‘Hijos de Eva’, de Connolly. Vigencia del “noir”

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El novelista irlandés John Connolly está considerado como uno de los maestros del llamado género negro (ahora se utiliza más el término “noir”, aunque también le dicen, menos, “género policial”). Connolly pasó por Madrid con motivo de la Feria del Libro y firmar ejemplares de su última novela, Hijas de Eva, en la que el detective Charlie Parker, ese expolicía alcohólico fruto de su imaginación, investiga la desaparición del novio de una amiga, que salió disparado dejando un móvil atrás con un mensaje: CORRE.

“Con esta excusa argumental, Connolly despliega todo su arsenal narrativo y conecta la investigación (en la que hay niños secuestrados, narcos y objetos arqueológicos robados) con la profunda historia de los protagonistas de la serie. En un eco borgiano, el misterio es aquí más interesante que su resolución, si bien el oficio del autor lleva siempre los casos a buen puerto”, escribe en Babelia Juan Carlos Galindo, que ha entrevistado a Connolly aprovechando su estancia en nuestro país.
Para los no iniciados en el género, y como vamos a hablar sobre él en esta entrega, pues varios suplementos lo abordan por una u otra razón, será bueno aclarar que se ha dado en llamar novela negra a ese tipo de novela policíaca donde no es tan importante aclarar el misterio o encontrar al asesino que presentar una atmósfera asfixiante de violencia, miedo e inseguridad y corrupción del poder político. Un género nacido cuando el crimen organizado se había convertido en una realidad, en las primeras décadas del siglo pasado en EE. UU., después de la primera guerra mundial y la Gran depresión. El nombre de este género, que uno de sus maestros, Raymond Chandler, definió como “la novela del mundo profesional del crimen”, está asociado a que originalmente fue publicado en la revista Black Mask, en Estados Unidos, y en Francia en una colección de la editorial Gallimard que llevaba por título Série Noire.
La carrera de Connolly, “una de las más fecundas y originales carreras de la historia de la ficción criminal”, según Galindo, inició su andadura después del asesinato, el 29 de diciembre de 1996, de una joven prostituta en Dublín que nunca fue resuelto. Las reacciones a que dio lugar y “la dejadez de la policía soliviantaron a un joven periodista freelance de The Irish Times que por entonces leía con ahínco al maestro Ross MacDonald. Su nombre era John Connolly y aquella rabia, aquella necesidad de justicia, aquel impulso redentor, cristalizaron en Todo lo que muere (1999), la primera historia protagonizada por el detective Charlie Parker”.
En la entrevista con Babelia, Connolly declara que “es importante no ser cómplices del mal, ser conscientes de que no hay personas de segunda, ni en la literatura ni en la vida”, y de ahí le viene su empatía con muchos de sus personajes, al estilo de Ross McDonald, al que define como “el poeta de la compasión en la novela negra”, y quien leyó con ahínco mientras escribía sus crónicas para el periódico irlandés.

¿Un “noir” gótico?
No obstante, hay en las historias protagonizadas por Charlie Parker, cuyas aventuras se desarrollan en Estados Unidos, sobre todo en la zona de Maine, una conexión con ciertas fuerzas oscuras que dota a las historias de un factor sobrenatural que las hace únicas: “Dadas mis lecturas de juventud, lo más natural para mí era mezclarlo, aunque al principio sufrí la desconfianza de algunos críticos, lectores y libreros. Iba por el camino opuesto al racionalismo en el que se había basado el género. Sin embargo, no somos cien por cien racionales, así no se puede explicar todo. Y, además, ¡soy católico!”. A lo que añade Galindo un dato a tener en cuenta: “la gran tradición gótica de la literatura irlandesa”, que tanto ha frecuentado como lector, y tendrán la fórmula Connolly. Y la razón por la que sus novelas transcurran en Norteamérica lo explica por ser una tierra en la que “los irlandeses han podido crear una vida nueva. Yo tenía problemas para encontrar modelos en la literatura de mi país porque durante muchos años hubo una gran desconfianza hacia el género, así que me fijé en su tipo de detective, pero sin imitarlos. El efecto diferencial es lo sobrenatural”.
Un “noir” japonés

Aunque con un retraso evidente, siguen llegando con cuentagotas a las librerías españolas algunos títulos de novela negra procedentes de Japón. El pasado año lo hizo un clásico del género como es El misterio de la mujer tatuada, de Akimitsu Takagi, y ahora es el turno de Cuatro casos criminales, de Junichiro Tanizaki, figura esencial de la narrativa japonesa, considerado también maestro del “noir”. Además, fue, en vida (falleció en 1965), eterno candidato al Nobel de Literatura. Un año antes de su muerte fue nombrado miembro honorario de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el primer escritor japonés en recibir tal honor.
“Cuatro casos criminales es una recopilación de cuatro relatos breves, aunque de extensión desigual, hecha ad hoc, que muestra la inclinación de nuestro autor por la narrativa negro-criminal, que no policial, puesto que las fuerzas del orden no aparecen en ningún momento”, escribe en su reseña del libro en Abril José Miguel Segura. Son relatos que fueron publicados en Japón entre los años 1918 y 1921, y tienen, cada uno de ellos, una especial significación en la evolución literaria de su autor: “Estamos ante cuatro ejemplos de un noir con otros ritmos y otras formas, otros aires más sutiles que aquellos a los que estamos acostumbrados por nuestro lares”, leemos en la reseña.
Es fundamental en su desarrollo la psicología de los personajes, “elemento a partir del cual surgen los casos, se desarrollan como lo hacen y encuentran sus respectivas y diferentes resoluciones”.
Cuando fueron escritos, se nos avisa, había una gran influencia “de las teorías freudianas sobre el inconsciente y la sexualidad más o menos reprimida como elementos constitutivos de la condición humana”, lo que se puede observar en dichos textos, además del estilo de un escritor propio de la estética y la mentalidad japonesas, “lo que hace que cada relato se condense, se espese página a página, a partir de una mirada siempre atenta al detalle, a lo que a nosotros pudieran parecernos nimiedades y al relato de los hechos y diálogos con una lentitud que no es ninguna tara y a la que no estamos acostumbrados”.

Así, un cuento nos habla de un asesinato que parece real y no lo es junto a otro que parece una alucinación del protagonista pero que es muy real. Otro sobre enfermedades mentales y su posible carácter hereditario y un tercero construido como un trasunto de una historia de Sherlock Holmes, con sus habituales conjeturas en pos del descubrimiento de un crimen hasta entonces desconocido.
Del cuento que lleva por título El ladrón, explica el reseñista que recuerda desde sus primeras páginas el rasgo más llamativo de la novela El asesinato de Roger Ackroyd, la más original de Agatha Christie, publicada en 1926, pero aclara de inmediato que “dicho recuerdo debería serlo en sentido inverso porque Tanizaki escribió su cuento cinco años antes de que la novelista inglesa hiciera lo propio con su relato protagonizado por Hércules Poirot”. Una muestra, qué duda cabe, de la influencia de Tanizaki más allá del ámbito japonés.
Los nuevos “lugares” del “noir”
La crítica y experta en novela negra Marta Marne es la autora del prólogo del libro de Tanizaki. Esta semana, y en el suplemento donde habitualmente publica sus reseñas, Abril, firma un reportaje precisamente sobre lo que denomina “No lugares’, el nuevo territorio del noir”. Sostiene que “la narrativa negra contemporánea ha ido dejando atrás sus escenarios tradicionales para situar a sus personajes en espacios en los que el arraigo resulta imposible. La ciudad ya no es un sitio donde perderse o esconderse, sino un lugar que no sostiene a quienes lo habitan”. Y como ejemplos para demostrar su tesis cita las últimas novelas de algunos autores que frecuentan el género, como Carlos Zanón, Jon Arretxe, Francisco Bescós y Esther García Llovet.

Aclaremos antes que el término “no lugar” fue acuñado por el antropólogo francés Marc Augé en su ensayo académico Los no lugares. Una antropología de la sobremodernidad. El “no lugar” serían esos espacios de tránsito, consumo y flujo que carecen de los tres pilares que sostienen la vida humana según la antropología: la identidad, la relación y la historia”. Y los ejemplos más característicos que se suelen citar como “no lugares” son un aeropuerto, un centro comercial o una estación ferroviaria, lugares donde nos somos ciudadanos sino usuarios, lugares que tienes derecho a ocupar mientras seas rentable.
Marne repasa desde esta perspectiva algunas de estas novelas del género negro y los lugares que atraviesan sus personajes para ilustrar “este desplazamiento”, cómo se han ido dejando atrás escenarios más tradicionales para situar a dichos personajes en espacios de desarraigo. Así, por ejemplo, el protagonista de Objetos perdidos, de Carlos Zanón, Álex Gual, se va a vivir a un hotel; o Touré, el detective africano de las novelas de Jon Arretxe, que atraviesa ciudades sin llegar a asentarse en ninguna (aquí el desarraigo es el punto de partida pues es burkinés y no tiene papeles). En la novela Mantis, de Francisco Bescós, “la acción se sitúa casi por completo en un centro logístico”, mientras que Esther García Llovet ha llevado a los personajes de sus últimas novelas como Los guapos o Las jefas a la costa valenciana “para explorar resorts, campings y zonas turísticas”, lugares atravesados por el tránsito en los que nada termina de asentarse. Una interesante mirada a un género en continua transformación (o adaptación a las circunstancias del presente)-
Una pequeña idea malévola. Investigar el “noir”

Continuando con el tema que nos ocupa, el “noir”, el escritor peruano Fernando Iwasaki publica en Abc Cultural una entrevista con la escritora cubana Ena Lucía Portela con motivo de la publicación de lo que denomina sus “ensayitos sobre narrativa criminal” bajo el título Una pequeña idea malévola, que a su vez reseña Javier Sánchez Zapatero; reseña que inicia lamentando el “escaso interés mostrado por la Academia, siempre recelosa y llena de prejuicios hacia el mundo de la narrativa popular”, por lo que “la reflexión crítica sobre la novela negra y policiaca ha recaído en los propios escritores”, y cita a relevantes autores como Raymond Chandler, Patricia Highsmith, Jorge Luis Borges o Leonardo Padura, que a lo largo de la historia han tratado de teorizar sobre el género partiendo de su doble condición de creadores y lectores”.
En esa tradición se enmarca Una pequeña idea malévola, escrita durante la pandemia. Unos ensayos para los que Portela revisó viejas lecturas de novela negra y policiaca, con las que trató de huir del “agobio cotidiano” de esa época.

En estos ensayos se analiza desde el “más icónico de todos los detectives literarios, ya que, como dejó claro Borges, ‘pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan”, hasta obras de Patricia Highsmith, Dashiell Hammett o Friedrich Dürrenmat.
“El libro, de hecho, proporciona muchísimos datos, – escribe Sánchez Zapatero–reflexiones de calado e interés y, por encima de todo, un sinfín de referencias y recomendaciones, convirtiéndose así en una invitación constante a la lectura”.
Conseguir la entrevista con Portela no fue fácil para Iwasaki. La enfermedad de la escritora y las condiciones por las que atraviesa Cuba lo explican. Reproducimos, para despedir esta entrega sobre el “noir” el comienzo de dicha entrevista:
Diagnosticada de párkinson en 1993, Ena Lucía Portela se recluyó en 2007 para dedicar todas sus energías a la escritura de La última pasajera, una mezcla de novela negra con thriller político que sigue tejiendo y destejiendo, como una Penélope que se marchita sin Odiseos ni pretendientes. ¿Por qué aparcó la novela para publicar un libro de ensayos? ¿Serán malos tiempos para la lírica en Cuba? “Acá, en la isla, ahora mismo, no hay electricidad casi. No hay agua ni gas. La conexión a Internet es, en el mejor de los casos, intermitente (de ahí mi demora en responderte). Medicinas tampoco hay, ni transporte apenas, en tanto que el precio de los alimentos se ha disparado hasta las nubes. Lo que sí hay es un calor de aúpa. El personal está que trina. Cacerolazos por aquí y por allá. Protestas más enérgicas, aún espontáneas. Quiero decir, no coordinadas. La policía reprime. Y la temperatura sigue subiendo y subiendo. Esto es agónico, Fernando. Lo que se dice invivible. ¿Lírica? ¡Uf!”.
Palabra de Ena Lucía Portela.
E. Huilson
