El musical perpétuo

WEST SIDE STORY

Si cuatro son los principales protagonistas de West Side Story, los que soportan el peso de toda la obra –María, Tony, Bernardo y Anita-, cuatro son también los autores de uno de los musicales más famosos de toda la historia. A saber: Jerome Robbins, director y coreógrafo, Arthur Laurents, el autor del libreto, Stephen Sondheim, el compositor de las letras de las canciones y Leonard Berstein, el músico que con sus partituras ha perpetuado la obra. Y los cuatro tenían una característica en común: eran judíos.

De izquierda a derecha George Chakiris, Rita Moreno, Natalie Wood y Richard Beymar, en los papeles de Bernardo, Anita, María y Tony para la producción cinematográfica de West Side Story
De izquierda a derecha, Stephen Soundheim, Leonard Berstein, Arthur Laurents y Jerome Robbins

En 1949, Robbins comenzó a darle vueltas a una idea: llevar hasta los escenarios de Nueva York, la historia de Romeo y Julieta, ambientada en la época. Dos familias rivales que no son capaces de frenar el amor impetuoso que nace entre dos jóvenes de raíces opuestas y que acaba en tragedia. Y diseñó una idea que transmitió a los componentes del equipo que debía dar forma, voz y música a la iniciativa del coreógrafo: la pugna entre católicos procedentes de Irlanda, asentados en los Estados Unidos, y judíos, una religión que proliferaba en toda la nación y que había sido capaz de adentrarse en todos los estamentos sociales. A partir de ahí, a trabajar, señores, les dijo Robbins a sus colaboradores. Pero Leonard Berstein se negó a participar en el proyecto. No consentía que se relacionara la religión judía con odio, violencia, sexo y tragedia. Y abandonó el grupo. Idea y libreto quedaron muertos en un cajón durante seis años. 

Un lustro después, el clima del país había cambiado. El fenómeno migratorio era una realidad y latinos asentados en el Nueva York de la época (italianos fundamentalmente) se las tenían tiesas con una nueva generación, inmigrante como ellos, pero de aspecto más rudo y tez más morena que acudían a la gran ciudad en busca de una vida más agradable que la que tenían que soportar en sus lugares de origen que, aún perteneciendo a los Estados Unidos, era despreciados y considerados ciudadanos de segunda, tercera o cuarta clase: los  oriundos de la isla de Puerto Rico. 

Y se decidió cambiar a los protagonistas y sus procedencias: la pugna sería entre portorriqueños e italoamericanos. Berstein aceptó el reto. Músico y letrista se pusieron a trabajar con el fin de crear un musical único, nunca visto, atrevido, hiriente, salvaje que sirviera, incluso, para remover conciencias en el patio de butacas. Leonard Berstein conocía bien la música latina. Su esposa, Felicia Montealegre, era de Costa Rica. Trabajaron y trabajaron durante más de un año para crear el musical. Pero dos cuestiones quedaban pendientes.

¿Quién iba a financiar la obra? Violencia y sexo eran argumentos nunca vistos en Brodway. Además, dos de los padres del musical, Leonard Berstein y Arthur Laurents, estaban en las “listas negras” de Hollywood por sus vinculaciones con movimientos sociales y políticos de izquierdas. De hecho, Berstein fue considerada por el FBI “persona de interés” en la década de los 40. Violencia, sexo, comunistas… ¿Quién iba a invertir en semejante proyecto? Al final, dos atrevidos empresarios, Hal Prince y Robert Griffith se comprometieron a financiar la obra. Prince recordaría más tarde la primera vez que escuchó la música: en casa de Berstein. “Tocaba el piano muy fuerte porque estaba nervioso. Stephen Sondheim puso la voz. Cuando terminaron, ya sabía que iba a participar en la financiación. Me llevó 24 horas buscar el dinero”.  Salvado el obstáculo más arduo, faltaba sortear el segundo: el casting.

De izquierda a derecha Stephen Sondheim, Arthur Laurents, Hal Prince, Robert Griffith, Leonard Bernstein y Jerome Robbins durante un ensayo de la producción teatral de West Side Story en 1957 (The New York Public Library-Digital Collection)

Berstein se negó a dar protagonismo a voces famosas, con prestigio, que atrajeran público y que le dieran un tono demasiado operístico. Los protagonistas eran muchachos inmaduros, poco cultivados, vivían y aprendían en la calle. Era necesario jóvenes e inexpertos cantantes con voces poco educadas para que la historia fuera real. Y se encontraron los personajes que cuadraban con el papel.

Hubo preestreno antes de viajar a Brodway. El 12 de agosto de 1957 West Side Story se estrenó en el National Theatre de Washington. Tan desconocidos eran los artistas que interpretaban la obra que en los carteles originales donde se anunciaba el musical se leían mucho más grandes los nombres de los autores del libreto, la música y la coreografía que los de los cantantes. 

Después del estreno, los cuatro autores de la obra reconocieron que el espectáculo que habían creado tenía muy pocas posibilidades comerciales. “Como mucho, dijo Laurents, estaríamos en cartel durante tres o cuatro meses”. Desde luego, la profecía no era su fuerte…

GABRIEL SÁNCHEZ

Una composición de David Fletcher de la producción original de West Side Story (1957).

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