Cuando se apagan las candilejas

Josephine Baker

-Buenas tardes, señora. Soy Michel, el carnicero de Les Milandes. Le llamo para decirle que su pedido llegará esta misma tarde. ¿Quiere que se lo acerque o vendrá usted a buscarlo?

-Gracias, Michel. Yo me pasaré a recogerlo. Buenas tardes.

Corría el año 1940. Los habitantes del Sur de Francia contemplaban atónitos e impotentes cómo el ejército alemán había invadido Francia  y se delimitaba la zona ocupada y la denominada Francia Libre. Dos territorios dentro de una misma nación con fronteras infranqueables. El Sur del país, en principio, quedaba fuera de la férrea jurisdicción nazi, pero sometida a los rigores de una situación incierta, con líderes nacionales, provinciales  y locales que no se sabía si trabajaban como colaboracionistas de los invasores o habían adquirido el firme propósito de liberar a Francia de la pesada, dramática y sangrienta cruz gamada.

En el Château de Les Milandes se esperaba la llegada de un personaje clave en el conflicto bélico. La contraseña dada por el carnicero –si es que era verdaderamente carnicero, lo cual era de muy dudosa credibilidad— confirmaba la previsión que se había hecho en tiempo y forma. La anfitriona lo anunció inmediatamente a sus invitados.

-El general De Gaulle llegará esta misma tarde. Preparen todo para la reunión, porque mañana mismo parte para Londres.

Corría el mes de junio de 1940 y en el Château la actividad era frenética. La más importante organización de inteligencia francesa, la Deuxieme Bureau, utilizaba la mansión, situada en el sur de Francia para establecer contactos, almacenar armas, mantener reuniones y recibir instrucciones de los líderes que luchaban desde hacía más de un mes contra la invasión alemana. Las especiales características del entorno, el enclave, lejos de las trincheras y los centros de poder y la personalidad y el carisma de la anfitriona –La perla negra—hacían de Les Milandes el lugar idóneo para organizar la resistencia, formar cuadros, preparar estrategias y transmitir mensajes acá y allá. A fin de cuentas, la casa siempre estaba llena de invitados de distinta procedencia, las fiestas eran habituales, las veladas se prolongaban hasta bien entrada la madrugada y nadie sospecharía de que, detrás de esos muros altos de piedra, se intentaba plantar cara al enemigo de todas las maneras posibles.

La perla negra se había comprometido en 1939 con la causa. “Francia es mi país de acogida. Me ha tratado mejor que mi propia cuna y a Francia le debo todo. Cuenten conmigo para trabajar por la libertad”. Esta afirmación, tan contundente como sincera, le permitió a Jaquqes Abtey, jefe del Deuxieme Bureau proponer a la más famosa cantante, bailarina y exhibicionista que había pisado  un escenario francés para labores de inteligencia y espionaje. Desde el primer momento, el compromiso de la diva con la causa fue absoluto. No había fiesta ni recepción en embajadas de los países que constituían el eje a la que no asistiera. Se llevaba de calle a diplomáticos, militares, asesores, alto cargos de la administración, admiradores todos de sus encantos, su simpatía, su desparpajo dentro y  fuera de los escenarios y, sobre todo, su arte, su calidad como cantante, desinhibida,  mordaz, provocadora… ¿Quién iba a pensar que un personaje con esa dosis tan elevada de frivolidad trabajaba en sus ratos libres como espía?

Se enteraba de todo o de casi todo. Las palabras clave de sus pesquisas las anotaba en las partituras y las hacía llegar, como si de material de trabajo se tratara, a los comandos que preparaban acciones contra las fuerzas del eje. Apuntaba en el forro de sus mangas las frases más significativas que había logrado sonsacar a los gerifaltes alemanes, italianos, japoneses, austriacos con los que conectaba en las reuniones a las que era invitada –o se hacía invitar–, llenas de glamur, champán y música. De vez en cuando no podía resistirse y regalaba a los reunidos una canción, seguramente pensando que ése era el pago por la información obtenida, aunque ellos no supieran por qué recibían el regalo. 

En 1941 se le recomendó salir de Francia. Y no se lo pensó dos veces: viajó a Marruecos, pero siguió realizando actividades en pro de la liberación del país. Aquejada de peritonitis tuvo que ser ingresada en un hospital marroquí. Alrededor de su cama organizó una reunión entre miembros de la resistencia francesa y delegados norteamericanos que diseñaron delante de ella la “Operación Antorcha”, la llegada del ejército norteamericano, comandado por el General Pattón al norte de África.

Pero, ¿quién era esa mujer, protagonista de una doble vida y cargada de tal personalidad que era imposible no sucumbir a sus encantos?

Josephine Baker

Freda Josephine McDonald había nacido en Saint Louis, Missouri, en 1906. Cuando su padre abandonó a la familia, la niña de 8 años se puso a trabajar de criada –criada negra—en casa de una sureña déspota y maltratadora. Para salir del infierno, la joven Josephine se casó a los 13 años. Su matrimonio duró sólo unos meses. Pero no escarmentó. A los 15 volvió a casarse con un guitarrista de blues, Willie Baker, de quien se divorció también poco después, conservando  sólo de esa unión el apellido del marido que le daría fama mundial.

Bailando por las calles de Saint Louis de una manera atrevida, sensual, con ritmo y gracia, atrajo el interés del público. Alguien se la llevó a Brodway donde trabajó como corista en las revistas de la época. Y de allí, a Europa en una gira que debía llevar a la troupe por distintos países. Pero Josephine se quedó en Paris. Se le ofreció un contrato para trabajar en las salas de moda de la capital francesa. El éxito llamó a la puerta de su camerino muy pronto. Moulin Rouge, Folies Bergère… Todo Pigalle se rindió a sus encantos, a su particular forma de bailar e interpretar. Incluso tuvo su propio local, Chez Josephine , que cada noche congregaba a la flor y nata de la sociedad parisina de la década de los 30, del mismo modo que su mansión en el Sur de Francia congregaba los miembros de la Resistencia francesa para crear el germen contra la invasión alemana. 

Volvió a Francia con el grado de teniente del ejército y luciendo en su pecho la Legión de Honor y la Medalla de la Resistencia. Su discreción hizo que las dos condecoraciones no brillaran más que las lentejuelas que cada noche adornaban su cuerpo como si fuera una Venus de Ébano. El pasado 30 de noviembre, Josephine Baker hizo de nuevo historia al ingresar, casi medio siglo después de su muerte, en el Panteón de París, un lugar reservado para las grandes personalidades de la historia de Francia.

GABRIEL SÁNCHEZ

Maravillosa escena de uno de los musicales con Josephine Baker en La revue des revues, película de 1927 dirigida por Joe Francis.

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