Recuperando la memoria de Marisol

El centro Botín recupera la figura de la escultora venezolana con una gran muestra
Su nombre artístico fue Marisol. Pero no se trata de Pepa Flores, aquella niña prodigio que permanece en el subconsciente de este país cantando Tómbola, tómbola. Hablamos de Marisol Escobar, escultora venezolana, conocida simplemente como Marisol, una artista inclasificable cercana al pop art y al surrealismo, amiga de Andy Warhol, en alguna de cuyas películas participó. En su época más conocida, años 60, se llegó a codear con Pablo Picasso y Marchel Duchamp en el MOMA de Nueva York.
Ahora tenemos la oportunidad de conocer una gran parte de su obra en profundidad gracias al Centro Botín que le dedica la primera retrospectiva centrada en sus dibujos, más de cien obras, y esculturas y que puede verse en Santander hasta el próximo 25 de octubre.
Misteriosa y magnética

Introvertida, misteriosa y magnética, Marisol (París 1930 – Nueva York 2016) fue una artista muy conocida en los años 50 y 60 con obras ligadas al movimiento pop art, con esculturas figurativas de tamaño natural, obras también en cierto modo surrealistas donde mezclaba madera, yeso y metal con objetos cotidianos como cigarrillos, zapatos, vasos de andar por casa o fotografías. Su propia imagen, especialmente su cara y sus manos, sirvió como modelo de sus esculturas.
Suicidio de la madre
De familia acomodada, pasó su infancia entre Francia, Venezuela y Los Ángeles. Un acontecimiento tremendo, el suicidio de su madre cuando ella tenía 11 años, modelaría su futura personalidad y motivo de su leyenda. Dicen que desde aquel suceso durante años dejó de hablar. Sea o no verdad, lo cierto es que, como ella misma llegó a decir en alguna de las escasas entrevistas que concedió, su mutismo se debía a que “preferiría no hablar y que fueran sus obras las que mantuvieran el diálogo”.

El dibujo -y más tarde la escultura- se convirtió en una práctica constante, recibiendo educación artística en centros de París y Nueva York. Su primera exposición individual, en la galería Leo Castelli de Manhattan, la dio a conocer en el mundo del arte. Su obra se empieza a difundir y la crítica acaba fijándose en ella, algo que no le gustó. Life la presenta como “la artista latina”. “Estoy muy enfadada porque me hicieron parecer ridícula y sin importancia”, se lamentaría al marchante Castelli.

¿Estrella del pop art?
En los años 60, después de viajar a Europa, regresa a Nueva York y continua con su obra escultórica. En esta época conoce e inicia una estrecha amistad con Andy Warhol, que la definiría en una entrevista al New York Times como “la primera artista con glamur”. Muchos la relacionaron, pues, con el pop art. Así, cuando falleció, The Guardian tituló su obituario “La estrella olvidada del pop art”. Pero los expertos no la encuadran solo en ese movimiento.
Marisol no encajó en ninguna categoría. Hoy se la reconoce como una artista feminista, adelantada a su tiempo, que exploró las estructuras familiares y sociales, con obras con profunda carga psicológica, donde mostraba su preocupación por la justicia social o los pueblos indígenas.
Punto y aparte

En esos años dorados, representó a Venezuela en la Bienal de Vernecia y expuso en museos de Nueva York y Sydney. Cuando se encontraba en el momento más reconocido de su carrera, a finales de la década de los sesenta, cuando no había cumplido los 30 años, desapareció del mundo del arte. Mejor, habría que decir, desapareció del mundo glamuroso y de la escena artística de Nueva York. Hoy diríamos que dejó la televisión y las redes sociales.
Coincidiendo con las protestas por la guerra de Vietnam y los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, inicia una serie de viajes por el sudeste asiático y Polinesia que influirán en su obra: colores más intensos, mayor dinamismo en las figuras, formas vegetales y orgánicas, el mar como espacio de trabajo con peces que atraviesan sus cuadros.
Exposición de Sevilla
Durante el resto de su vida, sin la visibilidad que le había ofrecido Nueva York, Marisol continuó trabajando en sus esculturas, participando en distintas exposiciones y colaborando en diseños escenográficos para compañías de danza contemporánea -algunos de esos dibujos se pueden ver también en el Centro Botín.
En la exposición Universal de Sevilla de 1992, en la que participó, fue la única artista que respondió a la invitación de una delegación nativo-americana que le propuso un intercambio simbólico: su obra por una bendición ceremonial del pueblo indígena. De ese encuentro en Sevilla, Marisol creó una serie de obras y retratos basados en fotografías históricas de los pueblos indígenas norteamericanos.

Últimos dibujos
Siluetas aisladas, rostros, palabras sueltas, Marisol no dejó de pintar –“no recuerdo un solo momento en que no haya dibujado”, se puede leer en la exposición– hasta casi el final. Un dibujo a lápiz de su cuidadora, realizado en 2006, da testigo de ello.
Hace diez años que murió en el Prebyterian Hospital de Nueva York, donde llevaba internada varios años aquejada de Alzheimer. Legó todas sus obras, entre ellas más de cien esculturas, su biblioteca y su apartamento al Buffalo AKG Art Museum. Tal vez la mejor definición de su personalidad la dio la propia Marisol en una entrevista que recogió la revista Artishock: “Siempre he tenido horror a lo convencional”, dijo y se preguntó: “¿Alguna vez te has sentido solo en una habitación llena de gente?
Texto y fotos: Ana Amador
