Semanario Cultural

El humor cervantino de Eduardo Mendoza

No nos equivocamos mucho si declaramos que la pasada fue “la semana del regreso glorioso de Eduardo Mendoza”. Numerosas entrevistas en las páginas culturales de varios periódicos y emisoras de radio, y críticas muy elogiosas de su nueva novela en los “culturales” del fin de semana así lo acreditan. 

Tres enigmas para la Organización es el título que le ha puesto a su última novela Mendoza, una historia detectivesca que protagonizan unos peculiares agentes secretos que investigan tres casos diferentes, de los que se sospecha pudieran estar conectados: la muerte de un cliente en un hotel “cutre” de Las Ramblas barcelonesas, la desaparición de un millonario británico de un barco anclado en un puerto de Cataluña y las sospechas de fraude de una conocida empresa conservera. Tres casos que investigan en La Organización, “un organismo sin nombre ni registro oficial fundado en la alta posguerra, otrora adscrito a Coros y Danzas de la Sección Femenina y a la Obra Sindical de Educación y Descanso”, según resume en su reseña Sanz Villanueva en El CULTURAL. El suplemento publica además una amplia entrevista con el escritor barcelonés firmada por Nuria Azancot. En ella cuenta Mendoza que no recuerda cómo se le ocurrió la historia, “eso me pasa en casi todas las novelas. Cuando miro atrás me veo con la novela ya empezada, y no consigo precisar el punto de partida. Supongo que se me ocurrió una situación absurda, pero muy concreta, y me puse a pensar qué hacer con ella y cómo seguir (…) no es un método recomendable, pero a mí me sirve”. 

En la reseña, Sanz Villanueva afirma que estamos ante una novela “al borde mismo de la literatura evasiva y de puro entretenimiento, pero que no deja de tener un alcance crítico sobre el mundo; libre, eso sí, de moralinas y didactismos, algo que siempre ha rehuido el autor”. Dice Mendoza en la entrevista que “La Novela, con mayúsculas, está muerta, anda por ahí como un zombi, harapienta”. Algo sobre lo que se incide en la reseña: “La única alternativa a la marchita novela tradicional (sostiene Mendoza) se encuentra en el juego o la parodia. Es lo que borda en este tronchante, amenísimo y ligero juguete narrativo que brinda a tope el placer de la lectura.”

En BABELIA, Ródenas de Moya hace hincapié en lo mismo, preguntándose: “¿Existe en literatura el gamberrismo flemático, el cachondeo british, la sátira social so capa de disparate descacharrante? Ahí sigue Eduardo Mendoza para probar que sí desde aquel cóctel de pastiches picaresco y policial que fue El misterio de la cripta embrujada.” Y añade que con sus obras más humorísticas revela también una visión del mundo a la vez distanciada (la mirada desde arriba del esperpento de Valle-Inclán, pero también la condescendencia irónica de Cervantes) y compasiva, esto es, nunca indiferente al sufrimiento o las lacras sociales”. En ABC CULTURAL, José María Pozuelo pone el foco en la libertad con que escribe Mendoza: “Sobre cualquier otra cosa, en la que considero su novela más graciosa en muchos años, me ha gustado la libertad de escritura, como si no tuviera que pasar Mendoza el examen en que tantos buscan sacar nota para las distintas iglesias del puritanismo que plagan la escena literaria de hoy”. Y, por cerrar el ciclo, en LA LECTURA, Juan Marqués resalta un rasgo destacado de la novelística de Mendoza, su cervantismo: “esta vez Mendoza se pone más cervantino que nunca: el modo en que los personajes hablan, se escuchan o se interrumpen, es explícitamente quijotesco, particularmente al final, en la declaración de Irina y Andrepas (hasta los nombres parecen de pastores…), y también el modo de aludir al propio relato. Hay algo tan antiguo como vigente en este descarado narrador”. 

Un Premio Cervantes admirado por todos

Y es que si en la actualidad un escritor merece el título de cervantino ese es Mendoza. Título y premio, que en 2016 ya le fue concedido. El jurado de aquella edición del Premio Cervantes dejó escrito en el acta de concesión: «con la publicación en 1975 de La verdad sobre el caso Savolta inaugura una nueva etapa de la narrativa española en la que se devolvió al lector el gozo por el relato y el interés por la historia que se cuenta (…) En la estela de la mejor tradición cervantina, posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía, algo que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional». En el discurso de agradecimiento por el premio, Mendoza defendió (con humor) el humor en la literatura: «En mis escritos he cultivado el género humorístico convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades, pero ya veo que me equivoqué», rindiéndole tributo:de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia”, dijo desde la tribuna de la Universidad de Alcalá.
Escribió Javier Marías en su blog, allá por 2012, que la figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales no solo de la literatura española, sino de la entera sociedad española, pues tras haber debutado con una novela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, “que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco (…) resulta ser un escritor al que sus colegas, lejos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás, lo admiramos profunda y confesamente”. Traigo a colación estos elogios de Marías porque puede que, a día de hoy, tras fallecer aquél en 2022, sea Mendoza nuestro más destacado narrador vivo. Este, por su parte, siempre reconoció a Marías como “el que mejor escribía en España y el que mejor trataba a las mujeres en sus novelas”. 

La fascinación como motor literario de Ovejero

Mientras Mendoza parte para sus novelas, o al menos de esta la última, según ha dicho, de una situación absurda que le llamó la atención, el novelista José Ovejero revela a Juan Cruz, en ABRIL, que todos sus libros “nacen de una fascinación, de algo que descubro que me fascina y que me pone a escribir. Cuando eso no perdura dejo la escritura porque veo que aquello no perdura. En otros libros descubres que sí, que hay algo que te está llamando y no sabes bien qué es y la única manera de descubrirlo es escribiéndolo”. Y añade sobre su última novela, Vibración, que cuando llevaba doscientas páginas, “pensaba que sí, que estaba escribiendo, pero no tenía un libro, escribía por el deseo o por el placer de contar. Estaba metido en el espacio de la infancia que había abandonado hacía décadas y al que volvía ahora”. 

De Vibración firma en BABELIA una elogiosa crítica Ana Rodríguez Fischer: “es una novela para ser paladeada, saboreando y disfrutando sus muchas cualidades. Hasta el punto de que a menudo la satisfacción que nos produce su lectura nos lleva a desear detenernos en lo que acabamos de leer y no seguir avanzando para así ampliar la percepción, acogiendo los muchos ecos y resonancias que el relato suscita”. 

Ovejero relata en su novela la historia de una joven pareja con una niña que se instala en un pueblo del interior de España que “languidece junto a un pantano entre los despojos de sus sueños: una central nuclear desmantelada, urbanizaciones sin acabar, anuncios descoloridos de una ciudad del ocio que nunca llegó a ser. La niña se siente cada vez más atraída por los misterios que esconde el pantano, mientras el padre intenta comprender una extraña vibración que parece unir el pasado y el presente, la memoria y el desasosiego de quienes todavía permanecen en el pueblo”, según la sinopsis distribuida por la editorial. Un pasado que esconde episodios de violencia. Sin embargo, según apunta en su reseña Rodríguez Fischer, el elemento clave de la novela “es el escenario, un pueblo donde sucedieron cosas terribles y donde las calles, los edificios, los rostros, las ruinas, el pantano, la central y otros espacios contienen historias. Lejos de regocijarse en un hecho truculento y trágico, José Ovejero lo hace repercutir en algunas de estas vidas —un moderado determinismo rige y condiciona este mundo—, sin concesiones. Pues, aunque se cuenta la decadencia del lugar, no tiene aquí cabida la edulcoración de lo rural, ni las jeremiadas ni los idilios pintorescos, que tan de moda se han puesto en nuestra narrativa. Prima una visión ácida, cruda, sombría, grotesca, tierna, doliente, triste y alucinatoria, como sucedía en La comedia salvaje”.

Y Landero va al teatro

El tercer narrador español que estrena libro y fue entrevistado esta semana pasada es Luis Landero, en LA LECTURA, en la que aborda asuntos relacionados con la literatura y también con la política nacional (en concreto, lo que parece más interesar al suplemento de El Mundo: qué se opina sobre la amnistía a los protagonistas del procés). Por zanjar esta parte, dice Landero que está en contra a pesar de haber votado socialista (más o menos en la línea de Cercas la semana pasada y en el mismo espacio). Centrémonos en lo literario. Publica Landero nueva novela, La última función, en la que narra la vida de Tito Gil, “un aspirante a actor lleno de prometedoras dotes que entrega su vida al arte de forma apasionada y total sin conseguir jamás triunfar como él deseaba”. Revela Landero en la entrevista, que firma Andrés Seoane, que el Tito Gil de su novela está inspirado en un personaje real, Ernesto Gil Sánchez, un actor al que acompañó cuando Landero se dedicaba de manera profesional a la guitarra flamenca: “le acompañé en muchos de sus espectáculos por media España, Marruecos, Francia, e incluso hicimos una gira por Estados Unidos (…) tenía una voz maravillosa, prodigiosa, pero nunca tuvo mucho éxito, siempre actuando en papeles de poca monta (…) pero no le importaba, él con tal de estar en ese mundo, con tal de saberse y sentirse artista, le bastaba”. 

En un momento de la entrevista, Landero se lamenta de la velocidad y la superficialidad del mundo actual, y aboga por recuperar la lentitud, pues todo conspira contra ella, y la soledad y la concentración, que son las tres patas del conocimiento: “Las novelas, el arte y la cultura en general sirven para ayudar a la gente a reencontrarse con los placeres de la lentitud, del pensamiento, del placer de ser uno mismo (…) de mirar con tus propios ojos, de vivir de primera mano”. El móvil y la televisión son para él los principales enemigos de lo anterior. 

La amarga reina del baile 

En La reina del baile, última novela de la argentina Camila Fabbri, una mujer despierta en un coche volcado en plena avenida de Buenos Aires. Apenas siente sus piernas, las luces nocturnas que entran desde afuera y los vidrios incrustados en su espalda. Ella es la conductora y en el asiento de atrás viajaban una joven de quince años y un perro llamado Gallardo. No recuerda que estaban haciendo ahí ni quién es la chica que está con ella, solo que quiere gritar ¡Felipe!, el nombre de su ex, con quien acaba de romper. Dice Julia Olmo en la reseña de la novela que firma en ABC CULTURAL, que “Camila Fabbri ha escrito una novela amarga y hermosa sobre mujeres que se sienten solas; un relato lleno de imágenes en las que podemos vernos, reconocer nuestros fantasmas y deseos en las palabras de la narradora, y con ello, capaz de emocionarnos en lo más hondo”. Es la historia de Paulina, que cuando tiene el accidente se acababa de separar de un hombre insustancial, a quien hace tiempo que no soporta pero también necesita, “eso que pasa cuando algo se vuelve familiar”, dirá la narradora en varias ocasiones, con un trabajo aburrido de oficina, una sola amiga a quien a veces también le cuesta aguantar, y la angustia de la maternidad, con esa sensación constante de pérdida, huida y desorientación, de ser demasiado tarde para todo y limitarse a vivir al día, de tratar de empezar de nuevo, del paso del tiempo, del miedo a envejecer…

En CULTURA/S, Masoliver Ródenas destaca de su escritura (la de Fabbri) “el humor, la oralidad, marcada por haber empezado a escribir teatro, su obsesión por los animales y la tensión entre cuerpo y pensamiento”. Una novela en la que todo parece ser una lucha contra la soledad. Y lo que más delata su soledad, concluye Masoliver, es el sexo, el propio y el ajeno, al que se alude en distintos pasajes sobre actividades a las que se entrega Paulina para huir de esa temida soledad.

                                                                                                          E. Huilson

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