Semanario Cultural

‘Majareta’, un conserje en boca de todos

Juan Manuel Gil va consolidando su espacio en el olimpo literario, si es que existe ese lugar”. “Cada vez tienen más interés las variaciones novelísticas que viene ensayando Juan Manuel Gil”. “Juan Manuel Gil ha escrito la que me parece su mejor novela hasta la fecha”. Cada una de estas frases corresponde, e inicia, tres reseñas de la novela Majareta, del referido autor. Y las tres muestran interés por la composición de la trama, una “composición fragmentaria o en mosaico”, que el autor hace pivotar “sobre un enigma”, según explica el crítico de Babelia, Domingo Ródenas de Moya, lo que mantiene el interés del lector. Y añade: “Con esos mimbres técnicos suele poner de relieve el carácter escurridizo de la verdad factual (…) El método, que es el propio de una investigación (científica, periodística o policial), asegura, cuando se ejecuta con destreza, que el lector quede prendido de la telaraña”.

Juan Manuel Gil (Fuente: RTVE)

Este método, el modo en que se estructura la narración en Majareta, escribió en su reseña para el Abc Cultural de la semana pasada J. M. Pozuelo Yvancos, ya la utilizó en Manhattan Transfer John Dos Passos, y la popularizó con A sangre fría Truman Capote. Y de paso recordaba que en nuestras letras también se utilizó: primero Camilo J. Cela en La colmena, y después Ignacio Martínez de Pisón en su novela El día de mañana.

Majareta narra la historia del conserje de un colegio, al que llaman Leo, quien, tras treinta años de servicios prestados, y sin que se conozca el motivo, es obligado jubilarse de forma anticipada, a lo que él, cabreado con la decisión de sus superiores, responde con la descabellada idea de secuestrar a una veintena de alumnos. El suceso provocará todo tipo de comentarios entre los vecinos del barrio, toda una chismografía circulante con declaraciones sesgadas de casi todos, que vienen a configurar, como vidrios de distintos colores, lo que el autor ha llamado con sorna “una vidriera imponente”, escribe Ródenas de Moya, mediante la que poco a poco iremos conociendo al personaje, a Leo, al “majareta”: “Esta progresiva iluminación de su drama existencial por medio de una astuta polifonía —aunque haya que aceptar la licencia de que ciertos personajes se expresen con inverosímil elocuencia— es uno de los atractivos de la novela. El concepto desvirtuado que los otros se han hecho de Leo se desmonta poco a poco para dejar ver un hombre inteligente, taciturno y cultivado, que arrastra la herida profunda del suicidio de su madre y el conflicto irresuelto con su padre farmacéutico”.

Por su parte, concluye su crítica Pozuelo Yvancos señalando uno de los aciertos de la novela, la reproducción de un habla coloquial: “seguramente porque es andaluz o en todo caso por haber sabido poner el oído, entrega ricos registros coloquiales y sobre todo una idea: en una pequeña barriada se da todo, pues hay celos, secretos, envidias, mentiras, y tantas metamorfosis de unos y otros que solo tiene un autor que estar atento. Y saberlo contar. Así ha ocurrido”.

Reliquia: El silencio de un suicida

De un suicidio muy distinto, muy real y muy doloroso, parte la novela Reliquia de Pol Guasch, pues trata del suicidio de su padre, en enero de 2013, a los cuarenta y cuatro años, cuando el autor aún era un adolescente. 

Pol Guasch (Editorial Anagrama)

“La escurridiza y desesperante necesidad de entender el suicidio de su padre crepita en la primera línea del libro: `Habría agradecido una nota”, escribe Juan Tallón en un artículo que publica Abril sobre el tema de la novela, el suicidio.

La crítica del libro, en el mismo suplemento, la firmaba en un número anterior Anna María Iglesia, donde sostenía que, además de una carta elegiaca al padre que se quitó la vida, Reliquia es también “una exploración del lenguaje, es el interrogante en torno a la escritura como la única manera de acercarse a lo que se ha perdido y a esos rincones oscuros de la existencia que se definen por la falta, por lo que no está, por lo que no se ve”, y para reforzar la idea cita a Guasch: “Años más tarde, lo descubrí. ¿Y si te convierto en personaje? ¿Y si transmuto mi infierno en una escenografía excesiva? ¿Y si, de repente, tu suicidio se convierte en literatura? ¿Y si esa es la única manera de llegar a una verdad reluciente y secreta?”.

Pol Guasch es autor de dos novelas anteriores, Napalm en el corazón (de gran éxito internacional, traducida a diez idiomas) y En las manos, el paraíso quema, a las que cita en Reliquia cuando se pregunta “si los libros que he publicado hasta ahora han sido un desfile sutil para llegar hasta aquí, si todo lo que he escrito ha sido un intento de perfilar el contorno de quien has sido y de quien podrías haber sido”, dirigiéndose a su padre. 

Esas dos novelas anteriores, por lo que leemos en su reseña para Cultura/s, no le gustaron mucho a Masoliver Ródenas, mientras en Relíquia, ve al autor alcanzando la madurez: “es un libro muy diferente de los otros dos, mucho más equilibrado, más afinado, yo diría que, bajo la apariencia de ser más simple, está mejor escrito”. Y elogia la voz del autor, la que en obras anteriores le gustaba más que los argumentos o tramas: “Una voz que, cuando no busca que suene bonito, es adusta, seca, fríamente constatadora, sin que falte la emoción”. Y apunta a, que leídas ahora, Napalm en el corazón y En las manos, el paraíso quema “adquieren un sentido distinto. Quizás el drama de Reliquia ya estaba enunciado allí de forma más o menos implícita. Sea como sea, este nuevo libro es un paso adelante, una obra de madurez”.

Una novela de indagación, en definitiva, sobre una ausencia a descifrar: “Primero, pensé que eras un héroe. Después, que eras un cobarde. Más tarde, que en realidad eras un egoísta. Ahora pienso que solo eras mi padre”, escribe Guasch, resultado de su indagación.

Cortesanos, castizos y carnavaleros

Alejémonos del drama y demos paso a la comedia que nos ofrece el novelista madrileño Manuel Longares con su última obra, Cortesanos, una novela histórica en la que “ya el panorámico apartado inicial del libro consuma un expeditivo recorrido por la corte madrileña desde los Siglos de Oro hasta fechas cercanas a hoy. Pero somete a este subgénero a tan personalísima manipulación que no respeta ningún elemento habitual en él”, escribe en El Cultural el crítico Santos Sanz Villanueva.

Pero no se equivoque el lector, pues en estos tiempos en los que el rey emérito está en los libros (su propia biografía o el que acaba de publicar el historiador Charles Powell) Longares transita otros caminos muy diferentes, y “vano será buscar ingredientes informativos” en Cortesanos, “al contrario, encontramos una mirada de corte expresionista que convierte la presunta materia noticiosa en un ejercicio de pura y rotunda creatividad”.

Manuel Longares (Fundacion Juan March)

Leemos en la sinopsis del libro que la novela trata de las monarquías españolas de Austrias y Borbones, con sus cortes y cortesanos. Desde los siglos dorados del Imperio hispano hasta la centuria de contiendas civiles y asonadas militares que fue el XIX, pasando por el ilustrado Siglo de las Luces. Monarcas, casi todos los que en estas páginas se nos presentan, a los que inquietan menos la paz, la guerra o las geografías inéditas que los poderes de Dios. Y todo transcurre en ese Madrid que monarcas y cortesanos moldean a su gusto o eso creen, mientras otro Madrid arrabalero y lenguaraz, donde reina el pueblo soberano, intenta zafarse del abrazo del poder. 

Pero del relato histórico, señala Sanz Villanueva, nada más queda un diorama de ambientes y escenarios madrileños, a la vera de un río “con más ínfulas que sustancia”, donde convergen poder y pueblo, ambos sometidos a violentas estilizaciones y en mezcolanza contra natura. Así, “el poder se concreta en un monarca anónimo que estudia la influencia de la predestinación divina en las corridas de toros y a quien preocupa más la potestad de Dios que la paz o la guerra en su imperio”. En el otro lado del río, “el pueblo, una muchedumbre de chulapos, lavanderas, devotos y rufianes, arracimado en los mentideros, tiene aires zarzueleros”. Y todo ello visto desde otro prisma, “el del absurdo, el caos y el disparate. La comicidad suplanta la estampa descriptiva o analítica y Manuel Longares se entrega a lo carnavalesco”.

Como motivo principal para la desmitificación regia está la lujuria patológica de los monarcas. Así, Longares describe un rey que “anda de juergas sexuales por chozas y bosques, bajo la mirada de una vaca pesarosa por tanta `eyaculación baldía´. Mientras, un bufón ensarta a la soberana haciéndole `desbarrar pupila y lengua´y retorcer el esqueleto”. 

Y en este tono carnavalesco, también el pueblo participa del desmadre de la Corona. Se describe a paisanos abriendo la puerta de la carroza regia “para mostrar su adhesión y hallaban al rey y a los castrati solfeando en pelota, afilando la verga o lamiéndosela al vecino”. Una farsa, describe el crítico, en la que también se desmitifica el altar: “Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¿concitan fraternidad o una mano de hostias?”.

En cuanto al estilo, esta realidad esperpéntica se sostiene “sobre un espectacular juego verbal que retuerce la prosa comunicativa”. Abundan diálogos en pareados y se hallan asonancias y consonancias con efectos burlescos. 

En definitiva, un irreverente mundo el fabulado por Longares que guarda correspondencia con un guasón estilo antinaturalista: “El matrimonio entre imaginación y lengua literaria genera en Cortesanos un artefacto narrativo chocante e inclasificable, y de lectura no poco exigente”, concluye Sanz Villanueva.

Lamento

“Habría mucho que decir sobre cómo esa jibarización (del escaso tiempo que los medios dedican a la cultura), junto con la ansiedad contemporánea por estar al día y el intrusismo apresurado de quienes persiguen antes que nada su propio brillo, ha hecho desaparecer un sistema crítico confiable, da igual que hablemos de literatura, de pensamiento, de artes plásticas, de música o de arquitectura. No hay crítica, porque no hay espacios para ella, y las voces aisladas que intentan emularla seriamente desde el reseñismo a su modo también se ven impelidas a favorecer la opinión en detrimento del análisis”. (recogido del artículo titulado “Los días malos”, del que es autor Marcos Giralt Torrente, publicado en El Cultural.)

                                                                                                               E. Huilson

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