Solsticio

Cada año, en esta misma fecha, llega el solsticio de verano.
Luz suprema: hacemos planes para esto,
el día en que nos decimos
que el tiempo es en efecto muy largo, casi infinito.
Y en lo que leemos o escribimos, optamos
por lo celebratorio, por lo eufórico.
Hay en esos rituales algo aparte de asombro:
hay también una especie de enorgullecimiento,
como si el talento humano hubiera tenido parte en estos
preparativos
y encontráramos satisfactorio el resultado.
Lo que sigue a la luz es lo que la precede:
un momento de equilibrio, de oscura equivalencia.
Pero esta noche nos quedamos en el jardín, sentados en
las sillas de lona
hasta muy tarde, entrada ya la noche:
¿por qué mirar al futuro o al pasado?
Por qué vernos obligados a recordar:
lo llevamos en la sangre, este conocimiento.
La brevedad de los días; la oscuridad, el frío del invierno.
Lo llevamos en la sangre y en los huesos; en nuestra historia.
Hay que tener un don para olvidar estas cosas.
Louise Glück
Un verano para soñar
Ahora que ya estamos en junio, el mes de la llegada del verano, retomo un pensamiento que ya me asaltó hace algunos años: el verano queda ligado a nuestra memoria en la niñez como la estación feliz, sin frío, sin colegio, y largas tardes de luz, tan largas que cuando llegaba la noche, el cansancio nos hacía agradecer la impuesta vuelta a la casa paternal y nada nos obligaba a “mirar al futuro o al pasado”.
Transcurridos los años, pasado el tiempo, fuimos aprendiendo que junto a la luz infinita del verano llegaban los días oscuros que nos arrancaban del sueño de un tiempo infinito, y comprendimos que la oscuridad anunciando la finitud de la luz, está también en nuestra esencia pues La brevedad de los días; la oscuridad, el frío del invierno. Lo llevamos en la sangre y en los huesos; en nuestra historia.
En el poema alguien se sienta a contemplar el espectáculo de la naturaleza, que es también el de la nuestra propia, y nos anima a aceptarla: Hay que tener un don para olvidar estas cosas.
A. S.
