Eduardo Mendoza: humor en la Feria del Libro

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
La Feria del Libro de Madrid, inaugurada el pasado viernes, con “el humor en la literatura” como protagonista de esta edición, ocupa muchas páginas en los suplementos culturales, como no podía ser de otra manera, amén de un aumento de la publicidad de empresas editoriales tan necesaria para sostener sus páginas.
Críticos y escritores recomiendas libros o reflexionan sobre el humor como ingrediene literario. Así, El Cultural, por ejemplo, plantea tres preguntas a diversos escritores: 1. ¿Qué importancia tiene el humor en la literatura? 2. ¿Y en su propia obra? 3. ¿Cuál es el libro más divertido que ha leído a lo largo de su vida? ¿Qué lo hace tan tronchante?
Escogemos las respuestas de Eduardo Mendoza, el primero de la lista, un escritor cuya obra está marcada por el humor, del que opina que es “parte integrante de la literatura, no es un ingrediente que se añade al final del guiso”. De hecho, define su obra como claramente humorística, pero añade que “quizás habría que distinguir entre humor y comicidad”, aunque no ahonda en tal diferencia en la entrevista. También revela que él no suele troncharse leyendo, pues piensa que “el humor escrito funciona de manera distinta del humor visual o verbal. Aunque a veces me he reído en voz alta, pero eso es la excepción”. También evita citar títulos o autores.

Precisamente Mendoza es entrevistado por Bruno Pardo Porto en Abc Cultural, que dice del escritor catalán que “tiene algo de caballero y algo de golfo, y tal vez esos dos hombres se den cita en su mostacho, que forma parte ya de la literatura española”.
La última novela de Mendoza, La intriga del funeral inconveniente, es aún novedad en los estantes de las librerías; por cierto, “la segunda novela desde que anunció su retirada” recuerda el entrevistador antes de abordar la trayectoria del autor, de la que hacemos un resumen siguiendo sus respuestas.
Triunfó con La verdad sobre el caso Savolta, éxito que le pilló en Nueva York y le procuró algún dinero, más de lo que pensaba. Tras el éxito, se preguntó ¿y ahora qué? Y escribió una comedia, La cripta embrujada. El proceso fue el siguiente, se habían creado unas expectativas difíciles de cumplir, cuenta: “Me quedé paralizado un tiempo, pero, visto ahora, yo creo que es parte del proceso de crecimiento. Estaba escribiendo La ciudad de los prodigios, pero tuve que parar. Y por suerte se me ocurrió hacer una tontería para salir de aquello, para romper con todo, para decir: venga, no nos tomemos la cosa tan en serio. Y entonces escribí El misterio de la cripta embrujada, pensando que a lo mejor ni se publicaba. Y bueno, ahí se abrió un camino nuevo. Me quitó de encima toda la presión. Nadie supo qué decir del libro y me dejaron tranquilo. Y después publiqué la segunda parte del detective sin nombre, El laberinto de las aceitunas. Y luego ya La ciudad de los prodigios”.
A partir de ahí quedó consagrado como escritor, escribe Porto Pardo. De sus influencias, de los libros leídos, Mendoza recuerda desde los cuentos infantiles, “que ya me parecían una cosa extraordinaria”, hasta los cómics, “que también eran de humor. Lo raro es que luego cuando uno se pone a escribir no escriba cosas de humor, porque su formación siempre es humorística”, afirma. “El humor es caricatura del mundo real. Es nuestra forma de enfrentarnos al mundo. Recuerdo que tenía una fijación por Popeye… Y luego ya llegaron los libros juveniles, de los que conservo un recuerdo muy vívido. La isla del tesoro, Tarzán… Normalmente eran novelas muy malas. Las he releído y no se aguantan. Incluso La isla del tesoro… Pero da igual. Tienen grandes principios y unos personajes que te hacen volar la imaginación”.
Opiniones controvertidas
Mendoza tiene opiniones sobre novelas y escritores consagrados que en ocasiones le han causado algún que otro problema. Cuenta, divertido, lo que le ocurrió con unas palabras dedicadas a Kafka, de quien dijo que sus novelas tienen unos inicios tan buenos que la novela que va después no puede ser igual de genial: “Lo dije y me ha perseguido toda la vida [ríe], porque además me dieron el premio Kafka y cuando llegué a Praga lo primero que me dijeron fue: usted dijo en la Juan March que Kafka es un ser entrañable al que todos queremos, pero es muy mal escritor…” Pero aclara que lo que realmente quiso decir es que “la novela es un género que tiene unas reglas, y que escritores tan buenos y tan importantes como Kafka, que quizá es el autor más importante del siglo XX, no sabían qué hacer con una novela”, después de un comienzo genial, como el de El proceso: ‘Alguien debía de haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo arrestaron’; o en La metamorfosis, donde uno se despierta convertido en un escarabajo. ¿Y qué vas a hacer después? Ya lo has hecho todo. Y esto es lo que yo decía, que en las novelas hay que ser muy cuidadoso y empezar muy despacito. Poco a poco”.

Pone otros ejemplos a favor y en contra de comienzos y desarrollos, como Ana Karenina, de la que no le gusta como empieza, o su admiración por Dostoievski, recomendado por un tío suyo, de quien leyó Crimen y castigo, “y bueno, ya a partir de ahí se acabó Julio Verne y Salgari y todo eso. Viví una temporada sumergido en Dostoievski. Claro, no teníamos televisión. Solo teníamos el cine del jueves por la tarde, de sesión doble. Era eso y los libros. Bueno, y la radio”.
Concluye este repaso de su trayectoria definiéndose como un buen artesano: “Soy feliz escribiendo libros tan diferentes como La intriga del funeral inconveniente o La ciudad de los prodigios. Lo he pasado muy bien trabajando mucho en archivos, haciendo fichas, investigando… Pero también soy feliz escribiendo lo primero que se me ocurre. Que luego da trabajo. Una cosa es que se te ocurra una tontería y un chiste y otra cosa es contarlo de manera que funcione. Hay muy poca literatura de humor. Es un género muy raro”.
Modiano, cartógrafo literario

Así define Lourdes Ventura, como “cartógrafo de la literatura contemporánea”, al escritor francés Patrick Modiano, premio Nobel en 2014, cuya última novela, La bailarina, acaba de llegar a las librerías. En su reseña para El Cultural, Ventura sitúa a Modiano en la estela de “Proust y sus geniales itinerarios”, y de otros autores que han dejado constancia de sus huellas en caminatas y callejeos: “Baudelaire, el poeta de la deambulación; Julien Graccq, que además era geógrafo; Georges Perec, planificador de vagabundeos; Virginia Woolf o Jean Rhys, paseantes por las calles de Londres; Borges, en sus laberintos; Juan Marsé, por los barrios obreros de Barcelona; Vila-Matas con sus mapas emocionales; y, por supuesto, Paul Auster, el enorme topógrafo de Nueva York”. Pero de todos ellos, ve a Modiano como “el más empecinado, el que nos pierde por sus caminos y avenidas azarosas, emanaciones de una memoria fragmentada. En cada nombre de calle que rememora hay un mundo perdido”.
Por la sinopsis del libro sabemos que la historia trata de un parisino que se topa con un viejo conocido que, de entrada, niega ser quien es. El fugaz reencuentro despierta en él (el narrador de la historia) la evocación de una ciudad ya extinguida: el París de su juventud, habitado por personajes de pasado difuso, con ecos de violencia, exilio y culpa. Entre los recuerdos se impone el de una bailarina que, como en una caja de música, gira sin cesar al ritmo de una memoria fragmentada. Ella y su hijo Pierre se convierten en el eje de una búsqueda retrospectiva y melancólica de su propia identidad, de sus comienzos en la vida: un periodo evocado entre brumas, hecho de clubes nocturnos y habitaciones estrechas, de pasiones clandestinas e inquietantes reapariciones.

Estas búsquedas retrospectivas, la resolución de enigmas provocados por ausencias de seres desaparecidos en un pasado semienterrado son habituales en la obra de Modiano. La paternidad y el vacío del padre son también motivos recurrentes, escribe Ventura en su reseña, identidades confusas que “se remontan quizá a la propia biografía de Modiano. Su padre, Albert Modiano, con quién no se relacionó en muchos años, era hijo de un toscano, judío de Alejandría, nacido en Salónica, instalado como anticuario en París en 1903. La madre del escritor, Louisa Colpeyn, fue una actriz belga de lengua neerlandesa, que a causa de sus giras y viajes dejaba a sus hijos en manos de parientes o amigos”. Y a ello se suma una infancia marcada también por la muerte del hermano más pequeño a los diez años a causa de una leucemia.
Modiano tiene en su haber más de cuarenta novelas, obras teatrales, canciones y guiones de cine, así como numerosos galardones, además del Nobel de Literatura, “reconociendo una obra deslumbrante bajo el aspecto de una escritura ambigua, paradójicamente a la búsqueda de una precisión absoluta”, concluye la reseñista.
Peces, curarse de un amor dañino

La autora catalana Eva Baltasar, que alcanzó cierto éxito de crítica y público con novela Permafrost, publica ahora su quinta novela, Peces, cuyo inicio facilitado por la editorial nos ha parecido digno de reproducirse aquí por lo que anuncia de cuál es su verdadera historia. Dice así:
De esto que ahora te contaré, hace muchos años. Muchos años. Y no te lo cuento porque me lo hayas pedido. Ni siquiera porque crea que es algo que te puede interesar o que deberías saber. No. Te lo cuento sin quererlo, forzando con la escritura mi voluntad. Sé —y lo sé porque ya lo he hecho, porque ya he estado ahí— que la escritura no te libra de nada. De ningún dolor ni de ningún recuerdo, ni siquiera de un leve pesar. De nada.
Lo digo y lo repito: la escritura no te libra de nada.
Nadie se pone a escribir para librarse del júbilo o de la ternura, del amor o de la admiración. Y aun siendo así, el mundo está lleno de manos que escriben con la intención de vaciar el corazón de todo lo que lo rasguña, lo que lo desgarra y le araña el oro. Penas y punzadas, castigo, angustia y desazón, miedos. ¡Nadie desea algo así! El mundo está lleno de manos que condenan la escritura a galeras. Diría que hay un mundo, dentro de este mundo, que es todo desierto. Y en el desierto, galeras embarrancadas. Y dentro de las galeras, escritos y más escritos, palabras y más palabras, apelotonadas como ganado, condenadas con grilletes a lo estéril.

La trama, escribe en la reseña del libro Pilar Castro en El Cultural, tiene un esquema de aparente simplicidad. Es la historia de una escritora que llega a un pequeño pueblo para participar en un club de lectura; entre el gentío algo le guía hacia la mujer que vende pescado en el mercado: “Todo lo que es capaz de intuir de ella, todo su magnetismo, desata el principio del enamoramiento. Más tarde sabrá que se llama Victoria, que en realidad es psicóloga, que su vida se muestra llena de atractivas grietas además de una personalidad fuerte y cautivadora. Pero esta no es la historia, al menos no la que persigue la narradora, ese yo desde el que Eva Baltasar lo cuenta todo y que parece tener mucho de ella misma”.
El empeño de la escritora es narrar el proceso, “bucear en el instante en el que surge la fascinación, se desata el vínculo feroz, asoma la tensión que deriva del sometimiento para, al fin, anunciar el ocaso, el vacío y su profundidad”.
Aunque, según Ventura, más interesante y sugerente, y lo que atrapa de la autora, es la narración de otro proceso. el que incluye la tensión entre vida y literatura. El proceso de explorar el amor desde la pérdida. El proceso de reescribirlo y cancelar el pasado, una experiencia incómoda, perturbadora, desgarrada y directa. Pues como escribe la narradora en las primeras páginas: Qué arrogancia y cuánta desmesura en esta pretensión. Atentar así, tanto contra mí como contra la escritura.
E. Huilson
