Vila-Matas, Rivera Garza, Aira, ¿el Nobel escribe en español?

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El próximo jueves conoceremos el nombre del escritor o escritora que se sumará al palmarés del Premio Nobel de Literatura. Para este año las casas de apuestas (¡curiosa manera de conocer favoritos!) sitúan en el podio para alzarse con el galardón a la escritora china Can Xue, y, tras ella, al japonés Murakami. Y a poca distancia, en lo alto de las quinielas, hay dos candidaturas que pueden dar una alegría a la literatura escrita en español: el barcelonés Enrique Vila-Matas y la mexicana Cristina Rivera Garza. Muy por detrás, otro merecedor del premio para los vecinos del Patio, el argentino César Aira.

Sobre las posibilidades de tener un Nobel en español (hasta ahora lo han obtenido diez autores, el último fue Vargas Llosa, en 2010) firma una crónica en La Lectura Andrés Seoane, en la que cuenta que los escritores que aparecen como posibles candidatos suelen evitar hablar de ello, pues les produce cierta “sensación de absurdo cuando una obra de décadas acaba reducida durante unas semanas a una quiniela”. ¡Pero… mira! hay una excepción: “Vila-Matas (…) ha decidido hacer de ese absurdo una materia literaria más. Hace unos días, en Barcelona, recordaba que lleva años apareciendo en las listas y que, en realidad, a veces piensa que ya lo ha ganado. ‘Es una actitud’, dice”, y entonces empiezan sus historias vividas. Son tres. La primera: invitado por la alcaldesa de Estocolmo a visitar la ciudad lo interpretó como una señal y hasta lo celebró. No hubo nada. La segunda fue una llamada telefónica en la que pedían un número para ponerse en contacto con Enrique Vila-Matas y vino a decir que llamaran a ese mismo teléfono; y hasta hubo una tercera en la que comparó el galardón con un premio de lotería, añadiendo que “lo mejor es que no se supiera para que no le pidieran dinero”. Ese es Vila-Matas, el que le dice a Seoane que el Nobel “no hace falta ganarlo. Es decir, ya está. Puedes pensar que has ganado y ya está”.

De Rivera Garza apunta Seoane que la suya es una literatura que desconfía de las fronteras rígidas entre ficción y no ficción, a la vez que trabaja las ausencias que pueden ser reconstruidas con la memoria colectiva. A partir de esa idea compara estos dos modos de enfrentarse a la escritura: “Ahí se encuentra quizá la diferencia más fértil entre ambos escritores. Vila-Matas mira hacia los libros que le precedieron para continuar una conversación que nunca termina; Rivera Garza mira hacia aquello que los libros, los archivos y la forma de autoridad dejaron fuera para devolverlos a la conversación”.

Hay otros nombres que “durante años han orbitado alrededor del Nobel en español”, entre ellos, César Aira, que ha escrito más de un centenar de novelas breves que define como “cuentos de hadas dadaístas” o “juguetes literarios para adultos”. Una literatura que parece avanzar al ritmo de una imaginación que se niega a reconocer las fronteras entre lo posible y lo disparatado.
El jueves saldremos de dudas; ese será el día, repetimos, que se hará público el nombre del galardonado por parte del jurado entre un puñado de nombres propuestos por distintas entidades y expertos, y la criba posterior de un comité reducido que elevará sus propias consideraciones a dicho jurado.
Santiago Lorenzo, el escritor que se retiró a un pueblo

Lejos de las luces del Nobel, y aún más lejos de las de cualquier ciudad, aislado en un pueblo casi deshabitado (allí sólo viven nueve personas), el escritor Santiago Lorenzo ha abierto su casa a Abc Cultural para hablar de su nueva novela, Contenta. El periodista Bruno Pardo Porto, que avisa que no revelará en el reportaje que firma el nombre del pueblo, “por privacidad y porque tampoco hace falta: es uno de esos pueblos, simplemente, donde hay que querer vivir”, aclara que nada tiene que ver con Mardones, una localidad de tres mil habitantes horrorosamente fea donde sucede la novela de Lorenzo. El Ayuntamiento de Mardones, según se cuenta en la sinopsis del libro difundida por la editorial, contrata a Cecilia para que grabe un vídeo de promoción turística sobre el municipio. Nada más llegar, la mujer se encuentra con que el pueblo es horroroso de feo. No hay nada que se pueda sacar. Debe rellenar cuarenta y cinco minutos de reportaje. En el amor le va mejor. Se ha echado un novio que se llama Josito con el que se entiende muy bien. O sea que, pese a las dificultades, Cecilia está contenta.
Pardo Porto, para presentarnos a su autor, recuerda que trabajó en el cine antes de convertirse en escritor, que estudió imagen y guion y dirección escénica y creó una productora. Entre sus logros está el Goya que recibió por el corto Caracol, col, col, que produjo, o la dirección de la película Mamá es boba. Luego llegarían las novelas, tres hasta que consiguió el éxito con la cuarta, Los asquerosos, aquella historia “de un tipo que huye de Madrid por un crimen que no quiere pagar y acaba aislado y feliz, lejos de todo».
La nueva novela, Contenta, es una historia de perdedores, de gente que jamás tendrá la posibilidad de la victoria. La protagonista es una mujer miope y casi sorda que se dedica a la imagen y al sonido. ¿Qué puede salir mal?, se pregunta el entrevistador, a lo que Santiago Lorenzo asiente: “Va sobre eso: incluso la gente que menos pinta tiene de merecer la pena merece la pena. Es mi experiencia. Y es preferible ir con esta actitud y considerar a todo el mundo para bien, aunque sea solo de primeras. Es preferible fracasar y llevarte el chasco a renunciar a toda posibilidad de contacto. No sé, yo tengo afición al género humano. Lo que pasa es que lo interesante es cuando la afición al género humano queda frustrada”. Y recuerda que “en Los asquerosos se odiaba bastante, y aquí también, porque una novela necesita conflicto y, por tanto, necesita personas que odien a otras o que amen a otras. La literatura necesita que alguien se ponga a odiar a alguien. Si no metes odio en una novela te queda una bazofia”.

Lorenzo, al hilo de lo anterior, revela que leyó El Quijote hace tres años por primera vez, y se sorprendió de que “toda la segunda parte es un relato de crueldad hacia unos personajes que el autor ama. Les hacen putadas todo el tiempo y la gente se ríe de ellos, porque han leído la primera parte… Es una puta genialidad. Quiero pensar que me influyó (y se parte). Ya hay que ser cretino, pretender que vas a remedar a Cervantes…”
Una entrevista interesante en la que el escritor reflexiona sobre la idea de vivir en un pueblo prácticamente deshabitado, lo que lleva haciendo muchos años ya. Le pregunta Pardo Porto qué es lo más duro de vivir lejos de todo y de todos, y Lorenzo responde que “nada”, pero hace un interesante aviso a navegantes: “Lo duro sería no conocer tu perfil. Sería pretender vivir aquí sin conocerte. Me he encontrado muchos casos así, de gente que acaba marchándose porque ha visto una casa muy bonita en la revista Habitat y se cree que le va a gustar vivir en el campo. Y no le va a gustar, claro. Y se ve mucho al revés, gente que llegó a una gran ciudad y la ciudad se los comió. Y es por no haber hecho esa reflexión de dónde quieres vivir realmente… Para mí no hay nada duro en vivir aquí, pero es personal e intransferible. Hombre, me gustaría que hubiera pastelerías. Y tiendas de maquetas, pero estamos muy lejos de conseguirlo”. Lorenzo cuando no está escribiendo está leyendo… o construyendo maquetas. Tiene entre manos una que compró en 2001, un barco del Misisipi, “como de Mark Twain”, que cree que no acabará nunca.
Tatiana Tibuleac da voz al desarraigo

Regresa la escritora moldava a las librerías con su nueva novela, Cuando seas feliz, golpea tu primero, después de la buena acogida que tuvo entre lectores y crítica su sorprendente novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Escribe Carolina Ontivero que la protagonista de la nueva novela “comparte con aquel memorable libro una voz protagonista de portentosa intensidad, capaz de moverse entre la violencia y la ternura, la sordidez y la belleza”.
En Cuando seas feliz… la narradora, Mila, cuenta su historia. Tiene cincuenta años. Nació en un país del Este, pero ahora sobrevive en París en casas ajenas entre trabajos precarios, atrapada en una soledad cada vez más espesa. Su vida, moldeada a golpes, la ha ido arrastrando hacia el alcohol y la humillación. En el centro de todo ha estado siempre su padre: tan tierno como irresponsable, tan luminoso como tóxico. Periodista bohemio y alcohólico, fue quien la enseñó a escribir, pero amó los libros más que a su hija y murió sin decirle lo que ella necesitaba, leemos en la sinopsis del libro.
En esa narración, escribe Ontivero, “se muestra implacable al hablar de los demás, pero aún más consigo misma. No edulcora su degradación ni los momentos en que ha traspasado la frágil línea que separa la miseria de la delincuencia, pero tampoco se percibe amargura en su mirada. Incluso en los instantes más oscuros deja espacio para un humor feroz, a menudo autoirónico, que introduce una inesperada ligereza en el drama”. Hay otro eje en la historia, un triángulo amoroso con una pareja a la que “conoce desde la infancia y permanecerá ligada durante toda su vida por un complejo vínculo, nacido de unas circunstancias familiares marcadas por distintas formas de carencia”.

A caballo entre el libro de duelo colectivo y la novela de formación, la novela es también un retrato de la sociedad moldava de los años noventa y de quienes, como tantos ciudadanos cultivados de Europa del Este, abandonaron sus países para mejorar su situación y terminaron en ciudades donde los inmigrantes dejan de ser lo que fueron para convertirse en lo que el entorno les permite, leemos en la reseña, que concluye elogiando el estilo y la potencia sentimental de los hechos que cuenta: “deslumbra por su lenguaje y por la emoción contenida que impulsa la narración hacia una pregunta: qué hacer cuando, después de haber sobrevivido a casi todo, aún hay que enfrentarse al miedo de ser feliz. Y, pese a todo, encontrar razones para seguir adelante”.
La autora es entrevistada también esta semana en La Lectura, en la que cuenta la relación con su propio padre, un hombre entregado a los ideales de su generación, a la identidad, a la lengua, a las luchas colectivas, pero no necesariamente a sí mismo y, desde luego, no a su familia. “Descubrí entonces” –explica Tibuleac– “que aquello que él consideraba una vida feliz tenía muy poco que ver con lo que yo entendía por felicidad”. Y añade un dato geopolítico: “En nuestra parte del mundo, la felicidad es algo que llega muy raramente y existe la sensación de que, si la tienes, tienes que ser feliz intensamente en ese segundo, porque desaparecerá por completo. Siempre tienes la sensación de que alguien necesariamente te va a robar esa felicidad. Esto es lo que nos pasó en Moldavia. Nos robaron nuestro dinero, nos robaron nuestro idioma, así que todo lo que nos hacía sentir seguros o felices hasta cierto punto nos fue robado”.
Fue el drama de su país, con la caída de la Unión Soviética la libertad llegó, pero acompañada de una pobreza brutal y de una criminalidad que golpeó especialmente a la gente corriente, según cuenta: “la gente sencilla fue la primera en ser robada, violada, en perder sus posesiones a manos de las mafias surgidas del derrumbe”. Y muchos emprendieron el camino de la emigración. En sus novelas, sus inmigrantes toman sus buenas o malas decisiones y la vida que llevan marcados por la sociedad en la que se instalan: “En cualquier parte del mundo los migrantes son lo que se les permite ser, no lo que ellos querrían ser”.
E. Huilson
