Humor en tiempos de guerra

Gila

La guerra de Ucrania, a la que asistimos en directo día a día, hora a hora, por radio y televisión, da para muchas reflexiones, algunas tangenciales, otras universales. Por ejemplo, si tienen el humor y la risa cabida en medio de tanto drama. Si es lícito reír, vamos, entre tanto sufrimiento provocado por la guerra. Decía Bergson que la insensibilidad suele acompañar a la risa y que la indiferencia es su entorno natural, de tal modo que el mayor enemigo de la risa es la emoción. Pero a renglón seguido aclaraba que se trata de un instante pasajero: “No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que nos inspire piedad, por ejemplo, o incluso ternura: pero por unos instantes olvidaremos dicha ternura, acallaremos dicha piedad”. 

Me dio por pensar qué sentido podría tener el humor en tiempos de guerra (incluso si es lícito) viendo algunos de los vídeos de aquel actor que se convertiría en el presidente Zelenski, un hombre que ahora nos inspira, además de piedad, respeto y admiración; y simpatía. Respeto que no obtuvo, por cierto, de buena parte de la élite ucraniana cuando se presentó a las elecciones, que se ensañó con él tildándole de “payaso” durante la campaña electoral, y, a medida que se iba haciendo plausible su triunfo, de “incapacitado” para hacer frente a un potencial combate con Putin. Lo cierto es que aquel al que decían payaso aguanta hoy dignamente en pie las bofetadas del matón, y si no está ganando la batalla de las armas, sí parece dominar el combate en el escenario de la información al que miramos con horror el resto.

Volodimir Zelenski

“El hombre sufre tan terriblemente en el mundo, que se ha visto obligado a inventar la risa”, sentenció Nietzsche, por lo que el humor no sería solo posible en situaciones dramáticas, sino hasta aconsejable. Cultivar la risa. La risa que surge del humor, de lo que es cómico, de los chistes, la burla, la ironía… etc. Esa risa que tiene su humanismo particular. Siguiendo con Bergson, no disfrutaríamos de la comicidad si nos sintiéramos aislados. Nuestra risa es siempre la risa de un grupo. 

La risa también ha sido vista a lo largo del tiempo como una conducta subversiva, peligrosa. Acordémonos de Platón, que consideraba inadmisible presentar a hombres dignos dominados por la risa y mucho menos a los dioses. Aristóteles, por el contrario, defendió la bondad de la risa. Umberto Eco le hizo un sabio homenaje en El nombre de la rosa, si recuerdan, al poner un tratado aristotélico como causa de varios asesinatos. Un monje viejo y sabio, al que nombra, en homenaje a Borges, como Jorge de Burgos, faro intelectual, ético y humano de la abadía, urde una trampa asesina para todo aquel que se acerque a un libro que ha decidido que nadie debe conocer. Se trata del segundo libro de la Poética de Aristóteles, que en la ficción de Eco es un volumen dedicado íntegramente al análisis de la comedia y la risa. Y lo hace porque, según apunta Daniel Villalobos, “al ser obra de Aristóteles, ese libro le habría conferido a la risa un aura de respeto intelectual de alcance insospechado. La habría sacado de su lugar tradicional –la fiesta, la borrachera, la taberna, la mesa del campesino al final del día–, para convertirla en una herramienta contra aquello que Jorge de Burgos considera la piedra fundacional de la iglesia: el temor de Dios y el miedo al infierno”. 

El reportero de guerra, escritor y cineasta Hernán Zin publicó hace algunos años una novela de humor titulada Querida guerra mía que, según dijo, le salvó la vida pues fue un acto de terapia después de años dedicados a mostrar al mundo las víctimas de la guerra. Defendía el humor porque toda experiencia humana se puede contar desde ese prisma y explicaba cómo cuando llegó a Gaza vio que “los primeros que tenían un humor negro que no te lo puedes creer son los palestinos. Cuando ves tanta desolación, o te ríes o te matas”. 

En su ensayo Humor, Terry Eagleton explica que los chistes se rebelan contra la tiranía de lo que Freud llama el principio de realidad, y que al hacerlo nos proporcionan una especie de satisfacción infantil, pues nos retrotraen a un estado que precede a las divisiones y precisiones, celosamente reforzadas, del orden simbólico, permitiéndonos arrojar por la borda la lógica, la coherencia y la linealidad cronológica. Vamos, que el humor es para los adultos lo que el juego para los niños, una liberación del despotismo del principio de realidad al que estamos sometidos.

Hace unos días contaban en una tertulia radiofónica de dibujantes gráficos este chiste:

“Van dos cazas rusos hacia Ucrania y le dice uno a otro: Ya verás la que nos va a caer en twitter”. Fino humor negro, actualísimo, sobre el que luego hicieron algunas consideraciones en las que no reparé, conmocionado por el destello del chiste.

Yo estos días me acuerdo a menudo del absurdo de la guerra contada por Gila. Especialmente de ese pasaje cuando llama a la fábrica de armas para decirles que el submarino que le han enviado “de color está bien, pero no flota (…) ¡ah! ¿Que era un barco? Pues eso se avisa, ¡con lo que nos ha costao hundirlo!”.

(… mientras veo esos carros blindados rusos camino de Kiev).

ALFONSO SÁNCHEZ

3 comentarios en «Humor en tiempos de guerra»

  • el 22 de marzo de 2022 a las 2:17 pm
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    La risa te libera… corran los tiempos que corran. Gracias Alfonso!

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  • el 24 de marzo de 2022 a las 7:40 pm
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    Muy bueno este artículo y en el momento más oportuno. Y que bien recordar a Gila, ese filósofo con el que tanto nos hemos reído. El humor negro nos libra del sufrir en exceso.

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