Los poemas del patio

La inquietud del rosal

Elena entre rosas (1907), obra de Joaquín Sorolla (Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba)

El rosal en su inquieto modo de florecer 
va quemando la savia que alimenta su ser. 
¡Fijaos en las rosas que caen del rosal: 
Tantas son que la planta morirá de este mal! 
El rosal no es adulto y su vida impaciente 
se consume al dar flores precipitadamente.

Alfonsina Storni

La primavera incesante
Ahora que la primavera está en su esplendor, y amenaza ya el rosal con deslumbrarnos, viene a cuento escuchar a Alfonsina Storni en su poema donde nos avisa de que florecer de tal modo “va quemando la savia que alimenta su ser”, una metáfora que nos hace pensar en cómo agotamos (bueno, agotan, los adolescentes más bien, digo) la vida por el esfuerzo de acelerarla y vivir cuanto antes lo que imaginan que el futuro nos tiene deparado.
Pero ¿quién se puede sustraer al impacto de la rosa? De su misterio preguntaba el poeta cubano Gastón Baquero:

Qué pasa, qué está pasando siempre debajo del jardín 
que las rosas acuden sin descanso. 
Qué está pasando siempre bajo ese oscuro espejo 
donde nada se oculta ni disuelve. 
Qué pasa, qué está pasando siempre debajo de la sombra 
que las rosas perecen y renacen. 
Que nunca se desmiente su figura, 
que son eternas sombras, idénticos recuerdos.

Para explicarnos el fenómeno siempre podemos echar mano de la filosofía del eterno retorno que nos dice que el mundo se repite de forma cíclica como mantienen estoicos, algunos cristianos, budistas y hasta Nietzsche.
Decía Wallace Stevens que la poesía debía ayudarnos a vivir nuestras vidas, pero el erudito Harold Bloom matizaba el argumento citando el principio de realidad de Freud, “que no es otra cosa que aprender a soportar la mortalidad”.
¿Será ese el misterio del que nos quiere hablar el rosal?

A.S.

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