De vuelta del mar…, llega la ‘rentrée’ literaria

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Ya de vuelta de vacaciones, en los inicios de la rentrée literaria, y animados a seguir con nuestros particulares resúmenes de lo que nos ofrecen cada semana en el apartado de libros los suplementos culturares de la prensa escrita, principalmente las reseñas de libros de ficción, novelas y cuentos; también deteniéndonos en algunos ensayos, conscientes de que los géneros son cada vez más híbridos, les saludamos de nuevo, apreciados vecinos de este patio.
Como aún las novedades a la venta en librería son escasas, pues están programadas para los próximos días y semanas, aprovecharemos esta entrega para entretenernos con algunas reflexiones en torno al fenómeno literario y su actual reflejo en la sociedad.

Quienes nos leen saben que estos resúmenes descansan en el trabajo de los llamados “críticos literarios”, en las reseñas que publican en dichos suplementos, que esta semana, por cierto, llegan plagados de anuncios de inminentes novedades. Es de su trabajo, por tanto, el de los críticos, del que nos hacemos eco; un oficio, el de reseñista, que dicen anda en decadencia, por desgracia. No es asunto nuevo. Ya en 1960, uno de los grandes críticos de la cultura, George Steiner, en un artículo titulado Georg Lukács y su pacto con el diablo, del libro Lenguaje y silencio, escribía: “En el siglo XX no es fácil para un hombre honrado ser crítico literario. Hay cosas mucho más urgentes que merecen atención. La crítica es un anexo. Pues el arte del crítico consiste en llamar la atención de los lectores con respecto a las obras literarias; precisamente la atención de aquellos lectores que menos precisan de esta guía; ¿acaso lee un hombre crítica de poesía, o de teatro, o de ficción, cuando se trata de un hombre ilustrado de por sí?”.
Pues bien, sin ánimo de llevarle la contraria al maestro Steiner, no vemos incompatible ser buen lector, incluso un lector “letraherido”, y bucear en la crítica literaria, aunque sea sólo con “animo deportivo”, por corroborar alguna intuición o idea propia.
Una buena crítica nos hace mejores lectores

En nuestras páginas aparecen por tanto periodistas culturales que reseñan libros, críticos profesionales, muchos de ellos provenientes de la academia, y también escritores que ejercen a menudo como críticos. La de estos últimos suele ser una mirada distinta. Teorizan o critican desde su oficio, poetizando. Como ejemplo valga esta hermosa reflexión del novelista checo Milan Kundera sobre la esencia de la novela: “Cuando Dios abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su orden de valores, separado el bien del mal y dado un sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo. Éste, en ausencia del Juez supremo, se mostró de pronto con una dudosa ambigüedad; la única Verdad divina se descompuso en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron. De este modo nació el mundo de la Edad Moderna y con él la novela, su imagen y modelo”.
Es un asunto recurrente apelar a que hubo novelas, hoy consideradas míticas, que los críticos profesionales no “supieron leer” cuando se publicaron y tuvo que ser un escritor, como hizo Graham Green en el caso de Lolita, de Nabokov, quien la rescatara de pasar desapercibida. Así lo recordaba el escritor norteamericano James Salter en El arte de la ficción: “Lolita al principio fue malinterpretada, como es natural, y se salvó del previsible olvido o de acabar en el anaquel de los libros picantes, gracias a Graham Green, que la incluyó en su lista en el Times como uno de los tres mejores libro del año, y le concedió de ese modo respaldo literario. Nabokov era entonces un escritor poco conocido”.

En su reciente libro-crónica El periódico de la democracia, publicado con motivo de los 50 años del diario El País, señala Javier Cercas su propia experiencia sobre la importancia de la crítica elogiosa, en su caso de Vargas Llosa, en dicho periódico, a su novela Soldados de Salamina, contraponiéndola a ciertas “indiferencias” de la crítica profesional del momento: “la novela, que había sido mirada por encima del hombro por los primeros espadas de la crítica nacional –Rafael Conte, Miguel García-Posada, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Ignacio Echevarría–, había logrado abrirse camino por su cuenta entre algunos lectores y críticos (…) El espaldarazo de Vargas Llosa contribuyó a transformar aquella novela desamparada en un superventas (…) y atrajo sobre ella la atención de la crítica internacional: de George Steiner, de Susan Sontag, de J. M. Coetzee, de Doris Lessing, de Kenzaburo Oé”. (Nótese como Cercas aprovecha para ofrecernos la lista de destacados escritores que sí apreciaron su obra, aunque, a la vez, nos priva de los nombres de aquellos críticos, no esos primeros espadas que cita, de los “novilleros” podríamos llamarlos, que sí vieron, a la vez que algunos lectores, las cualidades literarias de Soldados de Salamina. Debería haberlo hecho, citarlos con nombre y apellidos, pues les habría enorgullecido a esos críticos caseros saber que habían estado a la altura de tan prestigio elenco de escritores foráneos).

De las críticas, los escritores se duelen cuando son negativas o no alcanzan sus expectativas; es tan humano que no debe sorprendernos, aunque algunos declaren con cierta humildad que algunas de esas críticas les son muy útiles. Otros no sólo no lo aceptan, sino que contestan públicamente al crítico señalándole con nombre y apellidos. Tenemos el ejemplo de un escritor que no se arrugaba. Esto escribía Valle-Inclán en un artículo que tituló Una lección, dedicado a un crítico de su época: “Ese desdichado a quien llaman Navarro Ledesma, enojado, sin duda, por mi artículo Concurso de críticas, pretende molestarme en Gedeón diciendo tonterías acerca de mi último libro Corte de amor. La vanidad de ese pobre hombre no reconoce límite. Ha dado en la flor de creerse crítico. Pero ese infeliz, ¿pensará que yo escribo para que él me entienda?”.
Don Quijote lucharía hoy contra las pantallas… y los molinos de la IA

¿Y si lo que está en decadencia no fuera solo la crítica literaria sino la propia lectura de una literatura con cierto nivel de calidad? El crítico y ensayista francés Antoine Compagnon se mostraba pesimista en ese sentido cuando se preguntaba por el futuro de la literatura y concluía que el lugar que ahora ocupaba “ha mermado mucho en nuestra sociedad desde la última generación; en la escuela, donde los textos documentales la desplazan, o incluso la han devorado; en la prensa, que atraviesa ella misma una crisis quizá mortal y donde las páginas literarias se marchitan; en el ocio, donde la aceleración digital recorta el tiempo disponible para los libros”.
Merma el espacio de la literatura en la escuela, se lamenta Compagnon, precisamente en ese espacio en el que todo debería empezar, pues antes del crítico actúa el profesor. Así lo explicaba en un curso impartido en la Fundación Juan March el filólogo y profesor Fernando Lázaro Carreter, allá por 1991: “No creo que exista un procedimiento infalible de enseñar literatura, un método que haga lectores —la misión del profesor, en definitiva, es hacer lectores— de modo seguro. Enseñar, pero, en particular, enseñar literatura, esto es, despertar la afición a leer, depende de las facultades propias del profesor, entrenadas por lo que haya visto hacer a sus propios profesores. En ninguna rama del saber es tan fundamental como en ésta la tradición pedagógica. Esa tradición, que falta en España, y que constituye la causa del fracaso de todos los planes de enseñanza. Y es más de lamentar en el caso de nuestra disciplina”. (Este curso de Lázaro Carreter se puede ver en la página de la Fundación).
La IA y la creación literaria

¿Es la Inteligencia Artificial, también, una amenaza para la literatura? Esta pregunta lleva ya tiempo en el aire con respuestas encontradas, y seguirá siendo motivo de reflexión en el inmediato futuro. Y con ello entramos ya en materia de lo que se anuncia en el capítulo de novedades, pues el nuevo libro de Agustín Fernández Mallo va de ello, no tanto de su utilización por un potencial creador humano, sino sobre si ella misma, la IA, pudiera devenir “poeta”. Lo ha titulado El ángel de la Inteligencia Artificial, un ángel que para Fernández Mallo se trataría de un “ángel caído”. Explica la metáfora en la entrevista que firma en El Cultural Antonio G. Maldonado: “me di cuenta de que lo que intentamos con la inteligencia artificial es un sentimiento teológico-religioso que está en nosotros desde siempre. El sueño de crear un ente superior a nosotros está ahí y, sin embargo, no lo hemos conseguido. Pensé que la única cosa que el ser humano ha creado en su imaginación que es como el humano porque tiene voluntad propia, pero no es humano, es un ángel caído precisamente. (…) hay un momento en que ese ser soñado puede desprenderse de nuestra imaginación como un ángel se desprendería de un dios: ya no para obedecernos, sino para revelarse contra nosotros y dominarnos. Por eso el caído y no el custodio”.
Considera Fernández Mallo que una inteligencia artificial es potencialmente inmortal si la alimentas con energía y datos, mientras que los humanos algún día nos moriremos, seguro por mucho que comamos o acumulemos datos. Esa potencial inmortalidad de la IA provoca que no pueda tener conciencia de mortalidad, ni de tiempo, ni de creación: “Los humanos creamos arte, ciencia y todo porque nos sentimos finitos y queremos trascendernos (…) nosotros somos los únicos seres del mundo que sabemos que nos moriremos (…) Pero no tiene experiencia propia (la IA), no tiene memoria propia, porque no tiene cuerpo. No puede experimentar en sus carnes la huella del paso del tiempo. Es como en aquel cuento de Borges sobre los inmortales: los inmortales nunca hacían nada porque tenían todo el tiempo del mundo, el tiempo no les influía, el medio ambiente no dejaba huella en ellos”.
McEwan, Biedermann, Abreu… novedades para la “rentrée”

Pero vayamos con la actualidad que varios suplementos reflejan adelantando lo que se publicará, los avances editoriales que les van haciendo llegar. Además de Fernández Mallo, se anuncian obras de Ian McEwan, con una novela, Lo que podemos saber, de la que dice Fresán, en Abc Cultural, que es la mejor que ha escrito desde Expiación. La novela llega a las librerías el miércoles, y en la sinopsis leemos: “Año 2119. Las cosas no van muy bien en el planeta. Hay amplias zonas inundadas como consecuencia de un catastrófico accidente nuclear. Y los habitantes de este futuro distópico miran con fascinación los albores del siglo XXI, a sus ojos una época de esplendor cultural. Así lo considera Thomas Metcalfe, un solitario investigador académico que está indagando qué sucedió en la llamada Segunda Cena Inmortal, celebrada en 2014. Era la segunda porque en los anales literarios figura con ese nombre otra anterior, que en 1817 reunió alrededor de una mesa a William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb, entre otras luminarias de su época”.

Otra novela que ya está cosechando buenas críticas, y podrá comprarse desde mañana martes, es Lázár, de Nelio Biederman, “Una novela épica que transporta al lector desde los albores del siglo XX hasta el levantamiento nacional húngaro de 1956 es un logro extraordinario para cualquier escritor. Con su aire de sabiduría atemporal, se lee como un clásico redescubierto, lo que hace aún más asombroso que su autor la haya escrito con sólo veintiún años”, leemos en la promoción de la editorial.
Y por cerrar este avance, tomamos nota de la nueva novela de la canaria Andrea Abreu, Pajaritos preñados, muy esperada y que será bien recibida por los lectores/as que se asombraron con el lenguaje de su ópera prima, Panza de burro.
Novelas sobre las que a buen seguro volveremos en próximas entregas.
E. Huilson

Empieza la cosa literaria…crítica y razón..
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