¿Qué dije?

Ray Charles

Ni él mismo lo sabía cuando acabó el concierto, pasada la una de la madrugada, en aquel club nocturno de Milwaukee. Aquella noche otoñal de 1958, Night time is the right time era la última canción del repertorio que había preparado para aquella velada, y aún faltaba casi media hora para completar el programa. Lo habitual era que una actuación de aquellas características, con los 30 minutos de descanso obligado, tanto para los artistas como para los espectadores, que debían poner a cero su particular termómetro de adrenalina para volver a elevar el marcador de mercurio hasta niveles casi prohibitivos unos minutos después, durase unas cuatro horas. Menos, parecía un desprecio al público que abarrotaba las salas en las que estaba programada su actuación.

Entonces se le ocurrió improvisar. ¡A esas horas y con la mente despejada!  Por la cabeza le rondaban unas cuantas notas desde hacía tiempo, pero que, por pereza, aún no había desarrollado. Sentado frente al piano eléctrico, mucho más atronador y con fuerza y sonoridad como para cautivar a un sordo, tecleó durante 52 segundos los malditos compases que flotaban por su mente. Y a partir de ahí…”Le dije a la banda y a las chicas: ¡Escuchen, voy a tratar de jugar un poco, tocando y cantando. Ustedes solamente síganme en lo que yo haga!” Y comenzó a improvisar versos y notas que el coro femenino y los músicos repetían cuando él les daba entrada sólo con un movimiento de cabeza. Y así durante siete minutos nada menos. El local retumbaba y el público se agitaba ferozmente.

Al finalizar el concierto, la gente se agolpaba en la puerta del club, preguntando dónde podía comprar el disco. Nadie había reparado en que aquella canción, que aún no tenía nombre, era fruto de la improvisación del momento y que se oía por primera vez. Pero no sería la última. 

Charles y The Realettes

El éxito fue tal, que a la mañana siguiente, Ray llamó a Jerry Wexler, directivo de la compañía de discos Atlantic Records, para ofrecerle el nuevo tema que acababa de componer –si es que a esa improvisación puntual y nocturna se le podía llamar composición- porque, vaticinaba, sería un éxito seguro. Quedaron en hablar en las oficinas de la discográfica. 

Pero el tiempo pasaba y no había fecha para la grabación. Los directivos de Atlantic Records habían escuchado el tema durante alguna actuación en directo de Ray, y tenían serias dudas de pasar el éxito al vinilo. En primer lugar, la duración. Lo normal en un tema que se somete a los rigores del microsurco de la época, era que no pasara de los tres minutos. Aquella canción duraba siete; por otro lado, la musicalidad y el ritmo hacían del tema una auténtica provocación sexual que la mojigata sociedad norteamericana de la época no estaba dispuesta a tolerar. Además, a causa de la grabación medio pirata que algunas emisoras de radio habían hecho de este nuevo éxito de Ray Charles, sus notas eran conocidas por parte del público y había granjeado las críticas de algunos sectores de la comunidad negra, que desautorizaba que la música góspel sirviera como atractivo para el desenfreno, convirtiendo esa música casi sagrada en un reclamo comercial. 

Pero no había que dejar pasar la oportunidad de lanzar un disco que se vendería rápidamente. El problema de la duración quedó resuelto: la canción se dividiría en dos partes y se escucharía por las caras A y B del single. Se suprimirían algunos versos procaces, como por ejemplo ese que decía: “Mueve esa cosa, nena”.

Al final, la grabación se produjo en 1959 en un pequeño estudio de Atlantic Records. Tanto se había interpretado en los conciertos, que no hizo falta ensayo y se grabó de un tirón. Y había que ponerle un título. ¿Cuál? Como la letra era una sucesión de versos improvisados en cada una de las actuaciones, Ray Charles confesó: ¿Pero, yo qué dije?, refiriéndose al primer día que se le ocurrió deleitar al público con su improvisación urgente. Ese era el título: What’d I Say.

Había críticas para todos los gustos cuando la grabación corrió por todo el país. Unos decían que era un diálogo musical entre Ray Charles y las chicas que componían el coro, las Raelettes, que generaban una provocación sexual a partir de ritmos frenéticos y enérgicos que ninguna banda de música negra había concebido jamás. Otros pensaban que el What’d I Say era un diálogo entre un cantante y un coro de chicas que comenzaba en una iglesia y terminaba en una cama. Los más puritanos no aprobaban los movimientos pélvicos que las chicas desarrollaban cuando escuchaban la canción.

Pero nada frenó el ascenso vertiginoso de la obra de Ray Charles, que la interpretaba al final de cada concierto, poniendo y quitando versos, añadiendo estrofas nuevas, dando un giro a las notas para crear acordes diferentes en cada una de las actuaciones. Y siempre ese final que vaticinaba que la canción iba a ser eterna: One more time (una vez más). Y vuelta a empezar. 

GABRIEL SÁNCHEZ

(Nota: What’d I Say está considerada por la revista Rolling Stone en el puesto nº 10 de la lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos.)

Ray Charles & The Raelettes cantan What’d I say en la Sala Pleyel de París en 1969:

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