Semanario Cultural

‘Lo que podemos saber’: McEwan para tiempos preapocalípticos

En pleno debate (y temor) sobre los potenciales peligros de ataques masivos contra la humanidad desde una Inteligencia Artificial descontrolada (o controlada por humanos deshumanizados) mediante la creación de virus, superbombas u otras ingenierías para la extinción (la empresa Anthropic reveló esta semana que frenó hasta cinco intentos de creación de armas biológicas), la novela de Ian McEwan puede ser un bálsamo inteligente para no caer en la desesperación y disfrutar desde la buena literatura consuelos para el futuro. Ya decíamos la semana pasada que, en el comienzo de esta nueva temporada literaria, Lo que podemos saber era una de las apuestas más atractivas. Hay otras, qué duda cabe, quizás demasiadas, pero ese es tema para otro día, el del sector editorial, un mundo donde la oferta está muy por encima de la demanda.

Se adelantó, la pasada semana en el elogio de la novela de McEwan el crítico de Abc Cultural Rodrigo Fresán, calificándola de “la mejor novela del autor después de Expiación”. Esta semana sigue cosechando buenas críticas. En El Cultural, Alberto Gordo reseña la novela y coincide en citar Expiación, pues entiende que la que ahora se publica retoma un tema que ya abordó en aquella: “los efectos de la escritura sobre la realidad, la responsabilidad del escritor frente a las vidas convertidas en material narrativo que se transforma según sus propias reglas y convenciones”. 

Ian McEwan (Fondaziona CR Firenze)

Veamos el porqué. Lo que podemos saber, resume Gordo, transcurre en un mundo postapocalíptico después de que se produjera una gran inundación que engulle parte de la tierra, lo que lleva a millones de personas a emigrar desde África hasta Europa; por otro lado, gracias a “la internet nigeriana” –en la novela Nigeria irradia cultura y se ha convertido en un imperio económico–, gran parte de lo que hoy llamamos nuestra huella digital sigue disponible para los investigadores del futuro. Un investigador, uno de los dos narradores que tiene la novela (estamos en 2119), investiga sobre lo ocurrido la noche en que se leyó, en un encuentro de destacados poetas, un poema de un tal Blundy (poeta ficticio) e intenta localizar una copia del mismo. El investigador, que también ha impartido clases de “política y cultura de la Inundación”, es un experto en la “literatura que surgió del desorden”: una literatura que produjo “sus elegías más hermosas, una nostalgia espléndida, una furia elocuente”.

Pues bien, dice el reseñista que “habrá quien dude de que la literatura pueda tener semejante papel si ocurriera una catástrofe global, pero lo cierto es que la idea está sólidamente justificada en la novela, donde se habla de formas alternativas al realismo que resultaron más adecuadas para narrar las consecuencias de dicha hecatombe”.

Sí le pone un “pero” a la genialidad de McEwan en esta novela: “es mucho más convincente al trazar el perfil de nuestro tiempo que al imaginar un futuro posible para la humanidad. Mientras el distanciado dibujo de nuestro siglo es lúcido e inquietante (…) el retrato del futuro cae a veces en lo arbitrario, lo prolijo o incluso lo contradictorio; es también un retrato vivaz, pero se nota que no le ha interesado tanto”. O cuesta más imaginarlo, añadimos por nuestra parte.

Novela de escritores

De la novela de McEwan se publican esta semana dos reseñas más, las de Aloma Rodríguez en La Lectura y Daniel Gascón en Babelia. Por la primera sabemos que a la reseñista le ha parecido “divertida, profunda, pero nunca pesada”. E incide en la misma idea anterior: “El verdadero tema (…) no es el clima ni la relación de los seres humanos con su entorno, sino la distancia entre la obra, literaria, en este caso, y las vidas”. Y relaciona Rodríguez la novela de McEwan con Impostura, de Zadie Smith: “las dos son novelas sobre escritores y su vida cotidiana; las dos son, a su modo, novelas históricas”. 

Metaliteratura sería uno de sus ingredientes, según la reseña de Gascón en Babelia:Lo que podemos saber es un entretenimiento sofisticado, una mezcla irónica de melancolía y ligereza, de metaliteratura y thriller. Escrita con la habilidad y el pulso característicos de McEwan (…) Juega con la ficción posapocalíptica y un futuro que mira a nuestra época tras el cataclismo”. Y concluye afirmando que es una novela que puede leerse “como una especie de thriller epistemológico y cómico, que se permite paseos por el costumbrismo, lo distópico y la novela de aventuras: hay travesías peligrosas y tesoros enterrados en islas; manuscritos encontrados, citas y piruetas narrativas; infidelidades, cuidados, secretos y traiciones. Dejamos muchos rastros, demasiados, pero la realidad es inaprensible”. Tengámoslo en cuenta… Cuidemos nuestra huella digital por si la IA se desmadra.

La hija del cielo: opiniones encontradas

Rodrigo Cortés (F: Fotogramas)

Que una novela consiga tal consenso sobre su calidad, como es el caso de la de McEwan, no suele ser habitual, y como ejemplo contrario traemos aquí otra novedad de la que las opiniones no pueden ser más dispares: Hija del cielo, de Rodrigo Cortés. La semana pasada el editor, traductor y escritor Enrique Murillo, que ha adquirido notoriedad pública a raíz de la publicación de Personaje secundario, sus memorias en el mundo editorial, la ensalzaba: “Vaya por delante que este es un libro serio. Rodrigo Cortés no es un llena páginas ni un junta palabras de los que abundan por nuestros lares. Hija del cielo es una novela que el autor ha necesitado escribir de la misma manera que su protagonista, la ‘hija del cielo’ del título, necesita soltarlo todo, y esa perentoriedad de su voz parece un trasunto del impulso que llevó a Cortés a escribir este libro redondo, feroz a ratos, irónico a veces, humorístico también. Y grave. Hay en su nueva novela muchas cosas interesantes, pero sobre todo destaco una: la voz de su protagonista”. Una voz de la que decía Murillo le acompañará el resto de sus días “porque es una voz inolvidable”. Palabras con las que Murillo cerraba la reseña tras afirmar con rotundidad y “atrevimiento” que “Rodrigo Cortés nos ha regalado una novela extraordinaria”. 

Antes de entrar en otras valoraciones, aclaremos que la historia va de una chica de trece años que vive encerrada en alguna clase de institución de tipo carcelario-religioso. No queda clara la razón por la que está recluida, si por epiléptica, loca, endemoniada o simplemente porque es rara. Una dolencia a la que los médicos no encuentran explicación ni remedio. En el lugar donde está encerrada conviven sesenta y una monjas atareadas y llenas de propósito –según la sinopsis distribuida por la editorial–, además de tres curas indolentes con el enjuto y vertical padre Alén al frente y con la niña, acaso endemoniada, encerrada en una habitación sin ventanas. Y el Hombre Guapo dentro de ella. Y un enjambre de personajes extraviados para enturbiarlo todo. Pues en la historia conviven dos voces: la del narrador, precisa y tallada, y la de la propia niña, de lengua dislocada y silvestre, tumultuosa, capaz de contar el espanto con naturalidad casi cómica.

La voz discordante

Pues bien, tras leer a Murillo, buscamos esta semana nuevas críticas de la novela para confirmar o no la elogiosa valoración que hacía. Sólo en El Cultural la hemos visto reseñada, y lo es a cargo de Santos Sanz Villanueva, que muestra mucho menos entusiasmo por la novela, aunque sí destaca algunos rasgos positivos, como que “la invención predomina sobre la copia. Este rasgo capital de la novela sobresale en el argumento. La variopinta galería de personajes constituye un destacado y meritorio esfuerzo imaginativo de Rodrigo Cortés”. Pero dicho esto, abundan a juicio del crítico varios defectos: “Los personajes tienen trazos esquemáticos, sin atisbos de densidad psicológica, un tanto marionetas que dan lugar lo mismo a comportamientos iracundos que a episodios tiernos o a jugosas manifestaciones humorísticas”. O también: “El espacio, al igual que el tiempo, está marcado por la imprecisión: nada se sabe de Gabaón (el territorio de la novela), salvo su emplazamiento en el norte y cerca del mar, ni de la capital de la provincia, Eresma, ni de otros lugares cercanos”.

Pero Sanz Villanueva, tras señalar estas deficiencias retoma el elogio para destacar un acierto: “Cortés sí ha echado el resto en fijar dos narradores antagónicos. Uno habla en tercera persona y cuenta y glosa los sucesos. El otro, en primera, acoge la voz de la propia niña, para quien se dispone un peculiarísimo idiolecto (…) Alejado del realismo, Cortés se entrega con denuedo a la creatividad. De ahí resulta un relato de perfiles imprecisos donde conviven la invención pura, el dolor, el terror, el humor, el absurdo, lo incomprensible, la magia, algo la alquimia, lo visionario, la mística…”

Pero… cuando parecía que todo iba bien, rozando el visto bueno a la novela, Sanz Villanueva se revuelve y escribe: “Con estos materiales surge un puzle, una historia sin pies ni cabeza sin más motivo que el gusto que se ha dado el autor en desplegar sus dotes de fabulador y narrador. Deben reconocérsele robusta imaginación, buenas imágenes y ritmo verbal. Pero también incurre en concesiones efectistas y ganchos populares (el exorcismo recuerda mucho una famosa película) que acercan la novela a la literatura de consumo folletinesca”. 

(“¿En qué quedamos?” se preguntará el despistado lector de reseñas. “Habrá que leerla para saber quién tiene razón”, se puede responder después de rato pensando, un poco intimidado, mientras, algo mosca ya, sigue leyendo y observa que al final de la crítica el reseñista se lamenta además de que no está clara la posición moral del autor, pues se “echa en falta que la historia tenga un sentido: la Hija del cielo oculta qué piensa Rodrigo Cortés de lo que cuenta, si lo aplaude o lo condena, o si se queda en un trivial y entretenido divertimento”).

Javier Marías en el recuerdo

Coincidiendo con el cuarto aniversario de la muerte de Javier Marías se ha publicado un libro en el que se recogen artículos, prólogos y ensayos escritos entre 2001 y 2020 del escritor seguramente más recordado en este tiempo. El título es Aquí me paro y en él se pueden encontrar desde testimonios de su vida personal a reflexiones sobre el oficio de escribir; la política y las cuestiones sociales; el cine y las series; el fútbol; la lectura de sus autores predilectos y los homenajes a figuras del mundo cultural. El crítico José María Pozuelo Yvancos aprovecha la reseña que hace del libro en Abc Cultural para rendir un homenaje al autor de Negra espalda del tiempo. De lo variado y la profundidad de las reflexiones de Marías destaca el crítico un par de ellas que reproducimos y que dan una idea de la profundidad y vigencia del escritor madrileño: “De entre las diferentes glosas y reflexiones aquí contenidas me quedo con dos, a propósito de Cervantes y otro de sus maestros: John Ford. De este último reivindica en un ensayo lleno de inteligencia, junto a Centauros del desierto, la película Dos cabalgan juntos injustamente minusvalorada”. 

Javier Marías (F: Marta Jara / RAE)

Respecto a Cervantes y el Quijote, la reflexión de Marías “sobre la fuerza de la literatura y la narración para crear vida verdadera, más allá de la existencia real”, es una de las más hondas que ha leído. En ella escribe Marías que nos resulta increíble la obviedad de que Dulcinea no existió, como tampoco existió don Quijote; incluso éste se amolda a la versión inventada que diera Sancho. “Su existencia es resultado del prodigio de la ficción, capaz de dar vida y verdad con su sola narración a lo que nunca atravesó el mundo. La palabra literaria, el tiempo en que los vivos y los muertos dialogan, es mundo verdadero, es vida. La palabra de Javier Marías lo ha hecho inmortal, aunque sin él quererlo, ya haya sabido”, escribe el crítico de Abc.

Hacemos nuestras esas palabras, su inmortalidad, en recuerdo uno de los escritores más admirados en este modesto Patio.

                                                                                                       E. Huilson

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