Las mil voces

En el ocaso de su vida, Gustav Mahler quiso rendir tributo a la vida que había llevado, plena de éxitos y experiencias, dar gracias a la creación con alegría, y agradecer a Dios la magna obra que había nacido de su mano. Y todo ello lo plasmó en una de las sinfonías más espectaculares que jamás se hayan escrito, la Sinfonía número 8 en mi bemol mayor.  Comenzó a pergeñar la idea en una casita de retiro que el compositor tenía en la localidad austriaca de Maiernigg en el año 1906 y tardó sólo seis meses en finalizar la partitura.

La casa en Maiernigg, a la orilla sur del lago Wörthersee en Carintia, donde Mahler compuso su 8ª Sinfonía

A diferencia de las sinfonías convencionales, esta obra no está dividida en movimientos, sino en partes. La primera se basa en un texto latino de un himno cristiano del siglo IX para Pentecostés, concretamente en Veni Creator Spiritus. La segunda parte que tiene como base las palabras finales del Fausto, de Goethe.

Se trata de una obra de gran envergadura, pues el autor la pensó para una gran orquesta y coro. Es la primera sinfonía que introduce la voz en todos los movimientos, con lo cual, la presencia del coro tiene que ser un atractivo cargado de originalidad y protagonismo. 

Mahler en la Ópera Estatal de Viena, 1907 (Moriz Nahr)

Según la orquestación de la partitura llevada a cabo por el propio Mahler, en la ejecución de la obra se deben emplear cinco flautas,  cuatro oboes, corno inglés, seis clarinetes, cuatro fagots, contrafagot, ocho trompas, cuatro trompetas, cuatro trombones, tuba, piano, celesta, armonium, órgano, dos arpas, mandolina, glockenspiel (algo así como un xilófono), tres timbales, bombo, címbalos, gong, triángulo, campanas tubulares, aparte de la cuerda habitual. Además utiliza ocho trompetas y tres trombones, situados en varios puntos de la sala. En la parte vocal emplea como solistas a tres sopranos, dos contraltos, un tenor, un barítono y un bajo, coro infantil y dos coros completos.

Tal es la magnitud de la ejecución de la obra, que los críticos de la época comenzaron a llamar a esta sinfonía “la de las mil voces”, algo que al propio Mahler le disgustaba.

Su estreno tuvo lugar en Munich en el año 1910, concretamente en la sala de conciertos construida con ocasión de la Exposición Universal que se desarrolló en aquel año en la ciudad alemana. El patio de butacas rebosaba intelectualidad, cultura, conocimiento y arte, pues en sus butacas se sentaron, entre otros, los  compositores Richard Strauss y Camile Saint Saëns, los escritores Thomas Mann y Stefan Zweig o el director de orquesta Leopold Stokowski, quien estrenaría la obra en Estados Unidos años después. 

Las críticas fueron desiguales. Para unos, Mahler había logrado su objetivo y la obra era un canto a la redención a través del poder del amor. Para otros, el compositor había firmado obras mejores y ésta estaba un poco hinchada y carecía de la fuerza que el autor había querido imprimir sin conseguirlo.

Gustavo Dudamel (foto: Mark Hanauer)

Tal como fuere, la obra no se proliferó en las salas de concierto tal y como se esperaba durante el siglo XIX. Sin embargo, a partir del año 2000 la 8ª sinfonía de Mahler se programa en multitud de conciertos, a pesar de las dificultades que entraña ejecutar la obra con tantos músicos y cantantes sobre el escenario. El ejemplo más palmario lo encontramos en el concierto que el director de Orquesta, el venezolano Gustavo Dudamel ofreció en el Shirne Auditorio de Los Ángeles el 4 de febrero de 2012. Más de 1.020 ejecutantes, entre músicos y coro formaron parte del elenco. Dudamel unió la Orquesta  Simón Bolivar, que aportó 99 músicos con la Filarmónica de Los Ángeles, que agregó a 91. Reunió a 16 coros con un total de 818 voces más ocho solistas. Se instalaron 18 sobretarimas para dar cabida a todos los ejecutantes y hubo que desmontar tres filas del patio de butacas del teatro para poder ampliar el  escenario de tal forma que los músicos pudieran estar cómodos frente a sus atriles.  Dudamel hizo realidad el sobrenombre de la Sinfonía, la de las mil voces, mal que le pesara al propio Mahler. Y es que una vez que la obra se compone, su ejecución pasa a merced de los directores de orquesta, que para eso están, aunque alguno no sepa muy bien cuál es la función de ese señor o señora que se sube a un podio y, varita en mano, se dedica a dar instrucciones a los que están sentados que  no le quitan ojo.

GABRIEL SÁNCHEZ

La orquesta Sinfónica Simón Bolívar dirigida por Gustavo Dudamel interpreta la Sinfonía No. 8 de Gustav Mahler en 2013.

Gustavo Dudamel explica en este trailer sus impresiones sobre el concierto que dirigió en 2012:

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