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Diarios literarios: La huella íntima del escritor

Aclaración previa: La última vez que hicimos referencia a un diario literario en estos resúmenes de suplementos fue hace un par de semanas con motivo de la reciente publicación del primer tomo de los Diarios de Sergio Pitol, lo que nos llevó a pensar que estaría bien detenernos en algún momento un poco más en el diario de escritor, un género en sí mismo que, si lo pensamos bien, acoge desde crítica y teoría literaria a clases de escritura, desvelos de la creación y en el que tampoco falta la ficción a nada que el autor se sueñe distinto a como los demás lo ven (o lo leen); y pensamos que sería una buena idea dedicar una de estas entregas a invitar a los lectores que aún no lo hagan a frecuentar dichos diarios. Y de paso –confesión del equipo editor– nos va a permitir hacer un viaje en fin de semana aprovechando que hay que acometer algunos ajustes técnicos internos en nuestra revista digital.

Enrique Vila-Matas (Librería Lé)

Hablemos pues de los diarios de escritor. Afirma Vila-Matas en el prólogo del libro La tentación del fracaso, el diario personal del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, que “es uno de los más fascinantes diarios literarios del siglo pasado; un siglo en el que abundaron, por otra parte, los más brillantes diarios de escritores, hasta el punto de que Robert Musil, en el suyo, se sintió obligado a levantar la voz para preguntarse qué pasaba con tantos cuadernos íntimos: `¿Los diarios? Un signo de los tiempos. ¡Se publican tantos! Es la forma más cómoda, la más indisciplinada […]. No es arte. No debe serlo. ¿De qué sirve escucharse ahí?’”. De que no sea arte muestra sus dudas el escritor barcelonés, autor de Dietario voluble, que inicia con estas palabras: “Aquí estoy en mi cuarto habitual, donde me parece haber estado siempre. Como en tantas mañanas de mi vida, me encuentro en casa escribiendo. Suena, contundente, la música de Be My Bab, cantada por The Ronettes”.

Volviendo al de Ribeyro nos preguntamos cómo se escucharía (que diría Musil) aquel día de enero que escribió en su diario: “A veces pienso que podría hacer temblar al mundo desde esta miserable covacha si, liberándome de todas la ataduras, escribiera brutalmente, como sé que puedo hacerlo. Pero me detiene el pudor, un exquisito amor por las formas y la cobardía de todos los escritores que sienten interponerse, entre ellos y la vida, una biblioteca y veinte años de lecturas. Sin embargo, llegaré algún día a tal grado de comprensión que estallarán mis ligamentos y saldrán disparadas las palabras como piedras”. 

Julio Ramón Ribeyro

En otra entrada de su diario dejó escrito el peruano este elogio al aplaudido diarista francés: “sería necesario leer cada mañana, antes de empezar el día, un par de páginas del diario de Paul Léautaud, a fin de afrontar la vida sin ninguna pretensión, ni énfasis, ni ilusión”. 

Roberto Calasso definió a Léautaud como el “Gran Maestro de las Cosas Pequeñas y Próximas […] Entre tantos Pequeños Administradores de las Cosas Grandes y Lejanas”.

Este escritor francés, crítico de teatro, redactor de la revista literaria Mercure, autor de unas pocas obras de poco éxito, ha pasado a la historia de la literatura gracias a los ocho tomos de su Diario literario (existe una versión reducida en español). En él se pueden encontrar apuntes críticos contra la poesía de su amigo Paul Valery (“no me gustan los versos de Valery, algunos versos son de una necedad sin límites”, llega a escribir), o sus conversaciones con André Guide, al que aplaude su valentía como autor. Pero también da cuenta de sus problemas de pareja, con sus caseros o sus discusiones con los directores de la revista, etc.

Los diarios más leídos

Toda lista contiene errores, pero en las que hemos consultado siempre aparece Ribeyro con La tentación del fracaso, un diario personal que inició en los años cuarenta y en el que narra sus viajes por varios países europeos y su vida en el París de los años 50, combinando melancolía, humor y, sobre todo, una profunda y, a menudo, dolorosa reflexión sobre la vocación literaria. La introducción que escribió para el libro comenzaba con estas palabras: “Mi afición a los diarios íntimos data de muy temprano, desde que a los catorce o quince años leí el de Amiel […] El libro me apasionó y a partir de entonces leí cuanto diario cayó en mis manos: diarios de poetas, de pintores, de músicos, de políticos, de viajeros, así como de cortesanas, de policías y de rateros”, pero a la vez concluía esa misma introducción con una seria advertencia: “El diario íntimo es una ocupación peligrosa que puede cerrar la comunicación con los otros y confinarnos a un soliloquio estéril y secreto. Puede también servirnos de coartada para, en el caso de los escritores, no escribir lo que deberíamos escribir y escribir solamente acerca de los problemas y perplejidades que nos plantea nuestra vocación, de modo que el diario termina por suplantar a la obra potencial que conteníamos”.

Es importante la cita de Amiel como inspirador de su afición al diario que hace Ribeyro porque está hablando de un diario inaugural. 

Henri Frederic Amiel

El Diario íntimo de Henri-Frédéric Amiel empezó a publicarse en 1883, y en 1887 se hizo la publicación definitiva con unos fragmentos añadidos. El autor especialista en la obra de Amiel, Bernard Bouvier, considera que la fama que fue adquiriendo el libro según pasaban los años, elevaron a su autor “al primer rango entre los moralistas de lengua francesa, puesto que nadie le discute hoy”. Un experto diarista como es Andrés Trapiello apunta que a partir de Amiel el diario íntimo se convirtió en un género literario más. Es, a su juicio, el género de la Modernidad. 

Reproducimos la primera entrada que escribió Amiel en su diario, ejemplo del tono y estilo de sus primeras páginas: “Berlín 16 de diciembre de 1847. ¡Pobre Diario íntimo que esperas aquí desde hace siete meses sin que hasta diciembre se realice la primera aplicación de una resolución tomada en mayo! Pero más bien, ¡pobre de mí! No soy libre, pues que no tengo la decisión de ejecutar mi voluntad”.

Kafka en el canon

Franz Kafka

Los diarios de Franz Kafka forman parte del canon, como el propio escritor lo es en el de la literatura universal. Unos diarios llenos de apuntes escritos en las muchas noches que dedicó a su vocación literaria, con sueños, pesadillas y apuntes iniciales de lo que luego serían sus novelas. Diarios como “prueba de haber vivido”. El 23 de diciembre de 1911 así lo dejaba dicho: “Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado alrededor y de haber anotado observaciones incluso en circunstancias que parecen insoportables, es decir, encuentra pruebas de que esta mano derecha se movió igual que se mueve hoy, cuando nos hemos vuelto, ciertamente, más prudentes gracias a la posibilidad de abarcar con la mirada nuestras circunstancias de entonces”.

Virginia Woolf

Otros diarios que no pueden faltar en la lista de los más apreciados por estudiosos y lectores serían los de Césare Pavese, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath o los de Virginia Woolf, donde la escritora inglesa dejó muchos apuntes sobre el proceso de creación de sus novelas. Veamos un ejemplo. El viernes 27 de octubre de 1924 escribe: “Es una vergüenza. He subido corriendo la escalera, pensando que tenía tiempo para consignar el siguiente hecho pasmoso, a saber, las últimas palabras de la última página de La señora Dalloway, pero me han interrumpido. De todas maneras, lo cierto es que ayer hizo una semana que escribí realmente estas palabras. `Sí, porque allí estaba’, y me alegré de haberme quedado liberada del libro, por cuanto ha representado una tensión durante las últimas semanas”. 

Renzi nos revela a Piglia

Decíamos al principio que los diarios también se rozan en ocasiones con la ficción, y los hay que directamente son contados desde una aparente ficción, pero basados en los diarios llevados durante años por el autor. Es el caso de Ricardo Piglia y sus tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi. Aclaremos que el tal Emilio Renzi, también de profesión escritor, es el alter ego de Piglia en algunas de sus novelas, un nombre que parte del verdadero nombre del autor, Ricardo Emilio Piglia Renzi.

Ricardo Piglia

 Juega con esta frontera Piglia desde la primera línea, en la Nota de Autor, cuando dice: “Había empezado a escribir un diario a fines de 1957 y todavía lo seguía escribiendo. Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero se mantuvo fiel a esa manía. `Por supuesto no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Uno se convierte automáticamente en un clown’, afirmaba. Sin embargo, está convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo jamás habría escrito otra cosa”.

Y ya cuando comienza el relato sobre Renzi (basado en sus diarios, los del propio Piglia) escribe: “Desde chico repito lo que no entiendo, –se reía retrospectivo y radiante Emilio Renzi esa tarde, en el bar de Arenales y Riobamba–. Nos divierte lo que no conocemos; nos gusta lo que no sabemos para qué sirve”.

Pasan los años, llegamos a 1967 y encontramos algunas entradas plagadas de nombres de escritores. Una cita de Cortázar dice: “cuando deja de ser Borges, es naturalista (lo mismo le pasa a Bioy Casares)”. Y más adelante, en referencia a un prólogo de cuentos latinoamericanos: “El encuentro con la lengua hablada de cada país (Cabrera Infante, Rulfo, Cortázar, etc.) a la vez que nos separa de la lengua madre (el español), recorta y unifica la literatura de América Latina. Tendencia al realismo lingüístico y a la mímesis de la oralidad”. Y al hilo de todo ello, un apunte menos relacionado con el mundo literario, aunque sí literario: “El amor tiende al pensamiento mágico, uno cree que el otro estaba destinado a ser visto y a ser seducido porque no había ninguna opción diferente”, escribe Piglia que piensa Renzi. 

Iñaki Uriarte

La vida de los autores que nos fascinaron

En definitiva, leer los diarios (cuando los han llevado) de los escritores cuyas obras nos deslumbraron es una forma también de curiosidad mitómana. Aunque no faltan diarios, como en el caso que citábamos de Léautaud, que son más interesantes que sus obras. O diarios, como los del crítico literario vasco Iñaki Uriarte, que son su principal obra, aparte de reseñas y traducciones, y que levantaron cuando su publicación gran entusiasmo crítico, tanto en este modesto Patio, como entre destacados autores, como Muñoz Molina, que veía en ellos la influencia de Proust, Montaigne y Pascal, entre los franceses y de Pío Baroja o Pla entre los españoles; o de Vila-Matas, que les emparentaba con los de Jules Renard.

Y también se puede dar el caso de que los diarios de un autor nos fascinen más que sus propios poemas o novelas, como le pasa a algunos lectores de los diarios de Rafael Chirbes: “Abril de 1984. Sensación de provisionalidad. Me siento en el borde de la silla en vez de tomar asiento de verdad, posando cómodamente las nalgas: Una nerviosa forma de ser”, leemos en su primera entrada.

Patricia Highsmith (F: © Sophie Bassouls)

Pero suele ser el caso al contrario: buscar los diarios de un autor del que ya hemos disfrutado muchas de sus obras. Por ejemplo, Patricia Highsmith, que empieza su diario el seis de enero de 1941: “Primer día de clase. Snyder: una obra de teatro de una mujer en la que yo hago de hombre. Helen era mi novia. Ha estado muy bien. Carta de Roger esta mañana. ¡Dice que me quiere! Un poco joven, ¿verdad? Reunión en casa de Elwyn esta noche. Solo estábamos 5 chicas. ¡Lograremos sacarlo adelante! Ahora soy secretaria financiera de A. S. U. ¡Ruego a Dios que no se entere nadie! Madre se muestra muy hostil. En concreto porque no soy lo bastante femenina”.

Podríamos seguir rescatando ejemplos pero la labor sería interminable. Son varios cientos los diarios de los que podríamos decir que son interesantes. Baste esta pequeña muestra para poner el Diario literario entre nuestras futuras lecturas. Vale la pena.

                                                                                                       E. Huilson

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