No sabe, no contesta

El presidente castellano-manchego tiró del viejo refrán que dice: “cuando el demonio no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo”, para referirse a las declaraciones del ministro de Consumo sobre la calidad de la carne de macrogranja, que tanta polvareda han levantado. No es mi intención incidir ni en la ya extenuante polémica ni sobre el análisis bíblico que hacíamos la semana pasada del asunto, aunque los términos demonio y carne nos resulten tentadores para seguir por ahí. Me referiré a la polémica solo para ilustrar una reflexión. Más que nada, por matar moscas…

Algunos medios de comunicación han aprovechado el debate abierto para preguntar sobre si el ministro Garzón debía o no dimitir, si tenía razón o no en lo que dijo. En una rápida búsqueda por Google aparecen tres resultados de medios conocidos para el público. El Diario de Valladolid preguntó si debía dimitir o no el ministro y el 52,53% respondía que no, frente a un 47,47% que opinaba que sí. Favorable al ministro también resultó el sondeo realizado en La noche en 24 horas, de TVE, pues el 68% por ciento de los que votaron avaló sus palabras, mientras que el 32% se pronunció en contra. Por el contrario, el sondeo de Onda Cero registró un resultado desfavorable para el titular de Consumo, con un 63,74% a favor de que dimitiera y el 36,26% en contra. Obviamente, son sólo sondeos (no confundir con encuestas amplias, de largo alcance) con un campo reducido a los ciudadanos que se asomaron a esos medios en un momento determinado y se tomaron la molestia de contestar a la pregunta que se les planteaba. De hecho, si se observan los resultados, las cifras cuadran el cien por cien en la suma de las respuestas a favor y en contra. En esos sondeos rápidos no hay espacio para los del no sabe, no contesta, la casilla del Ns/Nc.

Vaya por delante cierto asombro por mi parte ante las encuestas de opinión en general, y la lectura que se hace de sus resultados, ya que suponen, con su propia existencia, que cualquiera de nosotros tenemos una opinión disponible; mejor dicho, que podemos producir una opinión sobre cualquier pregunta que se nos haga en un plisplás. Presumen que cualquiera de nosotros contamos con la prodigiosa agilidad mental de un tertuliano. ¡Ya quisiéramos! No, lo que solemos hacer generalmente es repetir opiniones que previamente habíamos escuchado.

El sociólogo Pierre Bourdieu ya advertía que, “en las situaciones en que se constituye la opinión, en particular las situaciones de crisis, las personas se hallan ante opiniones constituidas, ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos”. No es osado, por tanto, pensar que en el ejemplo que manejamos, los sondeos sobre la dimisión del ministro Garzón, estaríamos no tanto ante una opinión propia de los que contestaron como frente a una adscripción a un grupo, por lo que tampoco sería descabellado deducir que los que se pronunciaron en las encuestas de Onda Cero y el informativo nocturno de TVE, por ejemplo, tienen un perfil diferente de simpatía de unos grupos u otros. Bourdieu lo define como “el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos”. Esta situación sería, por tanto, comparable a la de una votación electoral donde el individuo va a expresar, en el aislamiento de la cabina, una opinión aislada. Siguiendo el símil, tras el recuento electoral nos informan de la adscripción de los votos, pero también de los votos en blanco y de los votos nulos. Y, sumados todos, obtenemos el número de abstenciones. En las encuestas, estos tres grupos corresponderían grosso modo a los que no saben, no contestan. De algún modo se unen a los nulos pues inútiles son a efectos de la encuesta.

Pues bien, en estos tiempos que vivimos de ininterrumpidas campañas electorales y proliferación de encuestas; en esta época de sentimientos políticos en vez de razonamientos, y añadida la polarización reinante, la frase de Bordieu, “definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos”, cobra plena actualidad. Un agobio. Opinar de todo ¡y sin cobrar! Confieso mi agotamiento. Cada día con más fuerza me tienta la idea de mudarme durante una temporada a la casilla de los Ns/Nc. O sea, guardar silencio y dar con la puerta en las narices a los encuestadores, sean profesionales o vecinos que te preguntan a las primeras de cambio ¿qué le parece que Sánchez… o has oído a Casado decir que…?

En la casilla del Ns/Nc presumo que hay de todo. Los que saben, pero dicen que no saben porque no quieren revelar su respuesta, los que saben y, por la misma razón, no quieren contestar, los que no contestan porque no saben, pero no quieren que se sepa su ignorancia… y así. Gente que guarda silencio. Apáticos, antisistema, autistas políticos, guasones… un caleidoscopio humano. Tienta la idea de pasar un tiempo con gente así, impenetrable, callada, a la que tu opinión le importa poco, que prefiere que te la guardes.

Tan mal visto está hoy mostrar indiferencia sobre ciertos temas en boga, y qué decir de las opiniones sospechosas de equidistancia, o la mera contradicción, que es característica humana, o la boutade como arma elusiva y festiva; tan difícil es no crear malestar en otros si opinas, que uno siente la tentación de no contestar si piden tu opinión, guardar silencio. Aunque cueste.

Sobre los que no contestan, el sociólogo francés Jean-Claude Passeron dejó una frase memorable: “La no respuesta es el lugar de encuentro de todas aquellas respuestas que no están contempladas en la pregunta, por lo que no es una alternativa como las demás”. Es otra dimensión, me digo. Un no-lugar que merece ser explorado.

Postdata: 

No hay duda de la utilidad de las encuestas en un sistema democrático. Nadie lo discute y pensar que se nos pueda manipular permanentemente no es mas que otra forma de paranoia, pero es natural que sospechemos que políticos y grupos de interés busquen a menudo formar los estados de opinión con métodos de marketing, operaciones de prensa y otros métodos propagandísticos, lo que da margen a una peligrosa tendencia a adaptar la oferta (promesas electorales) a las demandas de la población, convirtiendo al político en un producto y al ciudadano en ávido consumidor de un liderazgo que deberá saciar sus demandas.

                                                                                                             ALFONSO SÁNCHEZ

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