Renoir y el Amor en la National Gallery de Londres

El arte francés ocupa una vez más uno de los museos más importantes de Londres, la National Gallery, donde se exhiben cerca de medio centenar de obras de uno de los padres del impresionismo, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), en una excelente exposición que lleva por título Renoir and Love y que permanecerá abierta hasta el 31 de enero de 2027.
Si la Costa Azul es el leitmotiv de la exposición actual de la Royal Academy of Arts de Londres, en la National Gallery nos encontramos con las ganas de vivir, el amor, la amistad y las complejas relaciones humanas que Renoir supo plasmar como nadie. La exposición, comisariada por Chiara di Stefano y Christophen Riopelle, acoge obras del pintor francés de los años que van de 1860 a 1880, cuando se encontraba en su máximo esplendor.
La alegría de vivir
Los cuadros -algunos de ellos de enorme tamaño- que se presentan aquí tienen algo en común: muestran la vida cotidiana, la amistad y el amor, escenas idílicas, alegres y luminosas, a pesar de cruzarse por medio la guerra franco-prusiana de 1870-71. Son paisajes en los que el espectador siente la luz del sol sobre las hojas y parece captar ese instante que Renoir plasma como si fuera una fotografía.

Renoir, que vivió precariamente hasta los 50 años, pinta en su juventud utilizando como modelos a sus amigos cercanos: como los pintores Alfred Sisley, Frederic Bazille o Jules le Coeur, así como a la amiga de este, Lise Tréhot, que será su modelo en más una veintena de óleos; o Aline Charigot, que acabará siendo su esposa y posará para él en numerosas escenas familiares.
El placer de la sobremesa

Muchos de los cuadros se desarrollan, como en una película, cuando ha terminado la comida; quedan los restos sobre el mantel y nos parece que se desarrolla una entretenida sobremesa. Tal es el caso de Taberna de la madre Anthony que Renoir pintó con 25 años. En el lienzo, de dos metros de alto, aparecen sus amigos artistas Jules le Coeur, a punto de liarse un cigarrillo, o Alfred Sisley, sentado y con sombrero de paja, y su amigo Henri Bos. La comida ya terminada, la charla continúa mientras la hija del propietario retira tazas y platos. Delante, mirando al espectador, el perro Totó. Sobre la mesa, el periódico L’Événement, donde el escritor Émile Zola publicaba sus críticas de arte.

Otra escena de sobremesa y tranquilidad es Almuerzo en el restaurante Fournaise, un popular comedor al aire libre al que acudían los artistas en la época. Pintado en 1875, tres personajes en primer plano han acabado de almorzar y disfrutan de la tarde mientras contemplan a una mujer paseando en barca y unos remeros en el río Sena.
Lise Tréhot, seis años siendo su modelo

Al inicio de su carrera como pintor, Renoir conoció a Lise Tréhot, que entonces tenía 18 años y se convirtió en su modelo durante los siguientes seis años, hasta 1872. Lise era la hermana pequeña de la entonces amante de Jules le Coeur, amigo de Renoir. Casi una veintena de cuadros tienen a Lise como protagonista. Con sombrero, sentada en el campo, bajo un árbol, en el parque, cosiendo, sujetando un ramo de flores, en la toilette, en un columpio, en una barca, con un pajarito. Y en varios desnudos, como en Una ninfa junto al arroyo (1870).
Su obra maestra

Por primera se exhibe en el Reino Unido el Baile en el Moulin de la Galette (1876), procedente del Museo d’Orsay. Es, sin duda, su obra maestra, que Renoir pintó con 35 años. En ella aparecen un buen número de personas, muchas de ellas amigos del pintor. “Es una composición aparentemente sencilla, pero en realidad muy compleja, con múltiples puntos de vista, y que cobra vida a través de gestos y miradas”, explica Chiara di Stefano en el vídeo que presenta la muestra en la National Gallery.
Renoir capta la atmósfera feliz de un domingo por la tarde en un merendero popular del barrio de Montmartre. Es un lienzo enorme que, a diferencia de los grandes óleos que se destinaban a escenas mitológicas religiosas o acontecimientos históricos, Renoir lo centra en la vida cotidiana: dos mujeres charlan animadamente con un hombre de espaldas mientras otro un poco más a su derecha se fija en una de las jóvenes. Una niña habla en un banco con su madre; varias parejas bailan al fondo, una de ellas flirtea con su acompañante de baile…
Los bailes

“Renoir estaba absolutamente fascinado por el amor y le interesaba la forma en que una persona interactuaba con otra”, explica el comisario Riopelle. En la exposición se encuentran dos de sus tres pinturas de baile, casi de tamaño natural: ambas están realizadas en 1883, Baile en el campo (Museo d’Orsay) y Baile en Bougival (Museo de Bellas Artes de Boston). En las dos se ve a Aline Charigot, bailando con un amigo de Renoir, Paul Auguste Lothe, en una postura de enamorados.
Tal vez la más íntima es la del Baile en Bougival donde el hombre acerca su cara a la de ella, como si fuera a robarle un beso. “Nunca nadie antes que Renoir -comenta Di Stefano- había pintado una pareja anónima a esa gran escala; en el fondo, es una pintura sobre la atracción y el deseo”. Varios detalles acompañan a la obra: la mano sin guantes de él sujetando la cintura de Aline, algo extraordinariamente atrevido para la época, o detalles como la colilla y las cerillas apagadas en el suelo.
Las dos lados de Los paraguas
Si un paisaje veraniego, como Escena en río Sena, donde se contempla una barca de remos, un velero y un tren a vapor es un tema típicamente impresionista, donde Renoir utilizó la pintura directamente del tubo, en trazos rápidos y vibrantes, también es cierto que tras su viaje a Italia, en 1881, su estilo se vuelve más lineal y los contornos de las figuras más nítidos y definidos.

Hay varios ejemplos en la muestra londinense, pero es interesante su obra Los paraguas, que forma parte de la colección de la National Gallery, y que Renoir pintó en dos fases, entre 1881 y 1886. En el lienzo quedan reflejados dos estilos: la parte de la derecha son pinceladas rápidas y pequeñas, con luz parpadeante, típicamente impresionistas, mientras que la zona de la izquierda es un estilo diferente, mucho más atonal y controlado.
En cualquier caso, aquel joven Renoir nos dejó una obra llena de emociones y optimismo. “Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y hermoso, sí, hermoso. Ya hay demasiadas cosas desagradables en la vida como para que nos inventemos más”, se dice que dijo Renoir en una ocasión (véase Wikipedia). Desde luego, con su obra acertó de pleno.
Ana Amador
