Artistas

Edward Burra, un acuarelista enamorado de España y de Lope de Vega

The Snack Bar 1930 © The estate of Edward Burra / Lefevre Fine Art, London

La Tate Britain presenta una retrospectiva del pintor británico

Solo había dos cosas que le gustaban al pintor inglés Edward Burra (1905-1976): pintar y viajar. No le gustaba, sin embargo, contar a dónde viajaba o cuánto tiempo estaría fuera. Y cuando le preguntaban sobre ello, Burra echaba mano de su correcto español y soltaba estos versos: “A mis soledades voy, de mis soledades vengo” (…porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos, de Lope de Vega). 

Edward Burra hacia 1930 (Wikipedia)

Es una anécdota que demuestra el conocimiento que Burra tenía de España, un país al que viajó en diversas ocasiones en la década de 1930, de cuya cultura se enamoró y pintó, y cuya guerra civil le afectó para siempre. Caído en el olvido durante mucho tiempo, una gran exposición que tuvo lugar en 2011, y los precios récord pagados por su obra, le han devuelto al lugar que merece. La Tate Britain de Londres acoge estos días, y hasta el 19 de octubre, una gran retrospectiva de este pintor que, debido a su delicada salud, sufría artritis desde niño, no pudo utilizar el óleo en sus trabajos siendo la acuarela la técnica de la mayoría de sus obras, llenas de fuerza y color. 

París años 20

Nacido en Londres, hijo de un rico abogado, Edward nunca necesitó ganar dinero. Su frágil salud le hizo abandonar pronto  la escuela. Pinta, estudia en el Royal College of Arte. Aún muy joven  se interesa especialmente por el cine donde aprende nuevas perspectivas que le servirán más tarde para la representación de sus personajes. En Londres pinta la vida de la ciudad. 

Minuit Chanson 1931 (F: Estate of Edward Burra/Lefevre Fine Art)

Fascinado por Picasso, viaja a París. La capital francesa es la belle epoque y el centro de las vanguardias artísticas y Burra asimila rápidamente la corriente del momento. Es asiduo del Folies Bergère y otros cabarets y night-clubs de la ciudad. París era una fiesta y así lo deja plasmado en unas obras muy vívidas y llenas de fuerza. Pinta bares y cafés. Viaja a Marsella y recrea en sus acuarelas personajes llenos de historias.

Nueva York años 30

Escenas de Harlem

Si París fueron los locos años 20, cuando viaja a Nueva York en la década de 1930 queda fascinado por la música, el jazz y el blues, el cine, el ritmo de las calles, la vibrante cultura negra. La Gran Manzana se convierte en el centro de la big band y aunque Edward no bailaba, pinta directamente en papel el universo del swing neoyorquino.

Debido a su salud, viaja y regresa siempre a la casa de sus padres en Sussex, donde pasa temporadas antes de iniciar un nuevo viaje. Todo lo que ve lo recuerda y lo pinta. Casi nunca puso fecha a sus obras. En la Tate Archive se guardan sus cartas. “Puede que escribiera una carta al día durante toda su vida”, explica su biógrafa Jane Stevenson al crítico de arte Andrew Graham-Dixon, en un interesante documental sobre la vida de Burra titulado I Never Tell Anybody Anything – The Life and Art of Edward Burra (Nunca le cuento nada a nadie – La vida y el arte de Edward Burra).

España, raíces flamencas y guerra

Flamenco dancer, obra de Edward Burra, 1931

Gracias a esas cartas se sabe, por ejemplo, que estaba enamorado de España. Viajó al país muchas veces, particularmente en los años 30. España tenía algo que le emocionaba y satisfacía por igual. “No quiero dejar España -escribió a su amigo Billy Chapel-, no hasta que no pueda más”. 

A Burra le gustaba el arte del flamenco, que en Andalucía encontraba en sus calles, y pintaba con asiduidad escenas flamencas. También le impresionaban las corridas de toros, y sobre todo los trajes de los toreros: “el color bermellón con bordados negros es mi favorito”.

Escenas lúdicas y festivas, pues, hasta que en una de sus visitas a España se encontró de bruces con la guerra civil, que cambió su perspectiva de la vida y su arte. Un ejemplo son sus obras La Medusa, que arrastra cuerpos sobre su hombro o Beelzebub, donde un demonio muestra su arma goteando sangre en un mundo en ruinas.

Detalle de las obras Medusa y Beelzebub

Surrealismo británico

De vuelta a Londres, su obra es considerada surrealista y sus cuadros se incluyen en la Exposición Surrealista Internacional de las New Burlington Galleries en 1936. Ese mismo año la exposición Fantastic Art, Dada, Surrealism del Museo de Arte Moderno de Nueva York incluye su obra, y cuelga también en la Exposición Internacional de Surrealismo de la Galerie des Beaux-Arts de París en 1938.

La Segunda Guerra Mundial está al caer y Burra no puede hacer otra cosa que mirar y ayudar a los refugiados. Enfermo crónico, pero joven, con una esferocitosis genética y una artritis reumática que le impide pintar con soltura, diseña para ballet y teatro y pierde poco a poco la intensidad y luz de sus primeras obras. En su última época pintó paisajes que veía recorriendo Gran Bretaña.

Hombre de paja

Hombre de paja (Colección Privada) © Estate of Edward Burra c/o Lefevre Fine Art Ltd

La exposición de la Tate Britain lleva por título Edward Burra – Ithell Colquhoun, en un guiño a pintores surrealistas británicos. Rachel Cook describía en The Guardian uno de los cuadros de Burra, pintado en 1963. Se trata del Hombre de paja:

“Es la esencia más pura de Burra: misterioso, anticuado, salvaje. Cinco hombres de gorra plana -¿o son seis? – parecen al principio bailar, con sus pantorrillas abultadas y sus medias, como si vinieran del ballet. Luego se comprende: estos pasos altos no son de celebración. Están pateando una especie de maniquí. En la esquina derecha del cuadro (las esquinas derechas son importantes para Burra; el novelista Anthony Powell recordaba que era ahí donde el artista empezaba un cuadro, barriendo diagonalmente hacia la izquierda), una madre empuja a un niño pequeño lejos de la escena, su gesto confirma, si fuera necesario, que ésta es una historia de violencia, no de alegría”.

Edward Burra odiaba ser entrevistado, aunque el British Film Institute guarda una conversación realizada cuatro años antes de su muerte. Parco en palabras, nunca quiso decir nada sobre sí mismo. A mis soledades voy, de mis soledades vengo.

Ana Amador

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