Plagio bajo la ducha

Charles Chaplin y Virginia Cherrill, en Lues de la Ciudad (1931)

El hotel Carlton, en el centro de Londres, rebosaba de público, entusiasmado por el estreno de la película al que acababan de asistir. Sensibilidad, humanidad, alegría, tristeza, puesta en escena muy conseguida, actores brillando en la pantalla…, y la música, qué música. El leitmotiv, interpretado hasta en siete ocasiones, unas veces completo, otras sólo ráfagas identificativas de la melodía hacían de la banda sonora una de las mejores aportaciones de la obra y todo un reclamo para el espectador. El autor de la partitura, naturalmente el director, actor, productor, guionista… El genial Charles Chaplin.

Cartel de Luces de la ciudad

Corría el año 1931 y en la capital británica se había estrenado Luces de la ciudad, el drama que narra las tristes andanzas de una florista ciega, un vagabundo enamorado y un millonario beodo y generoso donde los haya. Tiene final feliz, naturalmente y eso al público le agrada. Primero regodearse con la pena y después disfrutar de la generosidad humana, esa que propicia que se coman perdices como si de altramuces se tratara. 

La fiesta en el Carlton la abrió el propio Chaplin bailando con la protagonista cinematográfica el tema principal del film. No ocultaba su satisfacción y recibía felicitaciones a diestro y siniestro por el contenido general de la obra, música incluida de la que se sentía especialmente satisfecho. Pero un invitado a la fiesta que no había asistido a la proyección de la película reconoció inmediatamente los compases de la melodía objeto de elogio. Era La Violetera, el cuplé compuesto por el maestro español José Padilla en 1914 y que había dado la vuelta al mundo desde entonces, interpretándose en las salas de fiestas y teatros más prestigiosos de Europa y América. 

Cúmulo de coincidencias: el invitado a la fiesta que había descubierto la farsa era amigo de José Padilla y el maestro se encontraba precisamente esos  días en Londres dirigiendo unos conciertos en el London Coliseum. 

A su vuelta a París, donde residía, Padilla denunció por plagio a Chaplin. El pleito duró cuatro años y al final, el compositor español tuvo que ser indemnizado con una fuerte cantidad económica que salió del bolsillo de Chaplin y obtuvo el reconocimiento de su nombre en los títulos de crédito de la película. Charlot alegó en su defensa que esa cancioncilla la tarareaba a diario en la ducha, a lo que el juez le replicó: “El hecho de que usted la cante en la ducha no le da derecho a hacerla suya”. 

José Padilla, en Nueva York

Pero verdaderamente, ¿qué había pasado para que Chaplin usurpara la autoría de la famosa tonada del maestro Padilla?

Chaplin escuchó la melodía por primera vez en 1923. Estaba incluida en un musical estrenado en Broadway que se titulaba Little Miss Bluebeard  y que incluía composiciones de José Padilla y de George Gershwin, entre otros. La Violetera estuvo interpretada al violín por Xabier Cugat. Chaplin y Cugat se entendieron al instante. De hecho, el músico catalán colaboró con el cineasta en la preparación de Luces de la ciudad.

Años después volvió a reconocer la obra en la voz de Raquel Meller, quien en 1930 realizó una gira por los Estados Unidos llevando un espectáculo en el que se incluía la composición de Padilla. En Nueva York Chaplin volvió a escuchar la melodía y quedó de nuevo fascinado por la partitura. Fue tanto el encaprichamiento que llegó a pedirle a  Raquel Meller que interpretara el papel protagonista de su próxima película. La cantante lo rechazó.

Con tanto encaprichamiento, no es de extrañar que la tarareara en la ducha, soñara con ella, la oyera en cualquier esquina, interpretada por un violinista ciego o  una charanga de feria. El caso es que se hizo justicia con el compositor español, que debió de enfrentarse nada menos que en siete ocasiones por plagio a los que quisieron apropiarse de sus notas. 

GABRIEL SÁNCHEZ

La Violetera, del maestro Padilla, en la película de Chaplin Luces de la Ciudad:

La Violetera, interpretada por Nathy Peluso en los Goya 2021:

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