A un santo que dormía bajo el puente de Segovia

SONETOS
Salía yo de la Almudena, un día,
ebrio de lo divino y lo mundano,
sin saber a dónde me dirigía
mi ociosidad de profe, era verano.
Habituado a cruzar el puente impío,
cambióme el rumbo la invisible mano
que de mi tedio ostenta el señorío,
y bajé hacia el paseo segoviano.
A mitad de escalera había un santo
durmiendo sobre el césped de la loma
con su atillo, su báculo y su manto.
La sonrisa, serena por el canto
de los gorriones, mármol es de Roma.
¡Bah, la Almudena no es para tanto!
Guillermo Sánchez Amador
