‘Despedidas’, el adiós literario de Julian Barnes

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
“Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo”, le cuenta al lector Julian Barnes hacia el final de Despedidas, su última novela. Barnes cumplió el pasado lunes 80 años y está siendo tratado de un cáncer de sangre lo que puede inducir a pensar que esta Despedidas es una novela triste. Nada más lejos de la realidad tratándose del irónico Barnes, pues como apunta Rodrigo Fresán en Abc Cultural, “hay pocas cosas más nutricias que el saberse en manos de Barnes, todo se narra con una gracia y una elegancia tan solo en aparente sencilla, pero sí muy ligera en el mejor sentido de la palabra. Con esa luminosa ‘ leggerezza’ que apenas oculta profundidad y sabiduría a prueba de toda cancerígena mala sangre (…) y destila la alegría de a quien se le ha dado la oportunidad, por derecho y justicia, de decidir cuándo decir adiós”.

También lo apunta en su reseña Mercedes Monmany en La Lectura: “Despedidas no es un testamento solemne, ni siquiera a pesar de la sombra de un cáncer `incurable pero tratable´(…) destila humor e ironía, y no le faltan anécdotas graciosas y réplicas tronchantes”. Y no faltan en este libro de 200 páginas las preocupaciones o constantes del autor: “la fragilidad de la memoria y la verdad narrativa, el envejecimiento y la conciencia de la finitud, el amor y el deseo, la pérdida y el duelo, la identidad y la máscara social, la erudición y la ligereza, las citas y el juego metaliterario”.
Pero además de todo esto, hay en la novela una historia dentro de la historia: un amor o desamor de dos personajes que no sabemos si son o no verdaderos. Se trata de Stephen y Jean, a quienes conoció en su juventud, en la década de los sesenta en Oxford. Tras años de no saber nada de ellos, los reconoce en 2020 y trata de reconciliarles y corregir y reescribir aquel amor. La cosa sale en principio bien pero enseguida mal; “y Barnes –escribe Fresán– queda atrapado entre fuego no del todo amigo. Y así sus ‘personajes’ en combate no dejan de criticarle los hábitos literarios de `esa cosa híbrida que haces… Creo que es un error. Tendrías que hacer lo uno o lo otro´. Y le advierten de que más le vale no ser guasón y de que `esto no es un escenario que tú te hayas inventado”. Por cierto, Barnes responde a la crítica de Jean sobre sus libros con firmeza: “No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé exactamente lo que me traigo entre manos cuando los escribo”.
Una generación brillante
Julian Barnes formó parte de la llamada generación Granta, un nombre derivado por aparecer en un número de 1983 de dicha revista literaria, en la que se destacaban a los mejores autores jóvenes, y en la que figuraban, entre otros, Salman Rushdie, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Julian Barnes o Martin Amis. Lo cuenta en su columna de esta semana el director de Cultura/s Sergio Vila-Sanjuan, y recuerda que, en España, “buena parte de ellos fueron publicados en los años siguientes por la editorial Anagrama, cuyo factótum Jorge Herralde, con infalible olfato para el marketing cultural y probadas aficiones futbolísticas, los bautizó como el dream team”. Vila-Sanjuan, que conoció a Barnes en una cena en Barcelona, precisamente “por cortesía” de Herralde, recuerda que fue la novela El loro de Flaubert la que le supuso el reconocimiento internacional.

El traductor al español de esa novela fue otro “conocido” (y empleado) de Herralde, Enrique Murillo, aunque la firmó como Antonio Mauri, usando su tercer nombre y el segundo apellido del padre, según cuenta en un artículo que firma en Abc Cultural con motivo de la publicación esta semana de Despedidas.
Cuenta en el artículo que ante “la complicada tarea de traducir Flaubert’s Parrot (El loro de Flaubert) al español”, le pidió a Herralde que le facilitara el contacto con Barnes. Cuando tuvo su teléfono, le llamo y le contestó “con un acento inglés perfectamente comprensible, como el de un locutor de la BBC. Ni sombra en su voz de los tonos universitarios, del acento cockney, o del especialísimo que emplean la aristocracia y sus principales ejemplares, los monarcas”.
De Barnes, dice Murillo que ha practicado, en sus mejores libros, “un tipo de novela-ensayo-llámelo-usted como-quiera en donde, sin los alardes de otros postmodernos como mi admirado Nabokov sino con naturalidad y sin darse importancia por este hecho, juega a combinar géneros y estilos como le viene en gana, como necesita su historia, la que quiere contar. El resultado es como él: ni un solo alarde, ni un solo intento de dejar boquiabierto al lector. Lo suyo es la brillantez de lo sencillo para hacer cosas realmente complejas”. Y también es un escritor divertido: “Barnes podía conseguir que un país entero se partiera de risa. Acabó siendo el mejor humorista de su tiempo. Y uno de los mejores narradores de su época. Pero jamás se dio importancia”.
En la páginas de El País de ayer domingo, en una entrevista realizada por Rafa de Miguel, habla de su último libro, de su vida actual, de su obra, y deja algunas reflexiones generales sobre la literatura. Recogemos una muy ilustrativa sobre cómo funciona la ficción literaria: “La literatura tiene una ventaja respecto a otras artes, que tienden a desarrollarse de un modo cronológico. Un movimiento artístico sucede al anterior, de modo muy progresivo. La ficción literaria no funciona así. Uno de mis momentos favoritos de la literatura ocurre en el segundo libro del Quijote. Está con Sancho Panza en una venta, y escucha cómo en otra mesa un grupo de gente está discutiendo el primer libro del Quijote. ¿Qué era eso? ¿Posmodernismo? ¿Autorreferencia? Todos esos términos que usan ahora los académicos… y había sido escrito en 1615. Cuando lo leí por primera vez me dije a mí mismo que no había nada nuevo. Por eso no pienso en los escritores del pasado como figuras que han quedado atrás. Imagino una mesa enorme alrededor de la cual estamos todos sentados, algunos en sillas más pequeñas que otras. En una especie de diálogo cruzado. Así se mantienen vivos, no solo el género literario, sino tu relación con escritores previos”.
Albión, regreso a la campiña inglesa
Barnes decía en una de estas entrevistas que primero se sentía inglés, luego europeo y, en último lugar, británico y lo justificaba porque para él, “británico tiene que ver con el Imperio, con la corona, esa visión distorsionada de nuestra historia. Ser inglés es menos arrogante, más tranquilo, más decente”.
Valgan estas palabras como introducción a los comentarios de otra novela inglesa (¿o británica?). Como en Howards End, de E.M. Forster, El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, y Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, la última novela de la autora británica Anna Hope se desarrolla en una gran casa noble del campo inglés.

“Pero su intención es plenamente moderna”, advierte en la reseña de la novela en El Cultural Lourdes Ventura, pues en la novela de Hope “se intuyen las diferencias sociales, y dentro de las clases altas, los matices: los aparentemente convencionales y los bohemios; los ecológicos puros y los New Age; los que se creen dueños ancestrales de la tierra y los que consideran a los propietarios usurpadores, enriquecidos mediante la opresión a otros”.
La historia de Albion se desarrolla durante cuatro días en el “recinto claustrofóbico, aunque parezca una paradoja”, de la mansión donde se reúne una familia para enterrar al patriarca, “Philip, un vividor que abandonó a su esposa por una galerista norteamericana”, y que regresó años más tarde enfermo de cáncer. Entre personajes está Grannie, la hija mayor, heredera de toda la propiedad, madre soltera de una adolescente; Isabel, profesora, vive con su marido e hijos lejos de la naturaleza, pero enganchada al recuerdo del guardés del lugar; y Milo, el hijo escapado del alcohol y el suicidio y tan golfo como el padre.
Escribe Ventura en su reseña que para contar la historia desde estas múltiples perspectivas Hope utiliza el estilo indirecto libre con muchísimo acierto y maestría para deslizarse desde la narración en tercera persona a los pensamientos y visiones de los personajes, lo que convierte el conjunto de la obra en un “entramado magnífico, que solo en algún momento se convierte en un drama colectivo que podía haber firmado Tennessee Williams, pero, en general, se mantiene una distancia británica de una colosal profundidad psicológica”.
Downton Abbey como reclamo turístico

En Abril, Inés Martín Rodrigo, que entrevista a Hope, comenta que como ardiente amante de Austen (“de ahí mi curiosidad”), leyó su novela con algo de “reticencia”, pero no la defraudó: “Con un título, Albión, tan ambicioso como arriesgado, sobre todo en el país natal de la autora, en sus páginas hay humor ácido pero no corrosivo, crítica inteligente y un oportuno acercamiento a esa historia que las naciones, en su afán identitario, prefieren ignorar, igual que las familias que las construyen”.
Hope afirma en la entrevista que “quería escribir algo muy local, conectado a la tierra que me rodeaba, en Sussex, en la campiña inglesa, una novela sobre un potencial futuro sin especificar cuál sería. Y así surgió Albión, un libro que concebí como las buenas novelas de Jane Austen, quería que se acercara a ese género”. Pero su intención iba más allá: deconstruir ese género, arraigado de tal modo que “uno de cada cuatro turistas que vienen a Reino Unido visita una casa de campo. Ahí está el éxito de Downton Abbey y de la propia Jane Austen, es parte de nuestra marca en Reino Unido. Quería cuestionar sobre qué está construido todo eso. Cuando empecé a escribirla, pensé: `Vaya, es una versión moderna´. Pero luego, si analizas el género y lees un libro como Mansfield Park, por ejemplo, se centra exactamente en lo mismo: el legado, la seguridad frente a la disrupción y la modernidad”.
Influyente García Márquez

En Culturas, Jorge Carrión firma un largo reportaje sobre el legado e influencia de la obra de García Márquez que “no ha dejado de bombear, tras su muerte en el 2014, una irradiación inagotable”. Una influencia que puede verse en “dos de los núcleos literarios actuales, de los que García Márquez fue un poderoso catalizador: el realismo mágico y la novela de no ficción”, convertidos en dos de los lenguajes predominantes en la literatura y otras artes del siglo XXI. Puede que la causa esté en lo que apunta Carrión, que “vivimos en una época de disolución de la idea de verdad. Los hechos y las evidencias científicas están en tensión constante con los bulos y las teorías de la conspiración”. A día de hoy, si bien los libros de investigación periodística, la biografía o el ensayo tienen muchos lectores, también los tienen los basados en fantasías medievales y la ciencia ficción. Y es lógico que en el marco actual, argumenta Carrión, “se fueran imponiendo en el mercado mainstream los géneros que se ubican en los puntos intermedios. Como el biopic, que ficcionaliza la biografía, o la novela histórica; como la novela y la serie policial, a menudo inspirada en crímenes reales; como la autoficción, elaboración literaria de la misma materia que consumimos, filtrada, en las redes sociales. O como el realismo mágico”. Anatomía de un instante, de Cercas, es un buen ejemplo de periodismo narrativo, “crónicas que ensayan: literatura”.

El realismo mágico de García Márquez de Cien años de soledad se convirtió en una “caja de herramientas muy atractiva para escritores de todo el mundo. Algunos de los grandes autores contemporáneos habían llegado a soluciones parecidas para contar sus propias realidades: la Alemania de Günter Grass, el México de Elena Garro, la Galicia de Gonzalo Torrente Ballester”. Un camino que nos ha traído hasta La península de las casas vacías, de David Uclés, “una novela que ocupó un nicho de mercado que extrañamente todavía existía en 2024: hasta entonces no había un representante del realismo mágico realmente significativo en la España del cambio de siglo y tal vez era la única técnica en la que todavía no había sido contada la Guerra Civil”, escribe Carrión.
Escritores a los que, en la imagen que más arriba citábamos, vemos, como Barnes lo hace, sentados alrededor de una mesa enorme “algunos en sillas más pequeñas que otras. En una especie de diálogo cruzado. Así se mantienen vivos, no solo el género literario, sino tu relación con escritores previos”.
E. Huilson

David Uclés merece en este momento un comentario aparte por abandonar -que no perder- en Sevilla su silla. Al mismo tiempo la irascible reacción de Pérez Reverte contra Uclés poco después de comentar que le parecía graciosillo, también se ha ganado un comentario propio sobre el poder chulesco de un superventas.