El Planeta, más de lo mismo

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
A mitad de semana se anunció el ganador del premio Planeta de este año y, cual déjà vu, regresó a las páginas de los periódicos el debate/tostón de si se premia la calidad o lo comercial, la literatura o el entretenimiento, que si el pueblo, que si las élites… y eso.
Aburre un poco volver sobre asunto, la verdad, pero como este rincón del Patio va de resúmenes sobre comentarios de libros y literatura tampoco parece correcto no reparar en ello. Hagámoslo pues, ¡reparemos!
La noticia: Juan del Val gana el Planeta con una novela que lleva por título Eva, una historia de amor. Del Val es un conocido tertuliano televisivo que ya había escrito algunos libros antes, dos de ellos con Nuria Roca, que es su esposa, que también es escritora y presentadora de televisión, novelas publicadas por Espasa, sello del grupo Planeta.

El comentario: Vista la polémica que se levantó cuando Sonsoles Ónega (la presentadora del programa de Antena 3 Y ahora Sonsoles) se hizo con el premio en 2023, “que si ganaba por conocida, que si el libro era malo” (Jordi Gracia dixit), y ante la posibilidad de que se volviera con el mismo runrún, Del Val aprovechó la rueda de prensa del evento para adelantarse con firmeza (la que debe mostrar un tertuliano que se precie) para decir: “Se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual. Quiero dar las gracias a Planeta que convierta la literatura en un acontecimiento popular. Comercial y calidad son las bases de este premio. Considerarlo cosas distintas es faltarle a la gente”.
La dotación: El Planeta está dotado con un millón de euros, de los que, según cuentan, Hacienda se lleva casi la mitad.
La queja: Además del callado gemido porque Hacienda se embolse una buena parte del dinero, los autores del “entretenimiento planetario”, de libros “de calidad”, se vienen quejando en público porque no se les considere parte del parnaso.
La explicación: A ver: “… a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países civilizados, en España son las propias editoriales las que, de año en año, conceden los más celebrados premios literarios a textos hasta ese momento inéditos, en cuya promoción las editoriales mismas tienen un evidente interés. Por decirlo pronto y claro: los más sonados premios que se conceden en España a las novedades literarias del año son premios comerciales. O sea: premios sobre los que de entrada (pero también, por desgracia, de salida) recae la sospecha de quedar expuestos a manipulaciones destinadas a arrancarles una rentabilidad comercial.

Asumido esto, ya nadie se escandaliza porque se añada bien alto lo siguiente: la mayor parte –y la más significativa– de los premios literarios que en España conceden las editoriales están amañados, concertados de antemano ya sea con el autor mismo, ya con su agente”. Este texto que hemos reproducido in extenso lo escribió el crítico y editor Ignacio Echevarría en su libro de recopilación de artículos Trayecto. Un recorrido crítico por la reciente narrativa española (Debate, 2005). Sobre este mismo asunto, y bajo el título “En el País de los Premios”, escribía el mismo crítico en El Cultural de la semana pasada un artículo en el que criticaba cómo en dicho país de los premios “la crítica permanece relegada a un segundo o tercer plano, pues los propios medios que la albergan no renuncian a actuar como pantallas publicitarias de unas ceremonias mucho más llamativas que la solitaria y siempre cuestionable valoración de un simple reseñista. En el País de los Premios los críticos terminan ellos mismos dando palmas. También ellos, cómo no, dan premios, y no renuncian tampoco a ser premiados”.
Reflexión final: Sobre cómo se dan los premios literarios hay otras muchas, y documentadas, reflexiones para quien quiera hacerse una idea cabal del asunto. Por ejemplo: del nacimiento del Premio Herralde se puede encontrar información en el libro PERSONAJE SECUNDARIO. La oscura trastienda de la edición, de Enrique Murillo, que pasó su vida laboral trabajando para Anagrama, Bertelsmann, Planeta y Santillana.
Si se toma tiempo para leerlo, el señor Del Val, ganador del último Planeta, no debería indignarse por lo del parnaso, pues si te dan un millón es que estás en el mercado, y no hay más, pero el parnaso se mantiene cerrado. En cuanto a las protestas sobre el pellizco de Hacienda a los premios, no es este lugar para valorar si son o no justificadas.
El millón del Nobel sí que incluye el Parnaso

Once millones de coronas suecas (un millón de euros aproximadamente) es la dotación del Premio Nobel, que este año ha recaído en el escritor húngaro László Krasznahorkai. Por tal motivo, la concesión de Nobel, varios premiados anteriores aparecen por distinto suplementos culturales de esta semana. En La Lectura encontramos entrevistas con el noruego Jon Fosse, que cuenta a Andrés Seoane cómo nació su novela Vaim, la primera que se publica tras recibir el premio. El título evoca un espacio imaginario del oeste de Noruega en el que la naturaleza, especialmente el mar, son omnipresentes. En ese espacio, tres personajes, tres hombres, hablan en primera persona de momentos concretos de su vida, marcados por la presencia de Eline, una mujer enérgica y enigmática. Ella no tiene voz en la novela, y Fosse explica el porqué: “El universo de esta novela tiene algo de cuento de hadas, de leyenda. De sueño y de simulacro. En este contexto, Eline es para mí, igual que para los hombres de la novela, un misterio, una fuerza de la naturaleza. Así que no estaría bien dejarla hablar porque le quitaría el misterio y la convertiría en un personaje menos enérgico, normal”.

Otro Nobel de Literatura, el escritor zanzibarí Abdulrazak Gurnah, visitó España para presentar la novela que ha publicado tras la obtención del premio en 2021. Se trata de Un largo camino, “un mosaico de la vida en Zanzíbar desde su revolución (que trajo la independencia del protectorado británico en 1963) hasta los primeros años 2000”. Cuenta en la entrevista, realizada por Vanessa Graell, que en esta novela utiliza indistintamente palabras en suajili y en árabe, para explicar que de este último el suajili tomó numerosas palabras. El título de la novela en ingles es Theft (robo), que tiene mucho de metafórico, porque, como explica el autor, en la historia hay muchos robos, desde algunos literales, como el hotel que aparece en la novela, un edificio robado a una familia, expropiado por el Estado y revendido barato a algún amigo, hasta otros más metafóricos como la vida de Raya, una joven “a la que casan a los 17 años con alguien que no conoce (…) varios personajes tienen infancias robadas. Pero el mayor robo es la libertad por parte de un estado autoritario…”.
En El Cultural, Rafael Narbona, en la reseña de la novela, destaca del estilo de Gurnah su aplomo, cómo presta atención a los detalles: “Su prosa no incurre en lirismos gratuitos. Prefiere cultivar una belleza tranquila, sin alardes innecesarios”. Y lo hace caracterizando lugares y recreando atmósferas: “Nos hace sentir los olores de los mercados y los callejones, la frescura de las mañanas, la insolencia de los cuerpos jóvenes, la lenta progresión de la muerte. Gurnah es un narrador de corte clásico que planifica magistralmente sus tramas. Los capítulos encajan como piezas de un puzle cuya imagen final no se revela hasta que se ha colocado el último fragmento. No filosofa de forma explícita. Prefiere que el lector extraiga sus propias conclusiones”.

Pero volviendo sobre los Nobel que lleva a sus páginas La Lectura, Marta Rebón repasa la obra del último premiado, Krasznahorkai, en cuya genealogía literaria sitúa a “Robert Musil, la sombra de Robert Walser y de Italo Svevo, y, más cerca, la afinidad con esa cofradía de monologuistas inclementes que forman Thomas Bernhard y W. G. Sebald”. Aunque por encima de todos está Kafka, sobre el que dijo en su momento: “Cuando no estoy leyendo a Kafka, estoy pensando en Kafka. Cuando no, añoro pensar en él. Después de haber añorado pensar en él por un tiempo, lo saco y vuelvo a leerlo. Así es como pasa”. La obra del autor húngaro se inicia con las novelas Tango satánico y Melancolía de la resistencia, en las que retrata la Europa del Este del socialismo tardío, un territorio de ruinas colectivas donde la espera y la descomposición marcan el compás. Rebón recuerda una conversación con Krasznahorkai con motivo de la entrega del premio Formentor, el pasado año, en la que hablaron de la motivación de su escritura: “He descubierto que puedo ofrecer consuelo a través del arte. O, más bien, algo que, sin ser mentira, equivale a un consuelo. Aspiro a crear belleza y a mantener su conciencia, esa belleza que no ayuda mucho en las guerras, pero eso es lo que los artistas hacemos”.
En definitiva, cuando el artista es un escritor, trata de proporcionarnos a los lectores “algunas pocas páginas que digan lo que somos. Otras que nos obliguen a pensarnos con pellizco incorporado. Alguna más que nos haga reír hasta olvidarnos de todas las desgracias. Un párrafo, quizás, que guardaremos en la memoria para siempre. Literatura, en fin, se llame como se llame”. (Esta sencilla y acertada reflexión tiene autor: el profesor de Literatura de la Universidad de Oviedo Javier García Rodríguez, que publica artículo semanal en Abril).
Coetzee y su lucha contra el inglés
El escritor de Ciudad del Cabo, J. M. Coetzee, galardonado con el Nobel en 2003, no es muy dado a conceder entrevistas, y al parecer tampoco a leer las de sus colegas: “no leo entrevistas con escritores, me aburren”. Pero sí ha decidido revisar algunas preguntas que le hicieron en los últimos cinco años “con el reto implícito de volver a responderlas. El resultado, una rareza, lo publica Abc Cultural (con traducción de Aurelio Major).

Sobre su labor de traductor: “he traducido poesía y prosa del neerlandés y el afrikáans. También he colaborado estrechamente con traductores de mi propia obra en idiomas que más o menos domino: en alemán, neerlandés, francés y, recientemente, en español. Mi trabajo con los traductores no ha hecho sino ahondar mi respeto por ellos y por la labor que realizan. ¿Cómo ha cambiado mi manera de leer mi actividad en el campo de la traducción? A veces me permite vislumbrar el original a través de la celosía de la traducción. Sin embargo, ha afectado más profundamente mi manera de escribir que de leer. El tipo de inglés que uso para escribir se ha hecho más transparente con los años, depende menos de las formulaciones verbales idiosincrásicas del inglés”.
Una de sus actividades es la de promover intercambios entre las literaturas sudamericana, africana y australiana, con las que trata de “presentar a escritores del hemisferio sur al público del hemisferio sur sin la intervención de editores, críticos y académicos del norte, a quienes tengo por los porteros, es decir, la gente que decide qué libros de Latinoamérica se traducirán al inglés y cuáles no, qué personas del sur se promocionarán en todo el mundo y cuáles no y, sobre todo, qué historias propias del sur serán admitidas en el repertorio de la literatura mundial y cuáles no”.
Pero especifica que al referirse a las literaturas del sur no emplea el término “sur global”, que entiende que es un mero concepto, una abstracción inventada por los sociólogos. Es el “otro”, negativo del norte, un lugar de carencias: carencia de riqueza, carencia de infraestructuras, carencia de comunicaciones: “Y obedece a una razón. Me parece que el sur es una parte real del mundo, una parte del mundo con un clima y una flora y fauna propios, en efecto, con más que meras peculiaridades naturales en común, con profundas semejanzas históricas y culturales. Estas semejanzas comprenden historias de colonización prolongadas y complejas”.
De estas posiciones de Coetzee sobre el idioma inglés, vistas con algún recelo, en The New Yorker se ha insinuado si está llevando “una guerra contra el inglés global”, lo que niega: “Guerra’ no es la palabra justa. Pero no tengo motivos personales para ser fiel al idioma inglés y no me parece que mis libros estén más ‘en casa’ en inglés que en cualesquiera de los idiomas a los que se traducen. También abrigo intensos recelos sobre la difusión del inglés como lengua de la educación, el comercio y los asuntos públicos en países donde carece de profundas raíces culturales, como es el caso destacado de Sudáfrica. No me opongo al uso del inglés como lengua franca en la diplomacia, el comercio, el turismo, etcétera. Aunque sí me resisto a la extinción de las llamadas lenguas minoritarias en favor del inglés. Me desagrada sobre todo el efecto que su dominio mundial causa en los países anglófonos, donde fomenta la convicción de que solo es necesario dominar un idioma, es decir, el inglés”.
Y expresa con sincera humildad su incomodidad cuando, como escritor, le piden comentarios sobre lo que pasa en el mundo. De hecho, escribió un libro, Diario de un mal año al aprieto de un narrador al que los periodistas o editores le piden sin cesar que manifieste su parecer sobre asuntos de actualidad. “¿Por qué me preguntan a mí?, es su respuesta. Sostener que el artista tiene superior acceso a la verdad es una de las falacias del Romanticismo”. Tomen nota aquellos que, más que escribir, tertulian.
E. Huilson

Tertulian…o tertulean. Gran final.
Muy interesante tu artículo. Completo tu información hablando de impuestos. Un premio como el Cervantes está exento, lo cual es lógico porque premia una carrera literaria y no funciona como anticipo de derechos de autor. El Premio Planeta y otros premios literarios que son anticipos de derechos de autor tiene una exención del 30%. Eso quiere decir que del millón de euros el ganador del Planeta solo paga impuestos sobre 700.000, aproximadamente unos 350.000 euros. Puede parecer una barbaridad, y lo es, pero cualquier autor que esté en base máxima pagará un 50% en lugar del 35%. Si fuera un premio «honrado» a la calidad literaria, lo vería bien, pero no lo es: es una operación de marketing disfrazada de premio literario en la que se incumplen sus bases dando una imagen de igualdad de trato a todos los participantes que es falsa.