Galdosiano, azoriniano y delibesiano
(en recuerdo de nuestro amigo Pedro Soriano, miembro del G74)

Las “amistades a lo largo” que decía Gil de Biedma, esas que se van cociendo lentamente en noches de juerga y resaca cuando eres joven, con sueños y derrotas compartidos más tarde, y laboriosos trabajos por un sueldo de subsistencia, esas amistades que duran todos los años que restan desde el principio, esas amistades-refugio, las cincelan también los interminables debates sobre los asuntos más dispares, y yo lo he visto en la que se fraguó desde aquel lejano 1974 entre un grupo dispar y geográficamente distante que dieron en conocerse en Madrid en las clases de la carrera de periodismo, que cada uno estudió a su manera y con distinto fruto; y del mismo modo que los debates se producían entre unos y otros, y no todos al mismo tiempo, fue el mío con Pedro muy duradero en torno al elogio que él hacía de don Benito Pérez Galdós, el de los cuarentaytantos episodios nacionales de los que yo leí unos dos o tres a lo sumo y él todos ellos, y varias veces y no perdía ocasión de recomendarlos. Mi entusiasmo era menor que el suyo por la obra del canario, él lo sabía, y no podía comprender mi desapego, y no faltó por ello alguna discusión más enconada, pero como en la amistad siempre se buscan pactos vinimos a coincidir en la admiración de la obra de Azorín, su medio paisano, pues cursó estudios en Yecla, su pueblo, y escribió sobre uno de mi tierra, Un pueblecito. Riofrío de Ávila, libro que me regaló, y no fue el único.
En este acercamiento literario también ejerció de mediador Miguel Delibes, de quien Pedro hablaba maravillas y no me permitía que yo, en esa conversación, introdujera con ánimo comparativo el nombre de Cela, a quien, por su carácter, él hacía un poco de menos, pues no le hacían gracia sus malos gestos. Pedro, como hombre bueno que era, se empeñaba en que esa condición era necesaria para el buen escritor, lo que yo ponía en duda.
Pero volviendo sobre Galdós, siempre pensé que a Pedro le había ganado el de Fortunata y Jacinta más que por su literatura por su reflejo cabal de la Historia, pues todos los que tratamos a Pedro conocíamos su pasión y recibimos en algún momento de nuestras vidas una breve lección suya sobre la historia de España, ¡o no tan breve!, lo que llevaba a cabo, algo raro en estos tiempos, sin acudir a internet para confirmar datos, pues los memorizaba con una facilidad envidiable.
Aunque yeclano primero, ejerció de levantino o mediterráneo después, pero le gustaba venirse a Castilla a rastrear el arte románico, del que también era admirador y más de una lección nos dio sobre la belleza austera de sus piedras. En fin, aunque destacó en su profesión de periodista, estoy seguro de que no lo hubiera hecho menos como profesor en alguna materia de las hoy tan arrinconadas humanidades, pues fue, ante todo, un ferviente humanista que compartía con entusiasmo sus conocimientos adquiridos a base de años de lectura.
Y fue, sobre todo, nuestro gran amigo, el de aquellos compañeros que nos juntamos en aquel lejano 1974 para emprender esta “amistad a lo largo” que nos ha permitido escucharle y aprender. Descansa en paz, amigo.
Alfonso Sánchez

Pedro Soriano, una voz hermosa del Levante feliz y territorios adyacentes.