El ejército ciego, una tragedia contada con humor por David Toscana

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Leemos en la columna de Antonio Iturbe en Cultura/s de esta semana que “los escritores mexicanos están en un momento efervescente en nuestro país. En el arranque del año dos de los premios literarios más relevantes que se dan en el mundo editorial en español los han ganado autores de México: el Biblioteca Breve ha sido para Elma Correa con Donde termina el verano (de la que nos hicimos eco en la última entrega de estos resúmenes), y el premio Alfaguara para David Toscana por El ejército ciego”. Esta novela llegó a las librerías el jueves pasado y en ella Toscana cuenta cómo en el siglo XI el emperador de Bizancio Basilio II ordena cegar a 15.000 soldados búlgaros enemigos. El regreso de ese “ejercito ciego” lo relata un escriba cuya intención fue, en sus propias palabras, “narrar lo que no vi, para que lo vea quien lo escuche”.

En El Cultural reseña la novela Santos Sanz Villanueva, de la que comenta el efecto contradictorio que produce en el lector, pues “una sustancia de estremecedora brutalidad resulta un relato ameno y hasta divertido, sin dejar de ser atroz”. Veamos. El narrador del Ejercito ciego al que aludíamos, no omite detallar con minuciosidad “las artimañas para vaciar los ojos”, mientras cuenta el viaje desde Constantinopla “de la columna de desarrapados con destino a la capital del imperio de Bulgaria”. Más tarde, hubo otra expedición en dirección inversa integrada por una fantasmal legión de soldados ciegos. “Nada de los detalles de la batalla aparece”, escribe el crítico. “Los horribles sufrimientos de las víctimas monopolizan la información”. El cómo lo hicieron despierta el interés de la gente, “y el narrador se dispone a satisfacerla”. Ahí aparece maese Zósimo, “maestro sacaojos de oficio y vocación”, al que ayuda con entusiasmo un grupo de voluntarios para completar la multitudinaria escabechina. No se ahorran detalles sobre “cómo se procedía a sacar los ojos, qué se hacía con ellos, qué problemas surgían para enterrarlos, cómo los pescaderos los depositaban frescos y limpios en ánforas entre las risas de los propios ciegos o cómo un malabarista que lanzaba un puñado al aire advertía al público del riesgo de pisarlos si fallaba y caían al suelo. O sea, mil horrores”, resume Sanz Villanueva.

Pero no todo en la novela es un “macabro anecdotario”, pues a través de numerosos personajes singulares asistimos a “una auténtica fiesta de la inventiva que afecta tanto a los contenidos como a la forma. El ejército ciego puede tenerse como una antología de historietas populares y cuentos folclóricos. El humor frecuente atempera y contrapesa una materia sobradamente truculenta”. Puede que contribuya a ello el estar contado con una “actitud distanciada del narrador –entre impasible, escéptica y burlesca– (que) marca a hierro este raro relato antiépico, kafkiano, sarcástico y desbordante de fantasía algo heredera del realismo mágico”. Todo ello permite, como decíamos al principio, un relato ameno y divertido, aunque lo que se cuente sea una cruel tragedia.
La hija (de Goya): Sergio del Molino describe una época

Hace un par de semanas en La Lectura, el crítico Juan Marqués elogiaba el trabajo de investigación de Sergio del Molino en su última novela, La hija, en la que se sigue el rastro de Rosario Weiss, la joven que creció junto a Goya y aprendió de él, pero por encima de todo, fue la hija que lo acompañó hasta sus últimos días; escribe Marqués: “La verdad es que el talento y el trabajo que Del Molino ha volcado aquí son descomunales. Francamente, yo no entiendo cómo lo hace: que él mismo dé cuenta de sus fuentes y sus movimientos, pero esas bibliografías, esas gestiones o esas cenas que a él le han ocupado durante un año (…) serían normalmente el trabajo de varios años de un grupo de investigación”.
Es cierto que, como expone en Babelia Jordi Gracia, en la reseña de La hija, tiene Del Molino “una pulsión de historiador social o de la vida cotidiana, las historias de vida que pueblan el pasado”. Sobre la estructura de la novela, y del fruto de la investigación, deduce que “los protagonistas de la primera y la segunda parte de La hija —una en modo ficción y la otra en modo ensayo— sean la presumible hija de Goya con Leocadia Zorrilla, Rosario Weiss, y el propio Goya”.
Y de ahí, pasa el crítico a imaginarse al autor de La España vacía “con la mesa desbordada de libros, ensayos, estudios de arte, sociedad, política y guerras monstruosas —además de las obras del propio Goya y las pocas conservadas de la muy dotada Rosario Weiss—, y lo imagino mejor todavía secretamente convencido de haber encontrado la ruta para contar una sociedad entera, lo más amplia y detalladamente posible, a través del breve tiempo que compartieron vida una niña, Rosario, y su probable padre, Goya, instalado en la Quinta de Goya a las afueras de Madrid, o la Quinta del Sordo, como se llamaría tiempo después”.

Afirma Gracia que la segunda parte de la novela “le sale mejor” y que el lector tendrá que aceptar “la propuesta de entrar primero en la ficción de un testigo de la vida de la joven pintora y luego la propuesta de revisión de lo que se sabe y no se sabe, de lo que pudo haber pasado, y en el fondo la reivindicación enamorada (…) de la mujer autorretratada en La atención, de Rosario Weiss, y un puñado de dibujos, sin mucho más donde arañar documentalmente”.
También encontrará el lector apuntes “muy puestos en razón”, que contradicen la versión más romantizada de Goya como “rebelde antisistema, cuando fue un hombre del poder y sometido al poder de la Corte y la Corona toda su vida”. Aunque al final de su vida, desde su “estilo tardío”, esa etapa final en la que nada impide ceder al atrevimiento, la heterodoxia o el desacato, acometiera “las pinturas negras de la Quinta o en su exilio en Burdeos, mientras la niña Weiss dibujaba y Goya retocaba las difíciles sombras o este o aquel perfil de la talentosa hija prematuramente fallecida a los 28 años, cuando él ya hacía una década larga que había muerto”.
Nora Ephron, la periodista que toma nota de la orgía

Y en este particular repaso de reseñas de libros, en el que detenemos la mirada a veces por el autor, otras por la solvencia del crítico o, incluso, sólo por un título, nos encontramos esta semana con una frase que nos llamó la atención. Dice así: “Trabajar de periodista es exactamente lo mismo que ser la fea de la orgía”. La frase es de la norteamericana Nora Ephron, guionista (el guion de Cuando Harry encontró a Sally la catapultó a la fama), novelista, ensayista y dramaturga, además de periodista. Frase que leemos en la reseña de su libro Gente a cenar, una antología de artículos inéditos en español. La reseña del libro la firma Bruno Pardo Porto en El Cultural. Artículos donde se cuentan anécdotas “rocambolescas”, como la de ese multimillonario que rompe un Picasso en Las Vegas, o su propio cambio de imagen patrocinado por Cosmopolitan, o la organización de cenas de amigos, todo ello escrito con “ironía, ligereza y esa actitud de yo solo pasaba por aquí para reírme, no para llorar por Vietnam”. Como ejemplo de esto último, recoge el crítico este texto de Ephron: “A mí me preocupa que haya una guerra en Indochina y me manifiesto contra ella; y me interesa que haya un movimiento de liberación de la mujer y me manifiesto a favor. Pero también voy al cine sin parar, y a la peluquería una vez por semana, y preparo la cena todas las noches y me paso horas delante del espejo intentando que mis ojos parezcan simétricos (…) La mayor parte de mi vida sigue su curso intrascendente a pesar de los grandes acontecimientos”. De ahí la frase con la que continúa la de la fea de la orgía: ser “la que se queda tomando notas en una esquina, al margen de todo; estando, pero sin participar”.

Y concluye Pardo Porto su reseña comparando a Ephron con la neoyorquina Fran Lebowitz (una Dorothy Parker moderna) o la catalana Milena Busquets: “Como ellas, prefiere tener gracia a tener razón, y es capaz de sacrificarla por una buena frase. Quiero decir que Nora Ephron no era la fea de la orgía: ella protagoniza buena parte de las historias que escribe, aunque mire con la ironía de quien no pertenece del todo al mundillo en el que se mueve. Y la invitaban a muchas orgías”, informa el reseñista de Abc Cultural.
Otras frases a destacar (o no)
“Uno de los logros de este siglo ha sido la producción de un lenguaje del que antes carecíamos para hablar de feminicidios”. (De la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, en la entrevista realizada para El Cultural).
“En Rusia, nuestros autores son catalogados como agentes extranjeros”. (Del editor Georgy Urushadze, actualmente en el exilio por criticar a Putin, en el reportaje sobre prohibiciones y censuras en la cultura que publica La Lectura).
“Los ejércitos coloniales se marcharon, pero heredamos intactas sus herramientas de opresión y seguimos usándolas contra nosotros mismos”. (Del escritor sudanés Abdelaziz Bákara Sakín, en una entrevista que publica La Lectura).
“El precio que tuvo que pagar por ser mujer, inteligente, bella y roja fue muy alto: la acompañaría una honda soledad”. (Carmen Domingo, autora de libro sobre Carmen Díaz de Rivera La soledad como precio, en la correspondiente reseña en Babelia)
“Vivimos en una precariedad intelectual donde las grandes preguntas hacen daño”. (Del escritor y ensayista Alejandro Gándara, en la entrevista que publica Abril)
“La academia (la RAE) ha puesto sus mecanismos en manos de lingüistas talibanes que desprecian a los escritores” (Arturo Pérez-Reverte, escritor y académico). “Te corrijo un poco, porque eso no es exacto del todo, Arturo (…) Hay tres tercios en la academia: uno de escritores o creadores (narradores, dramaturgos, poetas, etcétera), no ensayistas, entre los que me incluyo, que estamos en otro cupo, y luego está el tercio de filólogos lingüistas y el de otros profesionales de diferentes especialidades. Eso se ha mantenido hasta llegar al día de hoy en que esos tercios están más o menos equilibrados” (Santiago Muñoz Machado, académico y actual presidente de la RAE) (Extraídas de la conversación entre ambos organizada por Abc Cultural).
E. Huilson

Me quedo con Gente a cenar, la hija Weiss la tengo casi leída y por mucha coña que tenga El Ejercito ciego, me lo ahorro.
Entre Carmenes… voy a leer lo de Domingo, y saber más de la musa de la transición Díaz de Rivera.
Salud, Mikel, el otro comemtarista de este PSR que ahora vaguea.
Recomiendo a Josetxu el Coloquio de Invierno, de Luis Landero, aunque un experto crítico como él, ya lo habrá valorado.