‘La broma infinita’ de recomendar lecturas veraniegas

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Qué afán, en llegando el verano, de recomendar lecturas, visitas a museos, películas por ver y así pastorear al público para que combine toalla y cultura, chiringuito y “cultivo del alma”. Hablamos de los suplementos culturales, que a finales de junio, ya vendido todo el percal editorial, se llenan de recomendaciones de lectura en espera de la rentrée.
Babelia y Cultura/s, ejemplo de lo que decimos, ofrecen esta semana listas por temas y géneros, por lo que, si andan necesitados de guía, si no saben qué libro llevarse a la plage, los pueden consultar. Aunque, sin ánimo publicitario, si bucean en este modesto rincón de El Patio encontrarán muchos de esos títulos pues ya fuimos dando cuenta cada lunes de los más destacados.
Aun así, pondremos nuestro granito de arena, o más bien deberíamos decir nuestro bloque de granito. A modo de broma, claro, infinita o no, pues lo que sigue no es una recomendación: ¡ES UN RETO! Para plantearlo nos apoyamos en el suplemento Abril, que ha tenido la excelente idea de celebrar el trigésimo aniversario de la publicación de La broma infinita, la novela con la que David Foster Wallace pasó a la historia de la literatura norteamericana. “Una obra maestra y a la vez un monstruo”, dijo de esta novela en su día el New York Times. Una de las 100 mejores de toda la historia de la literatura norteamericana, según la revista Times.

Escribe en Abril Elena Hevia de la novela: “una de esas cumbres de la literatura contemporánea que, aunque descansa en los estantes de un millón de librerías –esas son las ventas estimadas–, no se corresponde con su lectura. Tan solo poco más de un 6% de lectores respecto a esa cifra –según anuncia la IA sin precisar la fuente– ha conseguido culminar el reto de acabarla”.
Por lo tanto, estaríamos ante otra novela, de las calificadas como “excesiva e inaccesible”, que añadir a esa lista que engrosan novelas-mito como el Ulises de James Joyce o El arco iris de la gravedad de Thomas Pynchon.

La broma infinita, además de influir en numerosos autores, creó una potente comunidad de fans, cuenta Hevia, “los fantod howlings (los neuróticos aulladores, expresión inventada por la madre de Wallace)”, consolidando un mito, que, como suele ocurrir, “aumenta su potencia trágicamente a partir de la soga con la que el escritor se ahorcó el 12 de septiembre de 2008, a los 46 años”. Toda su vida luchó, y se medicó, contra la depresión y ello ha contribuido a que se analice a sus personajes desde esa perspectiva: “Los personajes de Wallace son gente como él, mentes muy brillantes, pero angustiadas, capaces de dar vueltas infinitas a una misma preocupación o a un mismo tema, como si estuvieran en una prisión. Gente depresiva, reflexiva, cargada de miedos sin posibilidad de que el exterior pueda cambiar su cableado mental”, según el crítico Antonio Lozano, del que hablaremos más adelante.
Un retrato de los EE UU

No es una novela fácil de leer pero cuenta historias aunque no sea al modo tradicional de presentación, nudo y desenlace, sino que, como leemos en la reseña, el retrato coral que utiliza, “situado en unos Estados Unidos hipercapitalistas y distópicos regido por oscuras instancias totalitarias se dispara en todas las direcciones posibles”. Mediante distintas historias independientes que acaban relacionándose nos permite seguir los pasos de la “familia Incandenza, madre y tres hijos, que regenta Enfield, una academia de tenis que es también un centro de enseñanza de élite. Hal, el hijo menor y el personaje con más números para ser considerado el protagonista del entramado, es un estudiante brillante, aficionado a la marihuana, con un largo historial de adicciones.
Frente a Enfield se sitúa el otro escenario fundamental, la Ennet House, un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos dirigido por uno de los grandes personajes de la obra, John Gately, exdelincuente y exadicto a los opiáceos que es probablemente el carácter más humano del conjunto”. Otros personajes, como Mario, “el bondadoso hermano retrasado y deforme de Hal; Lyle, gurú que instruye a los chicos de la escuela tras lamerles el sudor del cuerpo; la misteriosa Madame Psicosis, una mujer que va siempre cubierta con un velo…”, componen el resto del coro de la novela. Pero además hay una búsqueda por parte de unos terroristas de “La broma infinita”, que es como se titula “la película grabada por el fallecido padre de Hal en un cartucho de entretenimiento, un formato parecido a una cinta de vídeo que puede contemplarse sin fin (un antecedente del scroll en las redes) y cuya visión es tan placentera como un estupefaciente que deja atrapado y sin voluntad de escapar a todo el que la vea y acaba provocando la muerte por inanición”.

Sobre esta “monumental novela de la postmodernidad”, como se la ha definido (entre otras muchas maneras) acaba de publicar un ensayo el crítico literario Antonio Lozano, ensayo que ha titulado El libro infinito, y en cuyo principio, en el capítulo 1, leemos: “Hoy en día, cuando la literatura ha perdido brillo y poder de seducción en el ámbito del entretenimiento, en tiempos de atención limitada, ritmo acelerado, cápsulas de contenido de fácil digestión y TikTok erigido en fuerza prescriptora, la idea de que una novela compleja, larguísima, anegada de notas y con la adicción como epítome del mal contemporáneo en su centro deviniera un fenómeno cultural y acabara penetrando en la esfera pop puede antojarse una extravagancia, una locura, un milagro o una leyenda urbana. Sin embargo, ocurrió”.
Un reto para letraheridos
Y ocurrió a pesar de sus 1.200 páginas, más de 100 dedicadas a sus casi 400 notas (una de ellas se extiende a lo largo de 11 páginas y en ocasiones presenta notas en el interior de esas notas), una nómina de personajes que supera el centenar, otras tantas líneas narrativas y una serie cambiante de estilos, desde el erudito y científico, hasta el satírico y grotesco, pasando por la ciencia ficción, la filosofía de Ludwig Wittgenstein, la política y las digresiones obsesivas que jamás dejan que el lector más acomodaticio se relaje (el resumen es de Elena Hevia).
Pues a pesar de todo ello, y frente a las ligeras recomendaciones veraniegas, nos atrevemos, desde este modesto rincón del Patio, a invitarles a que acepten el reto y se dispongan a leer la novela de Foster Wallace y sumarse a esos 70.000 lectores que ya lo hicieron, según la IA.
Aunque también pueden tomárselo sin más como una broma infinita por ser esta la última entrega del resumen particular de suplementos de la temporada antes de las vacaciones… y diagnosticar cierto cansancio en quien las firma.
Regresaremos en septiembre …
E. Huilson
(Nota al modo de La broma…: “Una de las lecturas primordiales de esta novela es considerarla una radiografía del capitalismo corporativo y salvaje que aboca a los ciudadanos al aislamiento y las adicciones mientras se les surte y controla a golpe de entretenimientos que los convierten en individuos infantilizados y fácilmente controlables. En este caso, DFW vio mucho más allá de su horizonte porque en los años previos a 1996, cuando fue publicada la obra, Trump era solo un risible magnate inmobiliario que organizaba concursos de belleza; internet no había dado el paso del ámbito académico al del fenómeno de masas, y las redes sociales todavía tardarían unos años en irrumpir con fuerza”. A. Lozano).
