Mis libros

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.
Jorge Luis Borges
La luminosa ceguera de Borges
Como se aclara al final del poema, Borges no se está refiriendo en el título a los libros que él había escrito, sino a los libros de su biblioteca, los que leyó una y otra vez y aprendió casi de memoria, y que luego recitaba, ya casi ciego. Una desgracia atroz que afrontó con lucidez. Dan cuenta de ello los primeros versos del Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrimas o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche«.
Huía de la compasión y hablaba de su ceguera como liberación, pues le procuró una soledad propicia a las invenciones. Ese mundo de tinieblas le regaló metáforas nuevas y reforzaba su percepción auditiva (decía que los poemas no había que verlos sino escucharlos). Aunque, inevitablemente, le aisló algo del mundo porque su lazo más fuerte de unión con él eran los libros. Los libros de otros escritores pues Borges siempre huyó de vanagloriarse de lo que había escrito, orgulloso como estaba de sus lecturas: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, dijo.
A. S.
