Relatos con música

Perversa travesura llena de espanto

El autor estaba pletórico. Llamó inmediatamente a su amigo Nikolái y le pidió que se acercara a su casa lo antes posible. Tenía algo muy importante que mostrarle.

Cuando los dos se encontraron, el compositor apenas dejaba hablar a su interlocutor: 

– He compuesto una  perversa travesura. Es mía y creo que he logrado un sonido verdaderamente ruso y original, bastante libre. Al cuerno las profundidades y las rutinas alemanas. Mi obra está compuesta en suelo ruso y nutrida con maíz ruso.

Y acto seguido, se sentó al piano y comenzó a aporrearlo. Nikolai no salía de su asombro: es cierto que la obra mantenía un gran espíritu nacionalista, lo que los compositores que formaban el famoso grupo de “Los 5” iban buscando desde que comenzaron a desarrollar sus virtudes como compositores. Pero aquella obra debía pasar por un proceso de mejora, pulir todas las aristas. Pero no estaba mal. La amistad que unía a los dos músicos hizo que la prudencia del invitado prevaleciera sobre su sinceridad.

Modest Músorgski acababa de finalizar su obra más importante y con la que ha pasado a la historia de la música, adquiriendo plaza destacada en la platea de compositores rusos de finales del siglo XIX. Basada en un cuento de Nikolái Gógol, el compositor había pensado en realizar, primero, una ópera sobre La noche de San Juan, en la que brujas, nigromantes, animales satánicos y otros invitados a los ritos depravados y malignos se daban cita en bosques apartados para realizar sus sesiones diabólicas.
Pero descartó la idea inicial y siguió dando vueltas a la posibilidad de realizar un poema sinfónico, basado en el aquelarre de la noche de San Juan en el monte Triglav, cerca de Kiev, escenario del cuento de Gógol. 

En 1867 ya tenía finalizada la obra, “cuadro tonal” la llamó por no referirse a ella como poema sinfónico. Estaba tan orgulloso de ella que le faltó tiempo para entregar el manuscrito a su mecenas (el que pagaba, para entendernos), Mily Balakirev.  Qué horror. La obra no había por dónde cogerla. Aquello no era música ni era nada. No se entendía ni un sólo compás. Balakirev rompió la copia que Músorgski le había entregado y se negó, naturalmente, a estrenarla. No quería saber nada de ella. 

El pobre Modest, triste y deprimido decidió guardar la partitura en un cajón. Pero de vez en cuando le echaba un ojo, hacía algún cambio, añadía o quitaba frases. Tenía la esperanza de que algún día, alguien con sentido musical supiera reconocer el valor de su obra, basada en los ritos de los campesinos a quienes conocía de maravilla desde su adolescencia, en su Karevo natal, cerca de la frontera con Letonia. Era una composición puramente rusa y no podía caer en el olvido.

Debió ser frustrante ver que la obra de sus sueños estaba completamente olvidada. Modest Músorgski murió a los 42 años, envenenado por el alcoholismo sin ver su partitura interpretada en un escenario. Pero el trabajo del pobre compositor debía de ser recompensado.

Nikolái Rimski-Kórsakov desempolvó la partitura, la pulió, cambió todo lo que no le gustaba, respetando el espíritu nacionalista inicial, la orquestó y en 1886 pudo estrenarse. Su título: Una noche en el Monte Pelado.

Cientos de versiones se han hecho de esta gran obra. Músorgski era autodidacta. No había estudiado en ningún conservatorio y no tenía técnica para componer. Por eso muchas de sus composiciones quedaron inacabadas porque, llegado el momento, el pobre no sabía cómo seguir y el pentagrama era un cúmulo de borrones sin ningún sentido. Pero para eso están los amigos, ¿no?

Rimski-Kórsakov respetó el inicio de la partitura original. No había notas, no. Era un texto manuscrito por el propio Músorgski que decía:

Rumores subterráneos de voces sobrenaturales;

Aparición de los espíritus de las tinieblas y de  Chernobog (Satanás);

Glorificación de Chernobog y misa negra;

Aquelarre de brujas;

Es un aquelarre de brujas y las ve un campesino, dispersando a los espíritus de las tinieblas;

Amanecer.

Verdaderamente, sólo con leer esas primeras líneas, la composición ya daba miedo. Es lo que debió sentir Balakirev y por eso rompió las cuartillas. Pero no se asusten cuando la oigan, es sólo música. 

Gabriel Sánchez

La Orquesta Sinfónica Ludwig interpreta Una noche en el Monte Pelado, bajo la batuta del maestro Thomas Ludwig (2013):

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