Semanario Cultural

La verdad de las mentiras: una reivindicación de la ficción

Este fue el título, La verdad de las mentiras, que Vargas Llosa le puso a un libro donde recopilaba artículos sobre literatura. Nos viene al pelo para hablar de un fenómeno al que asistimos en la última década: el fuerte aumento del consumo lector de biografías, autobiografías, memorias, novelas de autoficción… En fin, el auge de lo que llamaríamos libros basados en “hechos reales” en menosprecio de la pura ficción; el alza de una literatura donde “el yo de los autores ofrece testimonio de sus vidas porque si no revienta”, en frase de Juan Tallón (de su artículo de esta semana en Abril). 

Annie Ernaux, Leila Guerriero y Juan Gabriel Vásquez

Efectivamente, el avance de la Encuesta de Hábitos y Prácticas culturales en España que elabora el Ministerio de Cultura correspondiente a 2024 muestra que este género se ha disparado más de un 120% desde 2022 –y un 150% desde 2010–, hasta el punto de que un 18,8% se declaran lectores habituales de estos géneros, siendo la categoría que más crece junto a la del cómic y la literatura infantil. De dicha encuesta se hace eco La Lectura, que aprovecha para dar voz a varios editores que vienen a corroborar el fenómeno. En el reportaje, que firma Pablo R. Roces, se dan varios ejemplos de libros editados recientemente y que responderían a esas categorías. Recuerda que hace dos años el Premio Nobel de Literatura le fue concedido a Annie Ernaux, “autora por excelencia de la autoficción a nivel mundial”, o cómo el Premio Comillas ha recaído en los últimos diez años en libros de memorias y biografías, frente a los de historia, que también forman parte de la convocatoria de este galardón auspiciado por Tusquets. Otro ejemplo que se cita es la presencia, entre los diez libros más vendidos de la última semana, de La llamada, de Leila Guerriero, Los nombres de Feliza, de Juan Gabriel Vásquez y la autobiografía del Papa Francisco. Todos basados en hechos reales.

Una explicación podría estar –argumenta Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg– en que “la identificación es hoy muy importante, al lector le gusta verse reflejado en gente que considera igual a sí y que se ha enfrentado a circunstancias duras y complejas. Eso, en parte, puede deberse a los tiempo de incertidumbre por el futuro que vivimos”. 

No son pocos los escritores que rechazan el encasillamiento de su obra bajo la denominación de “autoficción”, como Enrique Vila-Matas. Decía Juan Marsé que él no creía mucho en lo de discernir, en una novela, entre la parte real y la inventada. Lo recuerda Tallón en su artículo, citando estas palabras del autor de Ultimas tardes con Teresa: “No entiendo por qué el lector quiere saberlo (lo que hay de real o no en una historia). Lo que vale es si tiene sentido, si se sostiene por sus propios valores literarios. Cuando voy al cine y veo que pone `basado en hechos reales´ me levanto y me largo. Ya veré si me gusta o no la peli, y no será porque esté basada en un hecho real”.  Y Tallón está de acuerdo. Cita como fuente de autoridad a Doris Lessing, quien ya lamentaba que “nos enfrentamos a un rechazo de la imaginación. Hay un deseo general de conocer lo real, lo auténtico, lo que verdaderamente ha sucedido”, mientras que “hubo un tiempo en que nuestras narraciones eran imaginación, mito y leyenda, parábola y fábula, así era como nos contábamos las historias, pero esa capacidad se ha atrofiado por la presión de la novela realista”.

Y eso que Lessing no conoció el estallido de la susodicha “autoficción”, reflejo– argumenta Tallón– “de la deriva individualista e hipernarcisista de las sociedades contemporáneas. Es difícil encontrar un momento en el que lata tanta pasión por la personalidad como hoy. El yo impregna la literatura, y la escritura autobiográfica vive una inusitada exaltación”. Cree que las razones de que esto sea así se debe a que “todo individuo está siempre dominado por la necesidad de contar. Emergió una cultura en la que miles y miles de personas se consideran poseídas por el derecho a afirmar la importancia del testimonio de su vida”. Es verdad que hay escritores que siguen contando historias inventadas, “pero hay ya muchos otros consagrados a escribir libros que aborden relatos indiscutibles, extraídos de la realidad, lo que al parecer los coloca un escalón por encima”. Algo a cuestionar, pues de las historias inventadas pueden extraerse, como ha ocurrido desde los principios de la ficción, “conocimientos o sensibilidades útiles para la vida. Porque esa, la de la utilidad, es otra desgraciada seña de identidad de la época que nos ha tocado vivir”, se lamenta Tallón.

Vidas contadas. Murdoch y Pla 

John Bayley e Iris Murdoch

Contradiciéndonos en cierto modo nos hacemos eco de algunas “vidas reales” de las que se ocupan los suplementos literarios de esta semana, empezando por la de la genial escritora irlandesa Iris Murdoch, una de las intelectuales más prestigiosas del Reino Unido además de una de sus mejores escritoras. La casi totalidad de sus novelas se ha publicado en varios sellos editoriales de nuestro país. Estudió en la Universidad de Oxford, donde se graduó en Filosofía (tuvo, entre sus maestros, a Ludwig Wittgenstein). Sus escritos teóricos sobre filosofía moral son de considerable altura intelectual y sus novelas no son ajenas a esta formación, cuenta José María Guelbenzu en la reseña para Babelia del libro Elegía a Iris, escrito por su marido, el crítico literario John Bayley. Murdoch murió en 1999, tras varios años padeciendo alzhéimer. Escribe Guelbenzu que precisamente es de eso de lo que habla el libro, “de la pérdida paulatina y la destrucción mental de un ser querido”. Murdoch y Bayley compartieron su vida durante 45 años, admirándose mutuamente. 

Bayley cuenta la historia como un narrador, leemos en la reseña: “Es evidente la admiración que siente por su esposa y cuenta su vida en común como si en realidad estuviera tratando de entender a Iris Murdoch porque, en cierta medida, esta mujer con la que compartía su vida era una persona compleja”, de la que resalta su autoridad, sabiduría y bondad espiritual. En el libro se alternan “muchos momentos íntimos compartidos, anécdotas personales, vivencias de exaltación o desánimo muy expresivas de la relación entre ellos”. No se refleja un exceso de “mundo intelectual y literario” en torno a la pareja, pero sí aparecen algunas referencias fundamentales, “como la novelista Elizabeth Bowen, irlandesa como ella, (…) y a alguien a quien Bayley nombra con el término alemán de dichter, un importante personaje en el que no es difícil reconocer a Elias Canetti. Otro maestro a quien menciona Murdoch y aprecia especialmente es Isaiah Berlin”.

Pla, claroscuros de una monumental biografía

Josep Pla (revista Política Exterior)

Uno de los libros más aplaudidos del pasado año fue la biografía del gran escritor catalán Josep Pla escrita por Xavier Pla (no son familia) titulada Un corazón furtivo (Un cor furtiu) considerada por muchos críticos como “la biografía definitiva de Pla”. El volumen de documentación manejado por el autor es impresionante. El ámbito familiar, la educación, la vocación periodística, la influencia de la peña del Ateneo, son descritos con maestría. Las relaciones con las mujeres que amó son sometidas a un escrutinio implacable, con páginas –como las dedicadas al gato de Aurora– que bordean la pornografía. Episodios hasta ahora llenos de sombras, como el espionaje durante la Guerra Civil, quedan perfectamente aclarados. Los elogios precedentes  proceden del diplomático y escritor Carles Casajuana, quien, a la vez y como nada hay definitivo, señala en un artículo publicado en Cultura/s algunas sombras o desacuerdos con la monumental biografía.

Por ejemplo, le llama la atención las páginas dedicadas “a la forma de vestir de Pla y a su afición a llevar ropa ajena. Estas páginas ayudan a comprender el proceso que cristalizó en la imagen del hombre de la boina, el escritor astuto que, para hacerse más cercano y vulnerable a los ojos del lector, disfrazaba su enorme talla intelectual bajo la ropa humilde de un campesino”. Duda Casajuana, sin embargo, que la afición de Pla a vestir prendas de otras personas refleje, como el autor sostiene, “una insatisfacción que se encuentra en el fundamento de su vida y de toda su dedicación a la literatura” pues más bien se inclina a pensar que, como el propio escritor dijo, “hay dos cosas que nada tienen que ver con la literatura: lo que la gente llama la moral y la frecuentación de las sastrerías”.

Y desvela que si bien el biógrafo relata que el día de San José de 1975 el editor Josep Vergés fue a ver a Pla y que el escritor llevaba un traje azul marino que había sido suyo (del propio Vergés), en realidad, ese día, según escribió el propio Vergés en sus obras, “Pla recibió la visita del entonces príncipe de Asturias, Juan Carlos, y la princesa Sofía”. El biógrafo no lo dice y Casajuana se pregunta el porqué: “¿No lo considera relevante? Podemos imaginar que no lo dice porque en este capítulo se está ocupando de la propensión de Pla a ponerse ropa ajena. Pero, de hecho, por lo que Vergés da a entender, Pla se puso aquel traje porque iba a recibir al príncipe, no porque le apeteciera ponerse la ropa de nadie”.

De mayor importancia quizá sea la omisión de que “antes de morir, a pesar de que siempre se declaró agnóstico, Josep Pla recibió la extremaunción». Se la administró el abad de Poblet, Maur Esteva, según leemos en la reseña. En la homilía de las exequias, el abad dijo que no era preciso que el escritor se convirtiera, porque nunca había apostatado, ni que se confesara, porque ya lo había hecho sobradamente a través de su obra (¡qué exégesis tan genial la del Abad!, ¿no creen?), y contó que después de recibir los santos sacramentos Pla encendió un cigarrillo y se declaró muy satisfecho de aquella ceremonia. 

Hay otros puntos sobre los que Casajuana cree que aún se puede arrojar luz, como la decisión de Pla de sumarse a las fuerzas de Franco en la Guerra Civil y también otros aspectos de su vida sentimental. No obstante, la biografía la considera digna de agradecimiento por todos aquellos interesados por el escritor catalán, pues “no sólo dibuja con trazos magistrales la trayectoria vital del escritor, sino que pinta un gran fresco de la historia cultural de Catalunya en los primeros ochenta años del siglo XX. Pero quedan rincones por explorar”, concluye, animando a futuros biógrafos.

Cărtărescu, el observador molesto

Mircea Cărtărescu

Mircea Cărtărescu es en el presente el escritor más destacado de Rumanía y su nombre aparece cada año en la lista de candidatos a recibir el Nobel de Literatura. Él “ha situado Rumania en el mapa literario”. Lo dice Corina Oproae, rumana afincada en España y escritora en nuestra lengua de la reciente La casa limón, premio Tusquets de novela del pasado año. Escribe Oproae sobre su Cărtărescu en Babelia para denunciar que la Academia Rumana haya vuelto a rechazar su entrada en el seno de “el foro más alto de ciencia y cultura que, entre sus propósitos, tiene el de promover y desarrollar la lengua y la literatura rumanas. El rechazo de Cărtărescu, como era de esperar, ha generado gran controversia –escribe Oproae– y de los argumentos esgrimidos piensa que son “casi más preocupantes que el hecho en sí. Se le acusa de denigrar la memoria del poeta Mihai Eminescu o la de Emil Cioran, al haber aludido al antisemitismo del primero o a las simpatías que mostró el segundo en su juventud por la Guardia de Hierro, un grupo nacionalista y fascista rumano. Se trata de hechos más que probados, que ni siquiera han dañado las obras de sus autores, cuya grandeza estoy convencida de que Cărtărescu no ha puesto nunca en duda, pero que una parte de la Academia prefiere no mirar de cara o incluso negar”.

Son muchos los intelectuales que han salido a defender al autor de Theodoros, entre ellos la misma Ana Blandiana, premio Princesa de Asturias de las Letras 2024, quien manifestó que el rechazo tiene que ver con la manipulación impulsada por “el odio, la envidia y la frustración”.

Pueden servir estos dos ejemplos anteriores para concluir, volviendo al principio de este resumen, que ni la ficción es tan ajena a la realidad, ni las biografías o esa  literatura basada en “hechos reales” sean ajenas a la inventiva, la ocultación o la tergiversación volviéndolas ficcionales.


E. Huilson

Un comentario en «La verdad de las mentiras: una reivindicación de la ficción»

  • Q bien te ha venido Tallón…la historia del traje de Plá es muy buena…pobres catagulfos, esconder la visita de los reyes de toda Españá.
    Salud y bon voyage!

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