Espías en acción: un topo en el bolsillo y el vuelo de Pegasus

Una escena de El Topo, película basada en la novela de John Le Carré

Toma 1.- Llevamos tiempo avisados: el teléfono móvil, al que hemos convertido en nueva extremidad de nuestro cuerpo, actúa a ratos por su cuenta y, cual “topo”, pasa información nuestra a otros, enemigos incluidos. De tanto que nos lo han repetido no dudo que lo sabemos, pero parece darnos igual. O más bien, nos resignamos, puesto que prescindir de él ya parece imposible. A diferencia de ese animalillo llamado topo, metáfora del espía, “que cava túneles y madrigueras permanentes y subsiste principalmente alimentándose de las presas que caen en ellas”, nosotros hospedamos a nuestro “topo” en el bolsillo, le aireamos un rato, le alimentamos y, ¡hala!, de nuevo al bolsillo, desde donde realiza su labor “topera” cómodamente. Registra la Wikipedia que “los topos son tanto diurnos como nocturnos, debido a que bajo tierra solo hay oscuridad. Suelen combinar 3 o 4 horas de actividad con el mismo tiempo de descanso. La mayoría son animales solitarios”. De hecho, desde hace algún tiempo cuando miro mi móvil me produce una mezcla de desconfianza, por su trabajo, y ternura, por su soledad. ¡Pobre animalillo!

Desconozco a quién envía los datos que me roba el topo desde mi bolsillo. Me temo que por imbricados vericuetos va diciendo por ahí de mí que me gustan las novelas de espías de Le Carré y nada las de Alatriste, que si soy un flamenco viejo y ortodoxo porque no me interesa Rosalía, o que he vuelto a ir al cine después de estos años de pandemia para ver Licorice Pizza y la ando recomendando a unos y otros; o que últimamente frecuento más la Ribera del Duero que la Rioja, y cosas así… Asuntos de poco interés, aunque sean privados, y es que llegando a una edad, uno es previsible y todo va mermando, incluido el valor de los secretos.

Toma 2.- Pegaso fue el primer caballo que habitó entre los dioses pues Zeus lo montó. Nacido de la sangre que derramó Medusa cuando Perseo cortó su cabeza, Pegaso fue dotado con dos alas para volar, aunque movía las patas como si corriera por el aire. Se habla mucho en los periódicos estos días de un nuevo Pegasus (versión israelí), que habría cabalgado por nuestros andurriales, aunque se desconoce quién montaba al “caballo con alas”. El Pegaso de la mitología clásica interviene de manera destacada en las andanzas de Belerofonte, un aventurero que llegó alto y lejos, pero al que la ambición le impidió alcanzar el Olimpo y sentarse junto a los dioses. Belerofonte recibió el encargo de dar muerte a Quimera, lo que hizo asaeteando desde el aire, montado en Pegaso, a la fiera que tenía la parte anterior de león, la cola de sierpe y en medio del lomo una cabeza de cabra por la que arrojaba fuego. Cuando, henchido por el triunfo, Belerofonte quiso llegar a los cielos, Zeus hizo que un tábano picara al caballo en el lomo y derribara al jinete. Cuál sea la Quimera moderna a la que quiera matar este nuevo Belerofonte lo dejo a la imaginación del lector que tenga tiempo, ganas y se entretenga en deshojar la margarita. Una pista: define la RAE el término Quimera, en su segunda acepción, como “aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo”; y en la tercera, que es “pendencia, riña o contienda”.

¿Podrán contar los cronistas actuales la historia completa de las hazañas del nuevo y desconocido Belerofonte que monta a Pegasus? Puede que lo hagan, pero me temo,  como ya pasó con el personaje de la antigüedad, que las versiones variarán unas de otras. Apolodoro contó aquellas antiguas hazañas, pero nos dejó sin el final de la historia, mientras que Píndaro apenas lo citó en su obra salvo para contarnos su triste caída del alado Pegaso por obra de Zeus. ¿Qué dios moderno será el que envíe el mosquito que descabalgue al, por ahora, desconocido jinete de Pegasus?

Posdata: No hay buena historia de espías que no pase por Moscú.  

                                                                                                         ALFONSO SÁNCHEZ

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