‘El hijo del oligarca’ (Radden Keefe): excelente literatura de no ficción

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El norteamericano Patrick Radden Keefe, un referente del periodismo de investigación y de la literatura de no ficción, como le define en Abc Cultural el crítico Javier Sánchez Zapatero, ha venido cosechando un enorme éxito de crítica y público gracias a su buen hacer al combinar rigor y amenidad en sus libros en los que ha abordado desde el terrorismo del IRA (el apasionante No digas nada) a los entresijos de la industria farmacéutica o el poder de las mafias chinas. Libros que parten de una cuidadosa e intensa documentación pero que se leen como una novela. Pero no son ficción, son hechos reales y se pueden comprobar. En El hijo del oligarca, que acaba de llegar a las librerías españolas, se cuenta la muerte del adolescente británico Zac Brettler, ahogado en extrañas circunstancias en el Támesis, un misterio sin aclarar que atormenta a sus padres.

En Babelia, Rebeca Carranco, reseña el libro e incide en el misterio de esa muerte, propio de una novela negra, y escribe: ”Cuando Patrick Radden Keefe intentó investigar él mismo qué ocurrió en el apartamento de Riverwalk, frente a la sede del MI6, donde cayó un joven de 19 años al Támesis, encontró las puertas cerradas. De dedicarse diariamente al periodismo de sucesos, quizá hubiese renunciado a semejante empresa: pretender que personas implicadas en algo parecido a un crimen expliquen voluntariamente su parte de la historia”. De hecho, para su investigación, sólo contaba con sus padres para saber quién era este “pequeño Nicolás inglés, que en esta ocasión acabó muerto. Una oportunidad y un riesgo, que capea sin caer en una crónica complaciente con el dolor inimaginable de unos progenitores que no supieron ver en quién se había convertido su hijo. El hijo del oligarca es el libro de Radden Keefe que más se acerca a un true crime, un relato sobre el terrible peligro que entraña la magia de inventarse una vida”.
A los padres, leemos en la reseña de Abc Cultural, no solo les inquieta desconocer las causas que le llevaron “a precipitarse al vacío desde el balcón de un lujoso edificio – puesto que la policía jamás pudo precisar qué pasó: si fue empujado, se tiró por propia voluntad o fue presionado para hacerlo–, sino también no saber cómo terminó su hijo cayendo en una espiral de mentiras de la que no fue capaz de salir indemne”.

Radden Keefe nos muestra, según va avanzando la investigación, toda “una galería de personajes – policías, sicarios, mafiosos, estafadores, empresarios, millonarios…– que demuestra que la podredumbre moral no entiende de clases sociales, que el crimen puede aparecer donde menos se espera y que, al final, el capitalismo salvaje acaba por corromperlo todo”.
Paralelamente hay una profunda investigación sobre cómo Londres ha ido atrayendo a algunas de las más sospechosas fortunas del mundo, especialmente tras el desmantelamiento de la URSS y el efecto de las dinámicas migratorias del antiguo Imperio Británico, ocultando un submundo de economía sumergida, corrupción y violencia con el que el joven muerto, “obsesionado con medrar, entró en contacto haciéndose pasar por el hijo de un magnate ruso. Las apariencias son, de hecho, fundamentales en la obra, en la que casi nadie es lo que dice ser y, más allá de eso, se expone cómo detrás de los lujosos escenarios londinenses por los que transitan los personajes hay un trasfondo profundamente perturbador”. Y un tercer eje de la historia, “y esto es probablemente lo que lo eleva definitivamente a la categoría de excepcional”, dice el reseñista, gira en torno al desconcierto de los padres al ir conociendo la doble vida de su hijo, “que se movía con soltura en círculos sociales que se le suponían vetados por su condición económica”. Un doloroso descubrimiento para ellos al constatar que no sabían quién fue ni cómo era realmente su hijo.
El hijo del oligarca, apegado a la verdad periodística, no tiene un final en el que se resuelva el caso, concluye en su reseña de Babelia Carranco, pero “sí ofrece una reconstrucción convincente de cómo el hijo de una familia bien de Londres acabó en un piso de lujo frente al Támesis fingiendo ser Zac Ismailov”, el joven muerto que se hizo pasar por el hijo del oligarca.
Zadie Smith regresa con Vivos y muertos, ensayos para la reflexión

Cuando se publicó en el Reino Unido este libro de breves ensayos de Zadie Smith, Muertos y vivos, en la reseña publicada en The Times se pudo leer: “Esbozan las ideas y críticas que sustentan las novelas de Smith: un delicioso vistazo entre bastidores al trabajo y al juego de una gran escritora”. Efectivamente, Smith está considerada una destacada novelista, pero también es apreciada por sus libros de no ficción como Cambiar de idea o Con total libertad, pues, según se señala en la promoción de la editorial que la publica en España, “ha demostrado una atención radical hacia el mundo que la rodea y un compromiso constante con las preguntas que definen nuestra época. Muertos y vivos prolonga y renueva esa mirada con una escritura que observa, cuestiona y conecta, siempre desde un lugar atento y profundamente consciente de la complejidad del presente”, que, dicho sea de paso, no nos aclara mucho. Nos quedamos con algo más concreto: En este libro habla de arte contemporáneo, de las historias que nos propone el cine, de la música que escuchan las nuevas generaciones y de los paisajes urbanos que han acompañado su vida en Londres, a la vez que rinde homenaje “a las voces que marcaron su formación literaria, desde Joan Didion hasta Toni Morrison o Martin Amis”. Un libro que será apreciado por los lectores de la novelista británica de origen jamaicano, actualmente afincada en Nueva York.
Este fin de semana Smith estuvo en Madrid participando en el Festival de las Ideas, motivo por el que, además de por la publicación del libro citado, ha sido entrevistada en El Cultural y La Lectura, mientras en Abc Cultural se publica la correspondiente reseña, que firma Cristina Ontivero, en la incide en cómo Smith “pasa con naturalidad de asuntos como el papel de la mujer en la historia del arte o el abuso de poder reflejado en la película Tar a un concierto del rapero Stormzy, el racismo, el cambio climático o la decadencia del Estado de bienestar en su país. Lo que une estos textos no es tanto el tema como la mirada de Smith, siempre dispuesta a detenerse en aquello sobre lo que no sabe bien qué pensar y escrutarlo hasta donde la lleve”.
Además de estas reflexiones a las que invita al lector, hay también algunas anécdotas personales que recuerda la propia autora, como aquel “episodio en el que se salvó de morir al caer de un tejado gracias a las dimensiones de su trasero o a aquel novio de juventud que acabó asesinando a un hombre años después. Son pasajes en los que la intimidad no funciona como exhibición, sino como una forma de aproximarse a realidades difíciles de observar únicamente desde fuera”, escribe Ontivero.

Es un libro más político que otros anteriores de la autora en el que no evita la polémica y aprovecha para reivindicar el ensayo “como un espacio de pensamiento en el que no es necesario llegar a una conclusión inequívoca”.
Pero la importancia del libro, nos dice la reseñista, no es tanto sobre lo que escribe, sino que con su estilo consiga “que cualquier tema resulte fascinante por su forma de abordarlo. El lector podrá cerrar el libro con las mismas preguntas con las que lo comenzó, pero también con la sensación de salir de él más despierto y, quizá, algo más lúcido, aunque sólo sea por contagio”.
En este punto incide también Alberto Ojeda en la entrevista que le hizo a la escritora para El Cultural: “Smith no es una woke propensa a la predicación moralista y cansina. No se ubica en un púlpito para dar lecciones porque ella misma reconoce sus debilidades, incongruencias y ‘pecados”.
Y tiene, por cierto, una visión del presente muy cercana a la de cualquiera de nosotros, por ejemplo, cuando se asombra, según comenta en la entrevista de La Lectura, por un fenómeno de nuestro tiempo a la vista de todos: “Nunca me parecerá normal caminar por la calle y ver a todas y cada una de las personas –ya sea caminando, sentadas en una cafetería o viajando en autobús– mirando una pantalla diminuta en lugar de contemplar el mundo milagroso. Sé que suena cursi, pero siempre me asombrará”.
Los Diarios de Sergio Pitol
Cuenta el editor y crítico Ignacio Echevarría en El Cultural que en una conferencia pronunciada en la Fundación Luis Goytisolo durante la clausura de un simposio sobre “El diario como forma narrativa” (que contó entre sus participantes con Luis Mateo Díez, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas y Jorge Herralde, entre otros), Pitol habló del diario que él mismo llevaba desde hacía décadas, leyó unos fragmentos del mismo y señaló los diarios de Thomas Mann como modelo de diario de escritor.

Las palabras de Echevarría vienen a cuento de la sorpresa que le supuso enterarse de que “más de dos décadas después, iba a recibir el encargo de ocuparme de la edición de los Diarios de Pitol”. Una edición de la que ya ha aparecido el primer tomo de los tres que se publicarán. Diarios que, explica Echevarría, “abarcan algo más de dos décadas (de 1968 a 1989), las mismas en que escribió el diario de manera más o menos regular. Un periodo decisivo para el mundo, tanto política como culturalmente, y en el que se enmarca entera la carrera diplomática de Pitol, con estancias más o menos prolongadas en Belgrado, Barcelona, Bristol, Varsovia, París, Budapest, Moscú, Ciudad de México y Praga”.
Escritor de cuentos, ensayos y cinco novelas, galardonado con los premios Rulfo en México y el Cervantes en España, Pitol repasa en sus diarios, según explica Echevarría en el prólogo, “el tiempo que le absorben sus amistades, sus amoríos, sus borracheras; sus trabajos más o menos burocráticos, su agotadora vida social; sus hipocondrías, sus adicciones (al tabaco, a la comida, a los solitarios, a la televisión), también sus siempre ávidas lecturas, sus traducciones; su compulsiva pasión viajera, su afición a la música, a la ópera, al teatro, al cine, a visitar museos y exposiciones”.

Y también son estos diarios “únicos interlocutores de su velada homosexualidad”, donde se conoce “al Pitol amante y enamoradizo, que huye de México para realizarse sexualmente. Descubren al Pitol inequívocamente alineado con las opciones políticas de la izquierda, que evalúa a la luz de su propia experiencia en los países del `socialismo real’. Descubren también al escritor carente de otro proyecto en cuanto escritor que el de simplemente escribir, razón por la que –sin apenas brújula cuando finalmente consigue ponerse con ellas se le resisten tanto las novelas (más de diez años le lleva terminar Juegos florales).
Una buena noticia, por tanto, la publicación de estos diarios, para los lectores de Pitol, escritor muy apreciado por otros escritores, al que alguna vez la crítica lo tachó de excéntrico. Lo reflejaba Rafael Ruiz Pleguezuelos en un artículo que escribió, con motivo de su muerte, en la revista Qué Leer: “Muchos críticos le afeaban que tuviera una literatura demasiado suelta, con tendencia a la excentricidad. Lo que ocurría es que Sergio Pitol era, por encima de todo, un escritor libre. Quizá incluso caprichoso, con una producción no tan apta para puristas como para personas que buscan un acercamiento artístico de cada detalle. Este chico huérfano se crio con una abuela que leía en voz alta cada día. Me enterneció oír en su discurso de aceptación del premio Cervantes en 2005 que concedía tanta importancia a sus primeras lecturas (Proust, Faulkner, Kafka) como a las de su abuela, que al parecer idolatraba a Tolstoi”.
Sirva el hacernos eco aquí de dichos diarios para “recordar a los lectores que le conocen el valor de lo que ofreció, impidiéndole caer en el olvido, al menos de manera inmediata”, y que sirva para “convencer a quien no le ha leído aún de que su legado merece la pena”. Estos últimos entrecomillados los escribió Pleguezuelos refiriéndose a su artículo-obituario en Qué Leer, pero bien pueden servir ahora para recomendar sus diarios… y el resto de su obra.
E. Huilson
