Nostalgia de Madrid

Baile de San Antonio de la Florida (1776), de Francisco de Goya

¡Cómo echo en falta la algarabía de sus calles, esos manolos y manolas bailando al atardecer junto a una fuente, la marcialidad con la que los soldados hacen el relevo de la guardia en palacio con sus pífanos que destilan tan bellos sonidos! Y esos mendigos callejeros, ciegos en su mayoría, pero que tienen una visión natural para interpretar al violín mazurcas, pasacalles, las viellas de rueda  y las danzas más alegres que jamás se hayan oído…

Luigi Boccherini

Luigi Boccherini evocaba con nostalgia su vida madrileña. Exiliado por obligación de su cargo en la localidad de Arenas de San Pedro, soñaba cada noche con su paso por la corte. Sus amistades con la flor y nata de la cultura madrileña, sus encuentros nada menos que con Francisco de Goya, la alegría de las fiestas nocturnas en palacio, los escarceos con esta o aquella muchacha que le había mirado, cubriéndose el rostro con el abanico desplegado. Incluso los bohemios que iban a ninguna parte significaban para él el contrapunto perfecto de la ciudad soñada.

Tal vez por el contraste que supuso la llegada de Boccherini de su Lucca natal, frío centroeuropeo, silencio monacal en sus calles moribundas, sombras embozadas  entre edificios pétreos con historia muerta, la vida en Madrid se le hacía al compositor italiano un bálsamo que le proporcionaba entusiasmo.

Había llegado a la corte, por invitación del embajador de España en París, para formar parte del grupo de músicos al servicio del rey Carlos III. Pero sus expectativas se vieron truncadas por un cambio imprevisto: quedaría destinado al servicio del Infante Don Luis Antonio, hermano del monarca, para quien trabajaría como compositor y violonchelista. El Infante había sido nombrado, con tan sólo 7 años de edad, arzobispo de Toledo, la máxima dignidad eclesiástica española. Pero el Borbón prefería las faldas almidonadas a las de la sotana, el juego antes que el rezo y la bebida que no sólo fuera vino de consagrar. A los 27 años pidió dispensa. No sólo se le concedió la bula, sino que su hermano le asignó una pensión vitalicia de 946.000 reales. Y, lejos de aceptar con sumisión y agradecimiento la prebenda, el infante decidió gastarlo todo en juergas. Tanto fue el cántaro a la fuente, que el rey, harto de sus correrías, que  suponían un verdadero desprestigio para la institución, lo exilió en Arenas de San Pedro. Y hasta allí tuvieron que viajar sus más allegados servidores, entre ellos, su maestro de música y compositor.

Boccherini aceptó, muy a su pesar, su destino trágico, teniendo que abandonar el Madrid de sus sueños, sus alegres días, sus momentos más plácidos.

Y ya lo dijo Machado: “Se canta lo que se pierde”. Y de aquellas horas aciagas que pasaba en el palacete de Arenas de San Pedro nació la Música nocturna de las calles de Madrid. La obra comienza con notas melancólicas, sin duda puestas por el compositor en la partitura para dar cuenta de su estado de ánimo. Pero la composición, poco a poco, va tomando cuerpo y culmina con la más alegre de las versiones posibles.

Boccherini no quiso que esta obra se publicara fuera de España. A su editor le dijo: “La obra es absolutamente inútil, incluso ridícula fuera de España, porque el público no puede entender su significado, ni los artistas sabrán cómo ejecutarla”. 

La Música nocturna de las calles de Madrid se publicó tras la muerte de Luigi Boccherini, que se produjo en 1805. 

P.D. En 1785 el crápula Infante falleció y Boccherini pudo regresar a Madrid un año después.  Pero ya no era lo mismo: viudo, con seis bocas que alimentar y sin trabajo, la ciudad ya no le deparaba las alegrías de antaño. Fue acogido por María Josefa Pimentel, Duquesa de Osuna y Condesa de Benavente, a cuyo servicio trabajó como compositor y director de orquesta. Cuando la duquesa le retiró sus favores, Boccherini cayó en la indigencia, viviendo en una maltrecha habitación en la calle de Jesús y María, casi, casi de la caridad de sus vecinos. Cuando murió no tenía ni un triste real de vellón en el bolsillo. 

GABRIEL SÁNCHEZ

La música nocturna de las calles de Madrid, de Boccherini, con imágenes de la capital:

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