Una musa fantástica, pero algo «colocada»

Retratos de Héctor Berlioz y Harriet Smithson

Tienen los artistas extrañas maneras de invocar a las musas. Unos lo hacen contemplando un paisaje, otros desde la meditación tras la lectura de un libro. Algunos prefieren el paseo solitario a modo de soliloquio para llamar la atención y que el arte anide en su cabeza para plasmarlo de la mejor manera. Y otros, pues otros recurren a métodos menos ortodoxos pero, sin duda, eficaces. 

Un cigarrillo –confieso que muchas veces he buscado elementos para componer mis textos periodísticos a través de la bruma de mis Ducados–, una copa de licor, un canuto…o algo más. 

Y así se compone una obra maestra que perdura por los siglos de los siglos. ¿Y si cambiamos el canuto por algo un poco más duro? Pues también.

Harriet como Ofelia

Harriet Smithson tenía encandilado al joven Héctor Berlioz desde que la vio actuar en un teatro parisino. Interpretaba nada más y nada menos que a la Ofelia de Shakespeare. Y el músico se encaprichó con ella. Berlioz había llegado a París en 1821 para estudiar medicina, siguiendo la tradición familiar. Pero en la capital decidió cambiar las salas de disección de la facultad por los teatros y salas de concierto porque su verdadera vocación era la música. Gran disgusto para la familia que decidió cortarle la asignación económica que mensualmente recibía desde su Grenoble natal para que estudiara. Sin blanca, comenzó a ganarse la vida cantando en un coro y dando clases de música a jóvenes con voluntad de aprender. Víctor Hugo y Eugene Delacroix eran sus compañeros de correrías en un París que se preparaba para la revolución romántica.

Enamorado como estaba de la bella Harriet le comunicó a su familia la intención de contraer matrimonio con la actriz. Nuevo disgusto familiar: no aprobaban la unión de un joven de la alta burguesía francesa poco menos que con una titiritera, por mucho Shakespeare que interpretara. La negativa causó hondo pesar en el músico que intentó suicidarse. Pero no lo consiguió y, tras su recuperación, obtuvo una de sus más preciadas aspiraciones: el Premio de Roma. Una beca que le permitía estudiar en la capital italiana, epicentro del arte europeo. Y allí se trasladó su cuerpo; pero su pensamiento seguía en París, al lado de Harriet. En la capital italiana recurrió al opio para intentar olvidar o para acercarse más a ella, a juzgar por el resultado de sus sesiones placenteras a base de la droga narcótica. Y en ese estado de gracia comenzó a componer la que sería su obra maestra y máxima representación del romanticismo musical francés: su Sinfonía Fantástica. Tenía 27 años.

La Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz tiene como argumento su vida personal. Su partitura describe a un joven músico que en un exceso de desesperación amorosa se envenena con opio. La droga le sumerge en un extraño sueño al que acompañan visiones, entre ellas la de su amada. Es lo que el autor denomina idée fixe. La idea fija que simboliza la amada se convierte  en el hilo musical que unifica todos los  movimientos, aunque aparecen en distintas armonías, ritmos, metros, tempos, dinámicas o registros. Pero la idée fixe recorre toda la Sinfonía,  recordándonos por quién y para quién está compuesta. Hasta entonces, ninguna sinfonía pasaba de los cuatro movimientos, a excepción de la Pastoral (la Sexta) de Beethoven. Berlioz introdujo cinco movimientos: Sueños y pasiones, Un baile, Escena en el campo, Marcha al suplicio y Sueño de una noche de aquelarre. Se estrenó en Paris el 5 de diciembre de 1830 en la sede del Conservatorio y bajo la dirección de François-Antoine Habeneck. Todo un éxito. Tanto que el propio Franz Liszt realizó una transcripción de la sinfonía para piano en 1833. 

Leonard Bernstein

Leonard Berstein describió la sinfonía como “la primera expedición musical a la psicodelia”, debido a su naturaleza alucinatoria y soñadora. Y continua el maestro norteamericano: “Lo cuenta todo tal y como es. Haces un viaje y terminas gritando en tu propio funeral”.  Para que aprendan los hippies y los inventores del LSD. Siempre hay alguien que se te adelanta.

¡Ah! Que no se me olvide: Berlioz se casó a su vuelta de Roma con Harriet Smithson en 1833, cuando su Sinfonía Fantástica, esa que ella había ayudado a componer desde la distancia geográfica, pero en la proximidad del sueño alucinógeno, se escuchaba en todas las salas de concierto de Europa. Si fueron felices y comieron perdices lo dejo en manos de sus biógrafos. Pero la idée fixe no hay quien nos la quite de nuestro fonógrafo. 

GABRIEL SÁNCHEZ

Sinfonía Fantástica, con la Orquesta Nacional de Francia bajo la batuta de Leonard Bernstein:

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