Llamazares viaja a la España vacía recordando a su padre

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Publica nueva novela Julio Llamazares, El viaje de mi padre, un largo periplo por lugares que su progenitor se vio obligado a recorrer durante la guerra civil buscando un mejor destino bélico, que no encontró, revisitados ahora por su hijo para mostrarnos “la doble estampa de la barbarie bélica y de la (actual) soledad rural”. Señala este doble mensaje en su reseña para El Cultural Santos Sanz Villanueva, recordando que “la literatura de viajes constituye una columna vertebral en la escritura (…) de Julio Llamazares”, pues buena parte de su obra “se inscribe en el género de los libros de andar y ver…”.

En El viaje de mi padre, el autor recorre el mismo itinerario que siguieron en 1937, con 18 años, su progenitor y un compañero radiotelegrafista, desde una aldea leonesa como “voluntarios del ejército sublevado para eludir el frente y destinados al Regimiento de Transmisiones”, a lo largo de 800 kilómetros. En la visión de la guerra civil española la novela se detiene especialmente en las batallas de Teruel y de Levante, de las más cruentas de la contienda, en cuyo relato el autor “alcanza alta expresividad, pero no se ocupa con menor dedicación de otros lugares hoy casi olvidados y que encarnan los esfuerzos materiales empleados (con minucia se anotan las fortificaciones y trincheras de las que todavía quedan huellas elocuentes) y la ferocidad de los combates. Además, en esta vertiente del viaje dedicada a la recreación bélica se hace hincapié en el salvajismo de la guerra, en línea con la llamada memoria histórica”, explica el crítico.
Pero la novela también nos ofrece, paralelamente, “el contraste entre el ayer recreado con poderosa imaginación y el presente observado atentamente por el viajero actual”, y en esa confrontación aprovecha Llamazares para acercarnos a un problemático asunto del presente, el de la España vacía. Así, recreando la peripecia paterna, expresa el autor su queja indignada por la dejadez a que han venido a parar tierras antaño fértiles y lugares pujantes, señalando en el recorrido actual como se repiten los “pueblos desérticos sin un alma en sus calles y sin niños en sus plazas, campos abandonados, actividad agrícola inexistente, bares vacíos, población envejecida, juventud que ha huido a la ciudad, predominio de trabajadores emigrantes…”, imágenes que nos hablan de la soledad humana en el medio rural. Hay una especial atención a “los ferrocarriles clausurados y las estaciones de tren, algunas notables piezas arquitectónicas, en ruina y sin viajeros. Quizás a nada como al tren se le saque tanto valor emblemático”, observa Sanz Villanueva.
En La Lectura, Juan Marqués abre su reseña sobre la novela declarando que Llamazares es el escritor que más le gusta de “los que no le gustan demasiado”, para, a continuación, comparar los libros de viajes de Llamazares con “la tortilla del café España: un placer seguro y sencillo, infalible por reconocible, perfecto en lo que tiene y en lo que no, con ingredientes de calidad y sin sofisticaciones”. Califica el libro de “muy notable”, y termina elogiando el talento de Llamazares, que “da lo mejor de sí no en la invención sino en la observación, no creando nada sino esperando a ver y escuchar lo que la vida nos ponga por delante”.
Curiosidades de pueblos y de padres

Precisamente, y hablando de esa España vacía que nos muestra El viaje del padre, La Lectura dedica su portada y un reportaje sobre lo que denomina “nuevas voces de la novela rural”, en el que hablan autores como Santos Martínez, Juarma (nombre con el que firma Juan Manuel López), Óscar García Sierra, Elisa Victoria y Ana Iris Simón, que, según el autor del reportaje, Pablo R. Roces, comparten el haber “crecido en un pueblo, en algún rincón de España, separados de los otros por varios cientos de kilómetros” y, sin embargo, con alguna característica común. Y, sobre todo, por los personajes que han creado, que “han salido de la mente –o directamente de la realidad– de alguien que ha nacido, crecido o habitado un pueblo. Ellos son los protagonistas, ficticios o no tanto, de una nueva novela rural1 que ha abandonado la mirada idílica de lo campestre para hacerla pasar por un filtro sórdido”. Y señala que los elogios a la tranquilidad y la vida contemplativa que otrora se hacían a los pueblos “han sucumbido al consumo voraz de alcohol y drogas y al sonido de los tubos de escape trucados. La agricultura ha dejado pasa al páramo posindustrial español, lugares que algún día conocieron la abundancia y hoy languidecen”. Todos ellos tienen una relación en cierto punto contradictoria con el pueblo donde crecieron: “yo no siento nostalgia ni tampoco resentimiento. Si cabreo e ira…”, dice uno de los autores, mientras otro señala cómo en su pueblo los antidepresivos son consumidos mayoritariamente después del cierre de unas minas, o jóvenes de otro pueblo que no han podido salir de él “se emborrachan y se drogan” al verse con “33 años con el cuerpo de un señor de 60”, y así… A excepción de Ana Iris Simón que tiene una visión rural distinta. En Feria, donde relata su vida, “está la tradición que es palabra divina, la infancia del pueblo como símbolo de absoluta libertad y la familia como pilar esencial de una vida”, escribe el autor del reportaje. Y añade la propia Ana Iris: “Trazar una realidad que sea la urbana o la rural es una falacia, yo creo que la experiencia de cada uno es lo que determina. Para mí, Antígola significó una infancia muy libre y muy de contacto. Al contrario de lo que podría parecer, yo creo que cuando eres niño ves el mundo con más complejidad en un pueblo que en una ciudad”.

Escribir sobre padres y madres
¿Se escriben ahora más novelas con padres o madres como referencia? Puede ser, no en vano la autobiografía y la autoficción están en auge. Pero “¿cuál es la visión de las escritoras sobre la figura de sus madres? ¿Cuál es la visión de los escritores sobre la figura de sus padres?”, se pregunta en El Cultural el que fuera su director hasta el año pasado, el periodista y escritor Manuel Hidalgo. La pregunta le surgió, según explica, tras leer dos libros de reciente publicación, “el muy notable y singular Cara de foto, de Marina Saura, en el que con cariño pero con ciertas reticencias y reproches aborda la figura de su madre, y el extraordinario El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov, una emocionante y amorosísima evocación de la figura de su padre”.

Obviamente, se defiende Hidalgo para no caer en generalizaciones, el tema ofrece una casuística muy variada pues “los escritores y las escritoras vienen escribiendo sobre sus padres y madres desde hace mucho tiempo, sea de una forma directa o, sobre todo antes, tomándolos como fuente de inspiración de sus personajes”.
Sí señala Hidalgo un dato sociológico a tener en cuenta: para la generación de los nacidos allá en la década de los 50 del pasado siglo “la madre ha quedado fijada como un sujeto amoroso, cómplice y comprensivo al que atenerse y en el que refugiarse, mientras que el padre cuajó en una figura entre ausente, autoritaria y sancionadora, tan respetada como intimidante en la infancia y juventud”. Estos datos (no cuantificados en estadísticas, advierte el articulista) “nos han hecho pensar que, llegada la edad adulta, las mujeres tienden a tener relaciones conflictivas o tirantes con su madre mientras que los varones experimentan un cese o una muy significativa atenuación de los enfrentamientos mantenidos con su padre en la adolescencia y primera madurez”. Si esto se refleja en los libros que las escritoras escriben sobre sus madres y los escritores sobre sus padres no se puede generalizar, pero sí defiende Hidalgo que “el libro de Marina Saura estaría relativamente cerca de esta generalización y el libro de Gospodínov es un encendido canto al padre”.
Si hablamos del perfil del padre terrible este quedó reflejado en Carta al padre, de Franz Kafka, pone como ejemplo. Y a continuación recuerda que ya Laura Freixas planteó en 1996 “la cuestión de las relaciones de las narradoras con sus madres –apuntando, aunque no únicamente, al lado conflictivo– cuando editó y prologó Madres e hijas. Y concluye el artículo citando, en el plano internacional, libros como Apegos feroces, de Vivian Gornick, o Una mujer, de Annie Ernaux, que “mantienen viva la idea de las diferencias entre las mujeres adultas y sus madres, mientras que en España novelas como las de Manuel Vilas o las obras de Marcos Giralt Torrente expresan y sopesan las distancias entre los varones adultos y sus padres”.
Si tu padre es John Cheever…
Sin apartarnos del tema de escribir sobre los padres nos detenemos en el artículo de Juan Tallón en Abril, en el que nos recuerda que “periódicamente, algunos hijos se sientan a escribir libros que tratan sobre la figura de sus padres, a su vez también escritores; las consecuencias se vuelven impredecibles”. Escribe esto a cuento de que la hija del gran cuentista norteamericano, John Cheever, Susan, “acaba de hacerlo por segunda vez con el suyo”. En When all the men wore hats, (“Cuando todos los hombres llevaban sombrero” sería la traducción) la hija de John Cheever se acerca a los cuentos de su padre con el ánimo de “esclarecer la intersección entre la vida y la obra de un autor cuyas historias surgieron de una cultura típicamente norteamericana y contribuyeron a agrandar a su vez esa cultura”. Cuenta Tallón cómo los recuerdos de la vida familiar florecen a medida que Susan se adentra en las ficciones paternas, con una hija muy parecida a ella y una familia como la suya que constituye el centro de su escritura.

Este nuevo libro llega casi 40 años después de que Susan publicara, dos años después de la muerte de John Cheever, otro en que definía a su padre como “una persona doblemente torturada. De una parte, por su homosexualidad, encerrada en el armario, y de otra, por su alcoholismo autodestructivo”. Años después de aquel libro –recuerda Tallón– la publicación de los diarios de Cheever en 1991 corroboró ambos extremos.
Susan llegó a entrevistar a su padre para la revista Newsweek a propósito de la publicación de su novela Falconer, la historia de un homosexual casado y heroinómano que ingresa en prisión después de matar a su hermano. En aquella entrevista, Susan preguntó a su padre si alguna vez se había enamorado de un hombre a lo que el padre “respondió artísticamente que podría suceder, ‘pero me lo pensaría dos veces antes de renunciar a la fortaleza y la alegría que he conocido en el mundo heterosexual’. Ella se tomó la respuesta como un no –explica Tallón en su artículo–, y continuó pensando en su padre como heterosexual hasta que comenzó a leer sus diarios tras su muerte, unos diarios “implacables consigo mismo” en los que cuenta “decenas de aventuras con hombres a menudo más jóvenes y por ingestas alcohólicas que al día siguiente lo sumían en feísimas resacas, desde las que sin embargo lograba seguir escribiendo. Con todo eso se encontró a su muerte su hija, que halló la forma cariñosa de revelar al mundo los infiernos secretos de su padre”.
De este nuevo libro de Susan Cheerver no tenemos noticia de que se vaya a traducir, así que animamos a las editoriales a que se atrevan a hacerlo. Por pedir…
E. Huilson
(1) Las novelas que se citan en el reportaje son las siguientes: Poética de la autodestrucción, de Juarma; Ropa tendida, de Óscar García Sierra; Ropasuelta, de Santos Martínez; Otaberra, de Elisa Victoria y Feria, de Ana Iris Simón.
