Ciudades

París (Paris Secret)

Cuenta el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas, (en la 136; tuvo a bien numerarlas), que nunca supo responder a la pregunta de si le gustó París, donde vivió casi veinte años. “No sé en realidad si me gusta París”, escribe Ribeyro, “como no sé si me gusta Lima (donde nació), lo único que sé es que tanto París como Lima están para mí más allá del gusto”. En contraposición, ciudades que solo ha visitado, no aclara si por turismo o trabajo, como Frankfurt o Toledo, sí le provocan una opinión: poco o nada le gustó la primera, mucho la segunda. Pero Lima y París están más allá del gusto, dice, porque son “conquistas de mi experiencia”. 

Julio Ramón Ribeyro, en París

El razonamiento me pareció luminoso pues veía reflejada en las palabras del peruano la sensación que desde hace años me acompaña cuando pienso en si me gusta o no Madrid, pues tampoco sabría qué responder, la siento también en lo que me atañe “más allá” de una posible valoración estética. Es ya mi ciudad, como lo es Ávila aunque lleve muchos años sin vivir en ella. El turista descubre en Ávila unas impresionantes murallas que para mí no son sino parte del paisaje cotidiano de mis recuerdos, como lo son algunos árboles, algunos rincones de juegos de niño, o el trazado de ciertas calles en los primeros enamoramientos. 

Esta prosa apátrida de Ribeyro nos invita a pensar sobre la relación que mantenemos con las ciudades que hemos habitado a lo largo de nuestra vida. Yo añadiría, ¿por qué no?, también con las que soñamos con pisar alguna vez después de leer historias que nos fascinaron y que en ellas transcurrían, pero no llegamos nunca a hacerlo, o no por mucho tiempo. Son también ciudades que se nos hacen reales y se convierten, a su manera, en “conquistas de la experiencia”. París, por ejemplo, o Londres, lo fueron para muchos de nosotros, los que en la juventud abandonamos la pequeña ciudad donde nacimos en busca de paraísos por descubrir, lugares idóneos para la aventura de vivir “otra vida”. Pero estaban lejos París y Londres, así que Madrid o Barcelona serían las sustitutas. Eran otros tiempos, mediados del pasado siglo, otra España. 

Ávila (A.A.)

Se soñaba con dejar la pequeña ciudad, la particular Vetusta, la ciudad provinciana que Baudelaire consideraba “…el terreno más apto para la tontería, el ambiente más estúpido, el que produce más elementos absurdos, el más abundante en imbéciles intolerantes…”. 

Kavafis

Y un día se consigue y se llega a Madrid o a Barcelona, el anhelo satisfecho del joven provinciano, la realización del sueño despierto de un adolescente. Y haces tuya la ciudad; se sitúa, como dice Ribeyro, dentro de uno, “como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la apreciación estética. Solo puedo decir que me pertenece”.

Aunque al final siempre regresas, física o a través de la memoria, a aquella ciudad pequeña que te empeñaste en dejar atrás y entonces comprendes mejor los versos de Kavafis que advertían a aquél que dijo: “(…) Iré a otra tierra, hacia otro mar,/ y una ciudad mejor con certeza hallaré”, que realmente no hay “otra tierra ni otro mar./La ciudad irá en ti siempre. Volverás/a las mismas calles./(…) Pues la ciudad es siempre la misma, otra no busques -no la hay-/ni camino ni barcos para ti…”. Lo que nos viene a decir que la ciudad la llevamos dentro, como el páncreas y el pulmón lleva Ribeyro, de un lado para otro, y solo sería un espejismo sentir que el aire que respiramos en un lugar u otro es distinto. En definitiva, que las “conquistas de la experiencia” se resumirían en una: la conquista de uno mismo.

                                                                                            ALFONSO SÁNCHEZ

Un comentario en «Ciudades»

  • el 22 de noviembre de 2021 a las 8:37 pm
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    Esa conquista de uno mismo que según algunos nunca se termina. Quizás eso nos impulsa a seguir conociendo nuevas ciudades, llevando siempre la de la infancia dentro, después la de la juventud, luego la de la madurez y la vejez. Con suerte, al final algo aprendemos.

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