Frère Jacques

Jean Philippe Rameau, francés, oriundo de Dijon, ciudad en la que nació en 1683, tiene también su huequecito en la historia de la música de todos los tiempos, aunque ni usted ni yo hubiéramos oído hablar de él en nuestras vidas. Especializado en la ópera barroca francesa, comenzó su experiencia como compositor a los 50 años y en su catálogo sólo constan 31 obras, la mayoría olvidadas hoy. ¡Qué le vamos a hacer! No hay cama para tanta gente.

Rameau frecuentaba una institución que se llamaba La Sociedad de la Cava. Sus miembros de reunían una vez por semana en una conocida taberna de París. Allí se encontraban compositores, letristas, empresarios teatrales, actores y otros representantes de la vida operística francesa de la época. Se cantaba y, sobre todo, se bebía. Aquella algarabía era propicia para que los compositores y músicos presentaran cancioncillas, melodías simples con las que amenizar las veladas. Y Rameau llevó una noche una canción alegre y desenfadada que los parroquianos recibieron con alegría. Se podía cantar como simple melodía o como canon, a cuatro voces. ¿El título? No sabía muy bien cómo llamar a su composición: Martinillo, Fray Santiago, Campanero…Mejor digámoslo en francés para que todo el mundo lo entienda: Frère Jacques.
Pronto la canción, salida de una reunión trivial entre amigotes, entusiasmados por la música y por la bebida, se convirtió en todo un referente popular que ha llegado hasta nuestros días, convertida en una de las canciones infantiles más famosas en todo el mundo. Y no ha hecho falta ni siquiera traducir la letra. Se canta en francés en cualquier país del mundo, incluso por aquellos que no conocen una sola palabra del idioma galo.
Para justificar su popularidad y éxito, decir, por último, que la obra de Rameau aparece en un catálogo dedicado a musicólogos e intérpretes franceses, publicado en 1811. Para argumentar su inserción, el autor del catálogo dice que el autor trabajaba en la ópera de París. Lo de la Sociedad de la Cava lo omite, por desconocimiento o por vergüenza, vaya usted a saber.
Seguramente el lector de este rincón del Patio piense que el autor de este relato le está tomando el pelo y que muy poca imaginación y recursos le quedan para dedicar su colaboración semanal a esta canción infantil, sin trascendencia alguna y que no concierta el más mínimo interés. Si el relato acabara aquí, no le faltaría razón.

Gustav Malher tuvo, como casi todo el mundo, su annus horribilis. Fue el de 1888. Padre, madre y una hermana fallecieron en un breve lapso de tiempo. Su esposa tuvo que someterse a una delicada operación quirúrgica y su hermano Otto enfermó gravemente. No obstante, y a pesar de todos estos avatares, siguió componiendo una obra que había comenzado a escribir el año anterior: su primera Sinfonía, a la que llamaría Titán, en homenaje a la novela de Jean Paul Richter, autor romántico alemán, y que trataba de las andanzas heroicas de un mítico caballero germano. La obra estaba pensada para ser dividida en cuatro movimientos. El tercero sería una marcha fúnebre, homenaje a todos los familiares fallecidos durante el periodo de composición. Pero Gustav Malher Tenía que ser, eso sí, solemne, pero con mesura. Malher defendía la idea de que las experiencias de la infancia determinaban la nobleza y la madurez de los hombres. Y echó mano del Frère Jacques para iniciar su tercer movimiento, el fúnebre, de la Sinfonía número 1, Titán. Esa canción le transportaba a una época feliz, en la que la familia participaba de juegos y canciones. Homenaje y recuerdo a los que se habían ido, con la alegría de una época de esplendor familiar. La cancioncilla de Rimeau, convertida en todo un movimiento malheriano en modo sinfónico, una variación en tono menor. El movimiento comienza con un solo de contrabajo, al que se van incorporando, poco a poco, más instrumentos.
En 1889 la Primera Sinfonía fue estrenada en Budapest. Crítica y público no la recibieron con especial entusiasmo, lo que obligó al autor a revisar la obra en varias ocasiones. Quitó de aquí y de allá y añadió nuevas partituras. Pero el Frère Jacques no lo tocó. Por fin, en 1897 la obra quedó tal y como la conocemos hoy. Y hay que decir, como final, que es una de las sinfonías más reconocidas del autor alemán y la que más se interpreta en el repertorio de las orquestas sinfónicas. ¿Ven cómo Jean Philippe Rameau tiene su huequecillo en la historia de la música? Ay, incrédulos. Creíais que os la iba a meter doblada. Pues no.
Gabriel Sánchez
Bajo la batuta de Gustavo Dudamel, la Filarmónica de Los Ángeles interpreta en 2009 el tercer movimiento de la Sinfonía número 1, Titán, de Mahler:
