Richard Ford reflexiona sobre la novela ‘en palabras sencillas’

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Bajo ese título, En palabras sencillas, el escritor norteamericano Richard Ford reflexiona sobre “el papel que la novela puede y debe desempeñar hoy, en un mundo donde la política tiende a ser cada vez más deshonesta, lo que obliga a la literatura a ser una forma de verdad y de compromiso permanente y reconociendo a su vez que lo político y lo privado, lo público y lo íntimo no son esferas separadas sino que se entrelazan en lo cotidiano”. El entrecomillado recoge palabras del reseñista de Abril Francisco Millet Alcoba, que firma la crítica del libro de Ford.

Hace ya un par de números, en Abc Cultural, Rodrigo Fresán empezaba la suya recordando que el epígrafe elegido por Ford para su libro: “Las intenciones de este pequeño gran libro de Richard Ford ya quedan claras desde el epígrafe –cortesía de Stendhal— que lo abre para ya no cerrarlo: ‘La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención’. Y a este enunciado-disparo de largada se añade la intriga compleja (por momentos casi acomplejada) a investigar por el autor”.
En el libro cuenta Ford que cuando era un aspirante a escritor no creía interesante observar la vida política, tan pérfida y engañosa, ni que esta fuera una experiencia que pudiera utilizar en una novela. Y para ilustrar su tesis de que una novela política debe mostrar cómo la historia afecta al destino de los individuos recurre al relato de Frank O’Connor Huéspedes de la nación, donde dos milicianos irlandeses capturan a dos soldados británicos y el cautiverio les sirve para trabar amistad, pero finalmente los milicianos irlandeses reciben la orden de fusilar a los británicos y, con gran tristeza, cumplen la orden y los fusilan. O’connor conecta la trágica historia con el destino de los individuos, pero no lo entendía bien Ford, como tampoco cuando leía ¡Absalón, Absalón! donde Faulkner captaba el Misisipi de manera completa y exponía como el odio racial y la esclavitud corrompen al hombre. Ford, que conocía íntimamente todo eso porque vivía allí, no lo entendía, no entendía el significado político pues lo de Faulkner u O’Connor eran ficción, relatos, cosas inventadas, relata Millet Alcoba en su reseña.
Tardó pues en reconocer “que lo público y lo privado no son facetas separadas, sino partes de una misma experiencia vital, y que gracias a ello sus libros se volvieran más completos y ricos, más inteligentes”.
También lo señalaba así Fresán en su reseña: “Sí, Ford se ha convertido en el tipo de narrador que uno jamás habría sospechado que podría llegar a ser en sus comienzos”.
Todavía cuando llegó su primer éxito con la novela El periodista deportivo Ford se mantenía en su idea de que la vida pública no ejerce ninguna tiranía sobre la vida privada: “El protagonista no se interesa por las acciones públicas, solo es defensor de su vida privada. Era una novela cómica, viva sobre la vida privada de un personaje cuya dicha se acerca a la desdicha y sobre la perplejidad de la vida”.

En este repaso por su vida y obra nos relata todo el largo camino recorrido desde su Misisipi natal hasta lograr convertirse en uno de los grandes escritores estadounidenses. “Cuenta así lo poco prometedor que era decidirse a ser escritor en Misisipi de los años sesenta dominada por políticos cerriles e intolerantes y donde la cuestión racial aún era cuestión de estado. En Misisipi, a pocas calles de la suya, vivía la magistral Eudora Welty, y un poco más arriba William Faulkner. Se podía pensar entonces en que, a pesar del escenario corrupto y opresivo, aún existía un resquicio de atmósfera permisiva y estimulante en la que un joven narrador podía respirar”.
Tras ese paseo autobiográfico, llega la gran reflexión que le lleva a admitir que la vida privada comparte un carácter crucial y sustancial con la vida pública del Estado, como es la búsqueda del bien, por ejemplo: “Ello supone que la vida privada adquiere una dimensión más amplia, mientras la vida pública se hace más íntima. La novela es política en cuanto se asume la máxima de Aristóteles de que el hombre es un animal político y que la vida pública es una extensión de la privada”, leemos en la reseña del libro en Abril.
Y concluía Fresán en la suya asegurando que Entre palabras sencillas funciona como versión expandida de una de esas canonizadoras entrevistas de The Paris Review que, se sabe, son una suerte de subgénero de la ficción: una manera de hacer creer que se tiene el misterio más o menos claro. Ford, al principio, “confiesa algo que sí suena a verdad incontestable: ‘Aunque a veces no se reconozca, una razón importante que subyace a la hora de escribir otro libro es conseguir que el nuevo sea mejor que el anterior’. Lo que significa que En palabras sencillas es mejor que su ensayo anterior y, seguro, es y será peor que el próximo”.
Colette, el mito de la literatura francesa

Se llamaba Sidonie-Gabrielle y por su apellido, Colette, pasó a la historia de la literatura. Novelista por encima de todo, ejerció el periodismo, fue guionista y libretista, y la única mujer de esa generación de grandes clásicos modernos franceses, como fueron Claudel, Gide, Proust y Valéry. Todos ellos, y también Colette, nacieron en los cinco años comprendidos entre 1868 y 1873, y marcaron la primera mitad del siglo XX. Según el historiador de la literatura francesa Antoine Compagnon, Colette “la única mujer del grupo, fue a la vez la más insolente y popular”.

Compagnon, experto en Proust, ha escrito un “lúcido y magnífico estudio que es una guía” tras los pasos de la escritora, repaso a una vida despiezada en etapas vitales muy concretas, según resume en la reseña del ensayo para El Cultural Lourdes Ventura.
Dice Compagnon que “un gran escritor también es el que crea mitos, el que renueva nuestra mitología” y Colette creó por lo menos tres mitos: “primero Claudine, la traviesa protagonista de sus cuatro primeras novelas, firmadas por Willy; su madre Sido, que se convirtió en su protagonista tras fallecer en 1912, y Gigi, que Leslie Caron inmortalizó en la película homónima de Vincente Minnelli en 1958. Tres mitos es muchísimo para un solo escritor. Y a ello hay que añadir una cuarta creación fabulosa, la propia Colette, gran escritora nacional y monstruo sagrado”.
Quien no conozca el engaño que padeció al inicio de su carrera literaria, se sorprenderá con el capítulo que Compagnon titula “Ese cerdo de Willy”, en el que se cuenta su relación “con un hombre promiscuo quince años mayor que ella, que la engañaba con otras jovencitas y se aprovechaba de su talento firmando sus novelas. Colette se casó en 1893 con él, Henry Gauthier-Villars, Willy, un dandi célebre de París y crítico musical que dirigía un taller de novelas ligeras escritas por un ejército de ‘negros”. Las novelas que escribía Colette, la saga de Claudine, eran las que más éxito obtuvieron.

Pero llegó la ruptura de la pareja al descubrir Colette que Willy, “jugador empedernido, había vendido a sus editores los derechos de las novelas de Claudine en 1907”.
Además de un largo capítulo dedicado a la relación de Colette con Proust, Antoine Compagnon recompone, como en un rompecabezas, la vida de la mujer de carne y espíritu, que en sus últimos años se convirtió en “la mujer más provocadora de París, la escritora de los excesos de todo orden (…) Era admirada por las nuevas generaciones de escritores. Según Cocteau, escándalo tras escándalo, y, de un vuelco, pasó a la categoría de ídolo”. Un cambio que, según explica Compagnon, fue de manera paulatina: “La domesticación había empezado hacía tiempo. La imagen de Colette había cambiado alrededor de la Primera Guerra Mundial. La autora de las Claudine, la rebelde, la bailarina del pecho desnudo, la teatrera divorciada de Willy y amante de Missy, se había convertido en madame Colette”. Y a partir de ahí, respetada y admirada como “grande” de la literatura francesa.
Castilla como escenario
Publica esta semana Babelia un curioso e interesante reportaje sobre Castilla como escenario de una nueva narrativa que explora ese territorio para situar historias que pueden enmarcarse en lo que se ha venido en llamar “realismo sucio”, la fantasía o el terror, una alternativa a lo que la autora del reportaje, Silvia Hernando, denomina “la tentación de lo bucólico de cierta literatura neorrural”. Para documentarlo ha elegido algunos libros, como la novela Epifanía, de Israel Merino, Perros de caza, de Borja Navarro, el ensayo La fiesta del fin del mundo, de Natalia Castro Picón, o la novela gráfica Meseta, de Luis de Bustos, además de relatos contenidos en Agrohorror. Cuentos de lo insólito rural, de David Roas y Ana Martínez Castillo, y Territorios, de David Roas.
Dice de Castilla, “ese espacio hecho de dos comunidades autónomas cosidas a base de injertos y amputaciones históricas”, que podría verse hoy “como una especie de monstruo de varias cabezas. Un Frankenstein geopolítico”.

Esa Castilla, que “se asimiló a la noción de España” en otro tiempo, es hoy, para uno de los escritores citados, Israel Merino, una vasta región, dice con cierto humor, “en la que no hay ni un puto árbol. No hay agua, es una zona dura y muy grande. Y eso marca mucho el carácter”. Una tierra definida por la austeridad que también condiciona a sus habitantes: “El castellano es una persona a la que la sociedad le gusta poco. Es una persona rara”.
Otros escritores actuales –cuenta Hernando– se han aventurado a explorar el presente de esta periferia de interior, “pletórica de belleza y todo lo contrario, fascinante y extraña, que ya cartografiaron en su momento los escritores de la generación del 98 y, después, autores desde Miguel Delibes hasta Camilo José Cela y Gustavo Martín Garzo”.
En Epifanía, la segunda novela de Merino, hay algo de ajuste de cuentas con los motes (el arrastra el de su abuelo), “los traumas, la idea de pertenencia. Los rencores que nunca, jamás, se disipan, (…) Sucede en uno de esos pueblos que desbordan el nombre, lugares intermedios, suspendidos en un limbo demográfico donde al final no se puede rascar demasiado, ni lo pintoresco de las aldeas ni lo estimulante de las ciudades”. La trama se ensambla mediante cinco historias conectadas por la tragedia de un accidente de coche, que da lugar a “un thriller grotesco y sangriento, testosterónico y lisérgico. Suspense castizo que se despliega sobre el reverso mugriento de una Castilla donde no se avistan fortalezas sino esqueletos de edificios a medio levantar, unas afueras de las afueras a base de amalgamas de calles desharrapadas cuyos cascos viejos —que no antiguos— tienen como templo más concurrido un bar con hules y olor a rancio”.
Exorcismo en Almansa

El escritor valenciano Borja Navarro escoge el pueblo albaceteño de Almansa, “en la frontera de un espacio de por sí liminar, una suerte de puente entre el desierto y el mar”, como escenario de su novela Perros de caza, una historia en la que se recrea un suceso real y espeluznante, el famoso exorcismo de Almansa que copó titulares y noticieros de los años noventa. Un hecho que el autor aprovecha como coartada “para hacer una disección de un pueblo concreto desde una perspectiva un tanto tenebrosa, con cierta desazón”. Tiene de protagonista a una joven que regresa a Almansa después de una decepción amorosa y profesional, enferma de tristeza y pasando sus días “entre una normalidad hedionda y la aséptica habitación de un hotel en el metaverso. Su terapeuta —que acabará reemplazando por una médium, remedio más de la tierra— la invitará a ordenar sus pensamientos sobre el papel”. Y a partir de ahí, se lleva a cabo “una sensacional serie de descripciones de los lugareños en sus tres edades, niños, adultos y ancianos, equiparables a las proyecciones de pasado, presente y futuro y a los tres tonos que componen el libro, fabulístico, confesional y torrencial, todas flechas que acabarán convergiendo”.

En el ensayo La fiesta del fin del mundo la académica Natalia Castro Picón “emparenta el imaginario castellano con el lejano Oeste estadounidense. Con sus pioneros, sus héroes y la lucha de contrarios entre el bien y el mal, encarnada en los protagonistas de la novela de Jesús Carrasco Intemperie, un libro que según Castro Picón “nos transporta a la España rural (…) que evoca los antiguos valores de un mundo campesino, pero presentándolos desgarrados por una gran crisis climática. Es decir, nos ofrece la imagen rota de una forma de vida que, pese a sus miserias, permitía sostener comunidades sobre la base de los vínculos de reciprocidad y arraigo con el territorio”.
Agrohorror, un subgénero en alza

Y otro camino para huir de la tentación bucólica es el que toma en sus relatos David Roas en Territorios en los que, sobre la base del costumbrismo subversivo, se abre camino hacia lo fantástico y lo escalofriante. “Lo hacen desde los parámetros del agrohorror, un subgénero de nuevo cuño que surge, según explica el propio autor, de una tendencia que se respira en el ambiente; un interés por lo cotidiano rural”.
La autora del reportaje explica que en el agrohorror “hay deformación, que no caricatura. Frente a la idealización, aporta extrañeza. Se le parece, pero no es folk horror. No se manifiestan fuerzas arcanas ni dioses paganos, aunque sí, como reconoce Roas, se da una cierta persistencia del atavismo católico”. Y sí, visto así, Castilla puede dar miedo.
E. Huilson
