Hurvin Anderson, entre el Reino Unido y el Caribe

La Tate Britain acoge hasta el 23 de agosto una exposición con las intensas, luminosas y evocadoras pinturas del artista británico Hurvin Anderson (Birmingham 1965), en una muestra que recorre 40 años de trayectoria artística.

El menor de ocho hermanos, Hurvin fue el primero en nacer en el Reino Unido después que su familia emigrara desde Jamaica en la década de los sesenta. La identidad es protagonista de su obra, que se mueve entre el Reino Unido y el Caribe.
Licenciado en Arte en el Wimbledon College of Arts y con estudios de postgrado en el Royal Colle of Arts, Anderson ha recibido numerosos premios, entre ellos el prestigioso Turner en 2017, y expuesto en un gran número de museos y galerías de Arte. Comenzó trabajando a partir de fotografías, con series de hogares caribeños en Inglaterra donde es fácil que aparezcan miembros de su familia. En la obra Bey aparece su hermana, de niña y de joven, sin rostro detallado para mantener su intimidad.
La piscina

La obra Audiencia, pintada en 1999, poco después de terminar su máster, representa un complejo municipal de natación contenido por muros de cristal y pilares de hormigón. Anderson utilizó un conjunto de fotografías tomadas por su hermano de la piscina Wyndley en Birmingham. Aquí el realismo y la abstracción, la superficie y la profundidad, llevan a observar la obra durante un buen tiempo.
Jugando al fútbol

Los campos donde jugaba con los amigos, una piscina pública, las barberías, son recuerdos y emociones que plasma en sus primeras obras. Por ejemplo, la serie Ball Watching comienza con una fotografía que Anderson hizo a sus amigos uno de los días en que jugaban al fútbol junto al lago en Handsworth Park, un parque de Birminghan. Esta serie abarca 13 años, de 1997 a 2010, y mezcla colores azules, turquesa, añade embarcaciones y crea una cierta ensoñación de esa época y aquella juventud.
Pintando un recuerdo

En El palacio de los banquetes, de 2026, Anderson explica: “Esta es la pintura de un recuerdo. Quería recordar un camino a casa desde el colegio en una tarde de invierno”. Al recordar que en ocasiones se cruzaba con personas, las recrea apareciendo como figuras perdidas, sin definición, lo que provoca una mirada melancólica.
Los elitistas clubs de campo

Un viaje para una residencia artística a Trinidad y Tobago en 2002 marcó un nuevo rumbo en su obra, que desbordan luz y color. Escenas tropicales, playas inmensas y una serie basada en la idea de pertenencia y exclusión que no dejan indiferente.
La serie de Clubs de Campo inciden en esa idea. En una de estas pinturas se puede contemplar una cancha de tenis a través de una rejilla. Ahí está, tan cerca, pero fuera de nuestro alcance. Lo ha titulado Malla del gallinero (Chiken Wire) y evoca un recinto vallado asociado al elitismo y privacidad de un club de campo. Así lo ha explicado la fotógrafa y académica británica Roshini Kempadoo: “Al no tener acceso a la cancha, vislumbramos un paisaje restringido, que muestra el dominio colonial sobre un entorno aparentemente tropical”.

Como explica la Tate Britain, son obras “donde el artista explora su compleja relación con el Caribe, su historia colonial y cómo sus paisajes han sido representados en el pasado: Escenas tropicales armoniosas, seductoras de cara al turismo, pero que borraban la violenta realidad de una economía que se basó en la exclavitud”.
¿Está bien ser negro?

Algunas de sus obras son abiertamente políticas, donde la identidad y la raza representan la experiencia de un colectivo, como la titulada ¿Está bien ser negro? A través de una imagen de una barbería, aparecen en la pared los rostros de los líderes de los dertechos civiles Malcom X y Martin Luther King que nos invitan a reflexionar sobre la posición desde la que contemplamos el mundo. Y aunque son obras llenas de luz y color, algo en ellas provocan soledad y misterio.

El dominio de la vegetación
En varias las salas de la Tate, las obras que predominan muestran una exhuberante vegetación, que lo abarca todo. Anderson busca mostrarnos otro Caribe, lejos del que nos idealizan las postales. Naturaleza y vegetación gana terreno a los asentamientos humanos. Un terreno inexplorado alejado de la costa, edificios invadidos por la naturaleza. La resilencia de la tierra.

Son obras intensas y de gran fuerza. Ya sean paisajes o detalles de la naturaleza, como la obra Ashanti Blood (2021), que toma su nombre de un arbusto perenne (Mussaenda erythrophy), con flores color escarlata. Un título que, en palabras de la especialista en arte Gillian Forrester, “también recuerda a la rebelión de esclavos reprimida brutalmente en 1760 en Jamaica, conocida como la Revuelta de Tacky. Las flores escarlata serían un recordatorio de la sangre de los masacrados”.

Un artista, pues, que ha vivido entre dos mundos y que explora en sus pinturas la memoria, la migración y la pertenencia. Su “visión Black”, como él mismo dice.
Texto y fotos: Ana A.
