‘Glifo’ y ‘El extravagante señor Dyer’: escritos sin IA

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Iniciamos esta nueva entrega de nuestros particulares resúmenes de suplementos culturales con algún desasosiego después de leer en El Cultural al editor y crítico Ignacio Echevarría preguntarse “en qué momento comenzaron a prosperar los malentendidos que vienen haciendo del periodismo cultural una facción más de la prensa rosa y de los departamentos de promoción de las editoriales”. La pregunta es consecuencia de la promoción de la última novela de la canadiense Rachel Cusk, que, según parece, y así se ha contado, “viene a ser un cruel retrato de la actriz estadounidense Natalie Portman”, una lectora empedernida ésta, por cierto, a la que entusiasmaban los libros de Cusk, y de la que también era amiga (no tanto, según The Times), una amistad que la novela, Life of M (La vida de M), vendría a liquidar de la forma más desagradable (la prensa inglesa ha descrito el libro como un “asesinato literario”).

Según cuenta Echevarría “la noticia de que la novela despellejaba viva a Natalie Portman fue, en toda la prensa española –y en la extranjera, por supuesto–, simultánea al lanzamiento. De lo que es fácil colegir que el chivatazo de la más que presunta identificación entre M y la Portman forma parte de una bien calculada campaña de promoción que ha conseguido que, ya antes de su publicación, todo el mundo hable del libro, y se alimente el morbo de leerlo”. Por todo ello, vaticina que “el libro se venderá como churros, y que, llegado el momento de su publicación en español, todo el periodismo cultural volverá a desplegar con renovada fruición su cada vez más acusada afición al amarillismo, al cotilleo”, más allá de la calidad o no que tenga la novela de Cusk. (Este truco editorial de atraer lectores mediante el morbo de relaciones personales rotas y noveladas por sus autores no es ajeno al panorama nacional: ¡hagan memoria!).
La IA y el caos editorial
Por otra parte, en un reportaje de Anna Silman para The Wall Street Journal, que se reproduce en el último número de La Lectura, se cuenta que el año pasado setenta autores, entre ellos Margaret Atwood y Jonathan Franzen, firmaron una carta abierta dirigida a las editoriales expresando su preocupación por la IA generativa y pidiéndoles “el compromiso de no publicar nunca libros creados por máquinas”. Una petición que no ha sido del todo atendida por las cinco grandes editoriales del mercado anglosajón, entre ellas la muy presente en el mercado español Penguin Random House, pues esa tecnología les puede procurar pingües beneficios, aunque a menudo “se ven obligadas a apagar incendios a toda prisa cuando estallan escándalos por el uso de la IA demasiado perjudiciales para su reputación como para ignorarlos”, leemos en el reportaje, y se dan varios ejemplos de polémicas desatadas por la sospecha de novelas escritas con IA. También se pronuncian algunos agentes literarios que han llegado a romper contratos por sospechar que a quienes representaban estaban utilizando esa tecnología. Angeline Rodríguez, agente de WME, afirma que cuando ve “algo que, sinceramente, está mal escrito”, le resulta “hasta un soplo de aire fresco”, pero sobre lo que le llega, de las propuestas que recibe actualmente, ironiza: “hacen que 50 sombras de Grey parezca una obra de Tolstói”.
Dos asuntos que nos hacen reflexionar a quienes nos ocupamos de estos resúmenes, pues se apoyan en la labor de críticos y periodistas culturales, y en la función prescriptiva que cumplen las editoriales con sus apuestas de libros, y nos provocan alguna incertidumbre por si fuéramos cómplices involuntarios de tales “delitos”.
Ironías aparte, sigamos confiando en nuestro olfato para detectar, después de años de observación, posibles fraudes, y en la profesionalidad demostrada de los críticos que solemos citar en este Patio, así como en la trayectoria de autores que no nos van a engañar.
Dicho esto, vayamos con algunos libros que nos llamaron la atención de los que hablan los suplementos de esta última semana.
Ali Smith regresa a las librerías con Glifo

Jordi Gracia firma la reseña de la última novela de Smith en Babelia, de la que dice que es “la que más le ha convencido” de todas las que ha leído de la autora, en la que observa “un talento y una intención literaria con mecha y carga explosiva (en) la engañosa mansedumbre, entre lacónica y elusiva” de sus novelas, que es “parte de su encanto, aunque pueda enfriar a lectores temperamentales”.
En la sinopsis del libro se da cuenta de que estamos ante una historia que tiene a dos hermanas como protagonistas envueltas en la existencia o no de un fantasma y donde, con un “enfoque divertido, cálido y lúcido sobre nuestra situación actual (…) sobre la función de nuestra imaginación y cómo, en una época rota, brutal y dividida, podemos reavivar el cuidado, la solidaridad, la resistencia y la apertura”.

Con idas a un pasado “de leyenda y las evidencias de la impiedad asesina que colman el día a día propicia una trama de asociaciones que establece el propio lector” escribe Gracia, y advierte de que no estamos ante “una novela histórica, o cuando menos el eje absoluto es el presente cuando hace revivir en la memoria o en el conocimiento el pasado atroz desde la I Guerra Mundial y su multitud de dramas hasta el presente aludido de forma esquiva o no directa pero perfectamente identificable, incluida la aberración sanguinaria de Gaza a manos del Gobierno de Netanyahu: un episodio de la actualidad evoca directamente la persecución británica a una agrupación de apoyo a Palestina”.
La crítica Aloma Rodríguez, en La Lectura, escribe de Glifo que es una novela exigente y disfrutona, no da nada masticado, está muy cerca de la vida real y es descaradamente política. “Sí, pero no es un panfleto”. Tiene dos temas principales: qué es una familia y para qué sirven las historias. “La familia casi siempre implica que alguien se queda fuera”, y a la vez se pregunta qué es una historia, a quien pertenece y qué hacemos con ellas. Un libro, apunta Rodríguez, “tierno y divertido”.
Fresán y El extravagante …

Rodrigo Fresán es un escritor, traductor y crítico argentino afincado en Barcelona desde 1999. Como escritor ha publicado relatos breves y novelas, entre ellas la muy apreciada trilogía La parte inventada, La parte soñada y La parte recordada, entre otras. Ha traducido y prologado a escritores como Denis Johnson, John Cheveer y Carson McCullers. De su olfato literario se cuenta que no pocos escritores de su entorno siguen sus consejos sobre lo último publicado en el espacio anglosajón. Como crítico a estas páginas lo hemos traído a menudo por sus reseñas en Abc Cultural, donde escribe semanalmente.
En su última entrega reseña la novela de David Gilbert El extravagante señor Dyer, publicada por Tusquets en el año… ¡2017! Desde luego de una novedad editorial no se trata, aunque sí hay una novedad: la película Sus hijos, del argentino Pablo Trapero, estrenada hace diez días en España, está basada en dicha novela.
Pues bien, cuenta Fresán en su reseña que leyó la novela en su idioma original, el inglés, allá por 2013, y se pasó “recomendando/rogando a todo editor con el que me cruzaba la traducción de la novela & Sons (su título en inglés) de David Gilbert sin conseguir que nadie apuntase su título o me llevase el apunte. Ahora, a partir del estreno de su adaptación cinematográfica como ‘Sus hijos’ (…) me entero de que la novela fue editada hace casi diez años por Tusquets. Y que –no es disculpa ni me excusa– tal vez escapó a mi radar porque el título escogido en español hiciese pensar más en un clásico ‘british”.

Y, en un encadenamiento de elogios del autor, Gilbert, muy en el estilo Fresán, defiende que “ya había escrito el mejor relato de Cheever jamás escrito por Cheever (‘Cool Moss’, en su debutante colección de relatos ‘Remote Feed’, de 1998) y la mejor novela de Heller jamás escrita por Heller (‘Los normales’, 2004)”, y concluye dicho encadenamiento afirmando que El extravagante señor Dyer es la mejor novela de Irving jamás escrita por Irving bajo la luminosa sombra protectora y esquiva de Salinger”, del que parafrasea su obra maestras afirmando que el libro de Gilbert podía haberse titulado “El guardián entre el cemento”.
Cuando se lanzó la novela, y a pesar del esfuerzo editorial, “no consiguió consagrarse más allá del fenómeno de culto”, escribe en la reseña. La novela –resumimos el resumen de Fresán– va de saga de familia disfuncionalmente funcional; de desaparecido patriarca autor de novela legendaria; de alta sociedad en los altos rascacielos de Manhattan, de amores cruzados y desamores tachados; de cartas extraviadas a recuperar; de graciosos y dramáticos juegos de palabras; del pormenorizado registro de una semana tan fatal como epifánica, de un par de funerales, y todo recontado por un narrador omnisciente que cruza al alucinado, el joven y tardío hijo del escritor misántropo, que nos revela y nos encandila haciéndonos comprender que, en verdad, también estuvimos leyendo algo mucho más cercano a Kurt Vonnegut o a Thomas Pynchon o a Stephen Millhauser.
Concluye Fresán su reseña invitándonos a buscar el libro: “Una obra maestra que ya no seguiré recomendando a más editores, pero –ahora y aquí, tanto tiempo después, muy a la Gilbert, búsquenlo y, por favor, encuéntrenlo– recomiendo a todos ustedes”.
El ensayo disfrutón como subgénero (Fresán contra Hemingway)

El editor y también crítico Andreu Jaume es a quien se le ocurrió que Fresán, con sus libros sobre los centenarios de El gran Gatsby y Fiesta, había inventado el “ensayo disfrutón”, que se trataría de un pequeño ensayo en el que “el escritor y crítico ejerce de lector apasionado o evangelista con ganas de convencerte de que lo dejes todo para coger el libro del que te está hablando y te armes con las anécdotas suficientes para llenar unas cuantas cervezas o silencios incómodos”. Lo cuenta el crítico Bruno Pardo Porto en una reseña para Abc Cultural del breve ensayo Sol y sombra y fiesta, de R. Fresán, en el que según el crítico despieza a Hemingway y su novela, y se observa que, y no lo esconde, le cae mejor Fitzgerald que Hemingway.
Sirva para ilustrar la afirmación de Pardo este entrecomillado del libro de Fresán: “La diferencia entre Fitzgerald & Faulkner y Hemingway –quien habló mal y escribió peor sobre sus dos ‘rivales’ en numerosas oportunidades– radica en que los dos primeros soñaban con escribir la Gran Novela Americana; mientras que Hemingway decidió que primero había que convertirse en el Gran Escritor Americano y, una vez logrado ese objetivo, lo de la Gran Novela Americana caería sola, por sí sola”.
… y poco más esta semana

Aclarado que no todos los críticos y periodistas culturales se apuntan al estilo prensa rosa (fresanes hay más y les seguiremos siendo fieles) no podemos irnos sin dejar constancia de que empiezan a publicarse las primera reseñas de los diarios de Sergio Pitol, de cuya primera entrega ya les hablamos la semana pasada. La que publica Babelia la firma Nadal Suau; en ella recuerda como descubrió al escritor mexicano, “gracias a una charla que mantuvo en Barcelona con Enrique Vila-Matas. Los habían convocado para hablar acerca del concepto de frontera y ellos se dedicaron a celebrar su amistad en una demostración de que la vida y la literatura pueden volverse indistinguibles porque las dos consisten, precisamente, en atravesar las fronteras mientras te ríes de tu propio estupor. Yo era muy joven y quedé boquiabierto”.
Vila-Matas, recuerda Suau, contó como Pitol había cerrado su discurso de aceptación del Premio Juan Rulfo dando las gracias “a todos por su ausencia”. Me pareció sensacional, tanto que desde entonces siempre he querido encontrar la ocasión de soltárselo a alguien, escribe. Y desde ese día entendió, afirma Suau, “que los grandes maestros de la literatura (en el caso de Pitol, Chéjov, Gombrowicz, Dostoievski, Rabelais, Faulkner, Borges…) existen para leerlos no con susto ni solemnidad, sino con espíritu festivo, y que el humor es un privilegio de quien sabe rescatar la infancia mediante la imaginación”. Buen consejo para terminar. Tengámoslo en cuenta… y hasta la semana que viene.
E. Huilson
