‘El emperador de Alegría’: una madre salvadora

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Coinciden varias reseñas de distintos suplementos literarios en elogiar la última novela del vietnamita afincando en EEUU Ocean Vuong, El emperador de Alegría, una historia con un protagonista, Hai, “rodeado de un montón de personajes que podrían entrar en eso que en la tradición de la gran novela americana se llama perdedores y que hoy, turbocapitalismo mediante, podrían ser más que perdedores, dados por perdidos”, aprecia en la reseña del libro Aloma Rodríguez en La Lectura. La historia transcurre en Alegría Este, “un pueblo sombrío de Connecticut que, incluso antes de la recesión, estaba muy lejos de cualquier alegría” –escribe Alexandra Jacobs, en la crítica para The New York Times Book Review que reproduce El Cultural–. Nos presenta al protagonista, Hai, con un símil cinematográfico: “tal como conocimos a George Bailey en ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, al borde de un puente, contemplando la posibilidad de suicidarse, aunque, en su caso, en lugar de nieve le azota la lluvia”. En ese momento Hai tiene diecinueve años, estamos en septiembre de 2009, y es un universitario vietnamita que ha abandonado los estudios y regresado a Alegría Este. En el instante trágico aparecerá su ángel salvador, Grazina, “una viuda lituana de ochenta y dos años que, tras un intercambio de frases al estilo de una vieja comedia norteamericana de Abbot y Costello, insiste en llamarle Labas, que significa `hola´ en su idioma”. La demencia frontotemporal en la etapa intermedia que padece la anciana aún no ha mermado su capacidad para bromear, cuenta Jacobs, y pone como ejemplo este diálogo: “¿Quieres ser escritor y además tirarte de un puente? Eso es más o menos lo mismo, ¿no? Siendo escritor solo se tarda más en llegar al agua”.

En esta su segunda novela (la primera estuvo muy cerca de obtener el Premio Pen Faulkner de ficción) Vuong utiliza de nuevo elementos autobiográficos. Quiere ser escritor, pero necesita trabajar y lo hace en un local de comida preparada que se convierte en el escenario para una galería de personajes extravagantes, algo trágicos como también son los compañeros del piso donde le recoge Grazina.
“Las páginas de El emperador de Alegría desprenden una madurez formidable que, en ocasiones, roza lo doloroso” –afirma Jacobs en su crítica–. “El lector se siente constantemente arrastrado, en sentido figurado, como quien resbala a cámara lenta tras pisar una cáscara de plátano”. Es además un libro atento a poblaciones a menudo ignoradas y a la supervivencia más sencilla; “Hai puede estar leyendo Matadero cinco, de Kurt Vonnegut y Los hermanos Karamázov, de Dostoievski, pero vive en Fast Food Nation”.
A Ocean Vuong (Saigón, Vietnam, 1988) lo entrevistó la semana pasada para Abril Inés Martín Rodrigo. Contaba como perdió a su madre unos meses antes de publicar su primera novela, una madre a la que admiraba sin saber que también ella, que sacó adelante a su familia en un país hostil y despiadado con el inmigrante, trabajando en un salón de manicura, lo admiraba a él, se sentía orgullosa. Vuong, que llegó con su familia a EEUU con dos años después de pasar por un campo de refugiados en Filipinas, creció alrededor de ella y a su cuidado, incluso en el lenguaje, con las palabras, pues sólo él hablaba inglés. Aquel niño sensible e intuitivo logró ir a la universidad, algo insólito en su entorno, y ganar prestigiosos premios con sus poemas. Así, sin ser consciente entonces, estaba honrando a su madre, a la que, tras su muerte, dedicó el poemario El tiempo es la madre.
El aniversario: o la familia como infierno
Si en una reseña firmada por el crítico Carlos Zanón (Babelia) lees que cuando termina una novela del escritor Andrea Bajani dice saber “que no será la última porque necesitas que alguien se dirija a ti de esa manera y que enfoque donde él suele hacerlo”, lo primero que piensas es ¿cómo es que no conozco yo a Bajani? Y si en la misma semana Mercedes Monmany en Abc Cultural y refiriéndose al mismo autor escribe: “el buen, y sutilmente afilado narrador, que siempre es Bajani, uno de los mejores de nuestros días, autor, entre otras, del excelente El libro de las casas o de Saludos cordiales y Mapa de una ausencia ha logrado con esta dura y descarnada empresa de introspección a los infiernos de un pasado ‘concentracionario’, una pequeña y desgarradora, poco habitual, obra maestra”, no te queda otra que lamentarte por ignorar la existencia de un autor tan celebrado, o consolarte con el tan traído justificante “¡no podemos leerlo todo!”.

Si a Vuong le salvó su madre, y a su personaje Hai una vieja lituana que lo acoge como a un hijo, al protagonista de El aniversario, por el contrario, lo liberó decir un día adiós a sus padres y no regresar nunca más al hogar paterno.
El título de la novela, El aniversario, celebra los “10 años que han pasado desde que el narrador —ya un hombre adulto e independiente— abandona la casa de sus padres y decide no regresar nunca más. Aquel día, en aquella comida rutinaria no sucede nada excepcional, pero él sabe que no volverá. Su madre lo intuye y le pregunta desde la puerta si vendrá a verlos otra vez. La pregunta suena extraña, pero descubre una verdad. No, no lo hará”. Y no lo hará, escribe Zanón, “porque ha decidido abandonar a sus padres como único medio de salvarse él”. Si esto es posible, librarse de unos padres que son un lastre, son “algunas de las preguntas que reverberan desde las páginas de esta novela hasta nuestra cabeza”. Y lo llamativo de la situación es que no está ocurriendo nada horrendo, ni suceden hechos en exceso cruentos, ni tan siquiera hay un reparto nítido de papeles entre víctimas y verdugos, leemos en la reseña de Babelia.
Todo es más sutil. Porque, según advierte Monmany en la suya, no estamos ante casos de familias desestructuradas, “sino muy por el contrario estructuradas férreamente `en una constelación de ataques de ira impunes y consentidos’, protagonizados por un padre-padrone de poder totalitario e incontestable (…) Ataques que dibujan el retrato aterrador de una desesperación, de un cuadro psíquico complejo y de un legado fascista negado, pero esencial en las conductas”.
Coincide en lo mismo Zanón al considerar que es una “novela política, de liberación, amarga al tiempo que esperanzadora si afrontas y cometes el tabú de que la familia es —entre otras cosas destinadas a la supervivencia— un saco de boxeo donde padre y madre primero y luego todos los demás golpeamos frustraciones, vanidades, mentiras, privaciones y sueños rotos, hasta desfigurarnos caras y cuerpos, y echarnos en cara la genética y el destino”.
Y es que en ese territorio familiar, el de El aniversario, reina un padre que necesita anularlo todo para ser algo y una madre que necesita ser anulada para sentirse eximida de ser algo, sentencia el reseñista de Babelia. Familia de la que el protagonista-narrador rehúsa vengarse “porque sabe que le seguiría atando al lastre. Solo puede escapar desde la cobardía de desenchufar el teléfono, cambiar de dirección, fingir no darse por aludido ante chantajes y amenazas”. Haciéndose una vida sin padres, una vida pequeña, quizá mediocre y cobarde, “pero propia, huérfana y, por eso, nueva”.
La pérdida de la confianza
Sobre esto último, romper con la familia, viene a cuento fijarnos en lo que dice la filósofa Victoria Camps sobre la esperanza en el ensayo que acaba de publicar, La sociedad de la desconfianza, en el que al hablar de la esperanza humana dice que es “una fe que solo se da en el estado puro en familia, en la confianza absoluta del niño con respecto a su madre y a su padre. La invalidez de la infancia obliga a confiar en los adultos para sobrevivir”.

En la reseña del libro, en El Cultural, Alberto Cortina de entrada nos sitúa etimológicamente el término confianza, que proviene del verbo latino “confidere”, que quiere decir “tener fe”. Porque en este ensayo Camps nos habla de un modo de esperanza, aplicada a las personas individuales, “otorga centralidad a la confianza en el ámbito secular de la filosofía práctica (…) Ambas capacidades del hombre tienen una base común, ¿no iluminan la esperanza y la confianza nuestro futuro?”
Camps hace una radiografía de la sociedad occidental aquejada de toda una serie de adversidades provenientes del hecho de que los unos no confiamos en los otros y de que nadie confía en los políticos. Señala, dice Cortina, un hecho fundamental producido en los últimos 40 años: “nociones de matriz económica como independencia, autosuficiencia o valor se han establecido como fundamentos de la ética. Sin matiz, son en realidad conceptos antropológicamente tuertos, cuando no ciegos. Ensalzan un concepto confuso y monódico, libertario y neoliberal, híper-egoísta, de libertad”. A ese concepto Camps contrapone la aspiración a una “libertad relacional” que se hace cargo de la dependencia y fragilidad congénita de los humanos.
Así, dado que “la democracia evoluciona cada vez más contra sí misma” es preciso promover nuevos hábitos: “Contra la precariedad, contra la soledad, contra el integrismo, etcétera, Camps defiende la construcción de un ethos. Este debería tejer un algo común y, sobre él, podría volver a asentarse la perdida confianza”.
También considera la autora nuevos fenómenos de la sociedad actual, como el de aquí de la soledad no deseada entre los ancianos confiando en que aparezcan “nuevas maneras de convivir” tras la inhóspita modernidad que erosionó los valores familiares tradicionales sin proponer nada a cambio.
Porque como escribe Máriam Martínez-Bascuñán en Babelia el libro de Camps “es un bisturí filosófico aplicado sobre el cuerpo social enfermo, donde cada página confirma lo que intuíamos pero preferíamos no nombrar: hemos construido una civilización de soledades conectadas, de individuos que confunden la libertad con la irresponsabilidad”. Y lo es porque la libertad reducida a puro egoísmo no es libertad. Camps, resalta la reseñista, “desarma meticulosamente el edificio ideológico del neoliberalismo que nos ha vendido la independencia como virtud suprema. La filósofa identifica en el individualismo extremo la raíz de nuestra incapacidad para confiar: en las instituciones, en los otros, en nosotros mismos. No es casualidad que vivamos la época de los fact-checkers y los departamentos de verificación; cuando la confianza se evapora, todo requiere demostración”.
Y concluye recordándonos que, en esta época tan predispuesta a confundir el ruido con la comunicación y la opinión con el pensamiento, “Camps nos recuerda que filosofar sigue siendo un acto de resistencia. O como dice Prometeo en las páginas finales: tal vez el problema no fue dar la libertad a los humanos, sino que estos no han aprendido a ejercerla como autonomía moral responsable”.
Coda
Apreciaba un lector de estos textos del Patio la mucha cita que se hace, resaltada por las comillas, que “molestan un poco a la vista”, argumentaba.

Precisamente de esto de la cita dice Pilar Bonnett en una columna de Abc Cultural “que citar a otros en los libros de ficción o en los testimoniales no es visto con buenos ojos por muchos escritores y críticos, que lo sienten como alarde vacuo, o inseguridad que necesita de apoyos, o recurso que le quita fuerza a la voz del autor. Yo, en cambio, considero que es un acto de humildad, que revela el deseo generoso de compartir los fogonazos de lucidez que nos deslumbraron alguna vez y nos marcaron para siempre”. Con lo que estamos de acuerdo a riesgo de que la cita “nos quite fuerza”.
Y yéndonos a otros caminos aprovechamos para coincidir con Bonnett en que posiblemente no haya “un escritor que cite de una manera más pertinente y deliciosa que Enrique Vila-Matas, el letraherido por excelencia”. Porque, al final, lo que se hace con la cita, es “una defensa del gusto personal, de la arbitrariedad, del azar y de la anti-jerarquía como principio. Y también de lo fragmentario y lo ambiguo como un signo de una época en la que es imposible ya la secuencialidad del relato”. (Aquí cerramos comillas hasta la semana que viene).
.E. Huilson
