Sofía)

Un año más tarde termina su autorretrato. El escritor Francisco Cossío, que entonces era director del Museo de Escultura de Valladolid, queda fascinado y comenta que es “un caso de precocidad extraordinaria, pues esta muchacha no cuenta con más de dieciséis años”.  La catedrática de Historia del Arte de la Universidad Complutense Estrella de Diego, que impartió esta semana una clase magistral sobre la artista en el Museo del Prado, insiste: “la obra es de una modernidad absoluta, podría haber sido realizada hoy, con esa camisa desabrochada, el corte de pelo actual…”.

Es una época donde “solo vivía para pintar”. Realiza dos exposiciones en Valladolid. Pinta a la familia, al tío Pepet, a la tía Marieta, al tío Simón; a  su hermano Rafael, a niños en la calle, a Anita y sus muñecas… Quiere pintar el mundo, su  mundo, y así se lo dice a su padre que le compra un lienzo de tres por tres metros.

Una tarde para ver Un mundo

Detalle de Un mundo

En octubre de 1929 es invitada al IX Salón de Otoño de Madrid. Allí expone su obra maestra Un mundo, que recibirá una gran acogida. El cuadro muestra un planeta cúbico plagado de referencias a la vida de la artista, rodeado de nubes con una gran escalera a su derecha por la que desciende un personaje que se va transformando y girando hasta llegar a las estrellas. En palabras de Estrella de Diego, habría que pararse “una tarde entera en la contemplación de esta obra”.

Y no es para menos porque si uno se fija bien en las caras del cubo se puede contemplar una ciudad, Valladolid, con sus casas, algunas abiertas sin pared ofreciendo al ojo del espectador su interior; hay un río con un señor pescando, hay un cementerio, un cortejo fúnebre; un edificio alberga un cine y en el piso superior una sala de exposiciones; una mujer compra en una panadería, una señora pasea con su perro; hay un avión y aviadores, una iglesia en un vértice del cubo; hay un parque, un campo de fútbol donde se juega un partido, una cancha de tenis, están las escaleras de piedra de Portbou, el mar y sus bañistas. Y hay un tren, con el que su hijo Julián soñaba y jugaba cuando era pequeño.

Una sala propia en 1930

Tertulia (1929)

El éxito es tal que acaba trasladándose a Madrid. Es de nuevo invitada al X Salón de Otoño con una sala propia en la que figurarán treinta y cuatro obras suyas nada menos. Tiene diecinueve años. Sus cuadros destacan por su novedad, su fuerza y su dramatismo. No todos los críticos lo entienden, como un tal Gil Fillol, que escribirá en La Estampa: “Y lo más temible, o, por lo menos, lo más doloroso, es que esta joven, ya de por sí indecisa en su arte, no va a encontrar una luz que le oriente, ni una mano generosa que le guíe, si persisten a su alrededor las adulaciones hiperbólicas y las censuras desconsideradas. Como pintora y como señorita merece los mayores respetos. Entre ellos, la verdad. Y la verdad es que su pintura no presenta sino novedades relativas”. Solo le faltó añadir “pobre Angelita”.

Anita y las muñecas (1929)

Mientras, la artista conecta con los intelectuales de la Generación del 27, se cartea con Federico García Lorca, con Jorge Guillén y con su admirado Ramón Gómez de la Serna, aunque acabará destruyendo sus cartas.

Gómez de la Serna, que le saca 25 años, está prendado de ella, según explica la catedrática De Diego. Se escriben cartas y conociendo al vanguardista se planta en Valladolid para pedirle su mano. Fuera o no esta la razón, su padre cree que se ha llegado muy lejos y piensa que hay que parar a la niña. No se sabe a ciencia cierta qué pasó más tarde, aunque la leyenda dice que Ángeles se escapó, huyó o salió un día de su casa y se acercó al río para ¿suicidarse?, ¿pasear? La cuestión es que salta la alarma. Ella misma dice que no puede parar de llorar.

Si llora, al manicomio

Pensativa (1929)

El resultado fue que los padres la ingresaron en un psiquiátrico o ‘sanatorio de descanso’ como se les decía eufemísticamente. Ramón Gómez de la Serna alzó la voz y protestó públicamente denunciando la situación de Santos. El 1 de abril de 1930 aparece en La Gaceta Literaria la siguiente noticia firmada por el escritor: “La genial pintora Ángeles Santos, incomunicada en un sanatorio”. En dos páginas describe a la artista, elogia su pintura y cuenta su visita a Valladolid para ver “los numerosos cuadros que ha pintado en el poco tiempo que hace que ha salido de esos colegios zafios, en que las monjas rusticanas, sin grado, lejanas al mundo, sordas y ciegas para él, preparan a las niñas precisamente para que entren en ese mundo que desconocen (…) limbos que buscan las familias, para estar descansadas de sus hijos, sin mucho costo”, dice. Y al relatar su reclusión en un manicomio, grita: “puede quedar disparatada y malograda una vida con tamaña reclusión (…) la responsabilidad es extraordinaria, han recluido a un ser al que ya le venía pequeño el mundo, una artista que volaba y que ni el vuelo le era suficiente”.

Permaneció casi dos meses en aquel sanatorio y  su trayectoria pictórica  quedó resentida. Renegó de los cuadros de su juventud, tuvo varios periodos de crisis creativas, se recuperó, siguió pintando, se casó, vivió en París, tuvo un hijo y falleció en Madrid a la edad de 101 años. Pero aquella extraordinaria pintura Un mundo quedó para siempre como su mejor obra. En el Museo Reina Sofía se pueden buscar todos esos elementos que con dieciocho años consiguió plasmar en ese gigante cubo.

Ana Amador

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