Dos amores

Coretta y sus hijos

Danzaba de un lado para otro, recogía ropa que estaba tirada en el sofá, llevaba las tazas del desayuno a la cocina, colocaba los cojines en el tresillo muyéndolos para quitar las arrugas, abría y cerraba puertas, ventanas, cortinas …

-Los niños, ¿están ya arreglados? 

Se oían golpes en el piso de arriba; voces infantiles, reproches, burlas, risas.

-Vamos a llegar tarde y el reverendo no espera. Bajad de una vez.

Una casa sin padre es lo más parecido a un manicomio, pensaba mientras recorría con la mirada el salón en el que momentos antes los cuatro niños habían estado remoloneando antes de subir a vestirse para el oficio religioso dominical. Todo está manga por hombro, sin tiempo para el orden ni para la disciplina y el fomento de las buenas costumbres… Coretta hablaba en voz alta, pero nadie la escuchaba.

Por fin, Yolanda, Martin, Dexter y Bernice asomaron por el hueco de la escalera, precedidos de Miriam, la niñera que los había visto nacer y era ya como de la familia. Ellos, con camisa blanca y corbata negra; ellas, con alegres vestidos color violeta, que contrastaban con su piel oscura, y lazos haciendo juego que adornaban sus cabellos rizados.

Y Coretta se arrepintió en ese momento de sus malos pensamientos. Ya se sabe: a veces los arrebatos son más poderosos que las actitudes sosegadas. Y la madre, conocedora como nadie de la mentalidad infantil, era, a veces, extremadamente autoritaria sin motivo. A fin de cuentas, el respeto y la libertad eran las divisas que identificaban a esa familia.

Coretta Scott

Coretta Scott había nacido en Alabama en 1927. Se crió en una granja y desde muy joven la música le atrajo de manera sobrenatural. Ella misma había confesado en alguna ocasión que, más allá de los cantos de la iglesia,  los coros góspel, las melodías populares que se cantaban en las fiestas de la región donde había crecido o las baladas de los músicos callejeros que proliferaban por todo el Estado,  lo que verdaderamente llamó su atención desde niña fue la música clásica. Y a ella quiso dedicarse cuando tuvo la oportunidad de cursar estudios universitarios, todo un lujo para una familia de granjeros sin grandes posibilidades económicas. Pero la chica tenía tesón, interés y valía. Merecía la pena el esfuerzo.

Comenzó sus estudios de música en el conservatorio de Nueva Inglaterra: piano, voz y violín. Estaba decidida a consagrar su vida al canto. Pensaba que no habría nada ni nadie que se interpusiera en su camino. De ahí pasó al conservatorio de Antioquía, donde pensaba obtener su título. Pero una amiga torció sus planes. Se empeñó en presentarla a un conocido que estudiaba teología en la Universidad de Boston. Lo recordaba cada vez que alguien le preguntaba cómo conoció a su marido: “Mi amiga estaba empeñada en que conociera a un joven y prometedor religioso de Atlanta. Pero yo no estaba interesada en ese momento en conocer a ningún ministro de Dios. La música era lo único que verdaderamente me importaba”. Pero el ministro baptista la encandiló con una sola frase: “¿Sabes? Tienes todo lo que yo siempre quise de una mujer”. Dieciocho meses después se casaron. Y adiós a la música, al canto, a  los sueños en definitiva. Y cambió una vida que sólo Dios sabe por qué derroteros se habría desarrollado, por la de una esposa fiel, madre de familia y seguidora incansable de los designios para los que su marido había sido llamado.

El poco tiempo que le quedaba libre después de atender a la casa, a los niños, a los compromisos que adquiría junto a su marido (intentaba rehusar invitaciones fútiles y sólo acudía a las imprescindibles), lo dedicaba a su primer amor: la música. Reconocía Coretta que su compromiso con la música lo había heredado de su madre, a la que veneraba. Y cuando tenía tiempo se escapaba a la iglesia donde formaba parte de los coros  y hacía la voz solista. También se la podía escuchar en alguna ocasión echando mano del violín o sentada frente al piano, interpretando piezas suaves, cargadas de espiritualidad que rápidamente obtenían la aprobación del público que prorrumpía en sonoros aplausos. Rara vez acompañó a su marido en los actos estrictamente religiosos; tenía muy claro que no iba a consentir ser la esposa de para aprovechar la ocasión y exhibir sus dotes musicales.

Fue el reverendo Jesse Jackson quien le dio la noticia la noche del 4 de abril de 1968 mediante una llamada telefónica desde Menphis, en Tennessee:

-Han matado a Martin.

Siempre sentí que se produjera esa llamada, confesaría la viuda de Martin Luther King, quien a partir de ese momento recogió la antorcha que su marido había dejado encendida y se convirtió en una luchadora comprometida con los derechos de los negros en los Estados Unidos. Parece anecdótico, pero Coretta consiguió que el día 16 de enero, fecha de nacimiento de su marido, fuera declarado festivo nacional. Fue el presidente Ronald Reagan quien atendió esta petición  como símbolo de perpetuar la obra de aquel joven estudiante de teología que había encontrado en la cantante frustrada todo lo que siempre quiso  de una mujer. De una buena mujer.

GABRIEL SÁNCHEZ

El coro de góspel de Mississipi canta When I Rose This Morning (Cuando me levanté esta mañana):

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