50 años sonriendo y llorando

Cincuenta años si nos atenemos al último proyecto. Si corremos las hojas del calendario hacia atrás y nos vamos hasta 1959, las sonrisas y los llantos son aún mayores. No es de extrañar, pues, que el actor Christopher Plummer, uno de los principales protagonistas de la historia que contaremos a continuación, llamara al proyecto “El sonido de los mocos”.

En 1949, la baronesa María Von Trapp escribió un libro de memorias titulado La historia de los cantantes de la familia Trapp. Se trataba de la experiencia vivida por una ex novicia, la propia María, que es enviada a la mansión de un oficial de la marina austriaca (Austria no tiene mar, así pues, el militar debía tener mucho tiempo libre), viudo por más señas, como institutriz de su prole, siete hijos nada menos. De ahí la alusión al tiempo libre del marino alpino. A lo largo de las páginas del libro, la baronesa cuenta su experiencia, su matrimonio con el militar y los avatares que la familia tiene que sufrir para sortear las consecuencias de la invasión de Austria por parte del ejército alemán a partir de 1938, año de la anexión.
El libro causó sensación. En 1956 el director de cine alemán Wolfgang Liebeneiner realizó una película titulada Die Trapp-Familie, obteniendo un discreto éxito en la Alemania post hitleriana. Pero Mary Martin, una estrella de Broadway vio la película y convenció a los productores de los musicales norteamericanos de realizar una obra, basada en la vida de la familia Trapp.

Richard Rodgers compuso la música y Oscar Hammerstein, la letra. El musical, bajo el título de The sound of music fue estrenado en Nueva York en 1959. Tuvo un éxito discreto. Hollywood quiso probar suerte y llevar a la pantalla la obra, para ver si los resultados en la gran pantalla eran mejores de los que se habían obtenido en el escenario. Se consiguieron las licencias y se buscó una productora. Universal rechazó la oferta: le parecía una obra menor y una banda sonora (la del musical) sin fuerza. Además, uno de los padres de la obra, el letrista Oscar Hammerstein había muerto y había problemas sobre derechos de autor y otras trabas que dificultaban la ejecución del proyecto, en opinión de la productora. Se llamó entonces a la puerta de la 20th Century Fox, que aceptó el reto. La música sería la original de Broadway.
Simplemente se eliminaron tres números y se añadieron otros dos inéditos, entre ellos, el famoso Edelweis, la última canción con letra del fallecido Hammerstein. Se buscaron los actores –Julie Andrews comenzaba a sonar, después de su éxito interpretando a Mary Poppins- y Christopher Plummer, elegido después de que Dean Martin rechazara el papel. Se necesitaba un director de fuste: William Wyler, Billy Wilder… No, Robert Wise, el director de West Side Story, todo un experto en el cine musical. Wise aceptó a regañadientes, pues la historia no le convencía.

En 1965 la película Sonrisas y lágrimas se estrenó y, contra todo pronóstico, pronto se situó en la cinta más taquillera. Ese año superó en recaudación y exhibición en cines a la mítica Lo que el viento se llevó.
Se rodó entre Los Ángeles y Salzburgo y no todo lo que se ve en la película refleja la realidad. Pero el cine es cine y, a veces, hay que dar sentido a la trama con algunas gotas de ficción.
Los Trapp no eran siete hermanos, sino diez. Siete del primer matrimonio del oficial de la marina y tres más que tuvo con María Von Trapp, después de que colgara los hábitos. Y no huyeron de la garra nazi a través de Suiza, sino que viajaron cómodamente en tren a Italia, de ahí a Londres y de la capital británica a los Estados Unidos. La baronesa visitó los estudios donde se rodaba la película y el director la invitó a formar parte de los figurantes en una escena. Se la ve, de lejos, escuchando una de las interpretaciones de Julie Andrews.
La película, por muy paradójico que parezca, consiguió dos premios Oscar, otros dos Globos de Oro…. Pero ningún galardón fue otorgado a la banda sonora. Así es el cine.
Gabriel Sánchez
Edelweiss, interpretada por la Orquesta y Coro de Voices para la Paz, dirigidos por Miguel Roa:

Sonrisas y lágrimas, lo que el viento se llevó son, con alguna más, las películas que nunca más volveré a ver. Cómo siempre, Gabriel, tú columna me resulta imprescindible y hoy tenía que decirlo: gracias por la oportunidad de desahogo contras estás dos pelis: a cada uno le entran sus manías