El crepúsculo premonitorio

BERLÍN, 1945 (I)

Sala de Música de la Filarmónica de Berlín, 1945

-Es su última oportunidad. Si Goebbels o Borman llegan a enterarse de que están inactivos, los van a mandar a los wolksstum como carne de cañón. Y eso no lo puedo consentir.

-No tenemos nada. El director se ha marchado, la sala de conciertos ha sido destruida, faltan la mitad de los músicos porque están en el frente o muertos. Casi toda la ciudad está sin luz, si no derruida. La población huye en desbandada. Los rusos están a 50 kilómetros, los aliados, a 200. Estamos cercados. ¿Qué concierto quiere usted que organicemos?

-La música no ha hecho la guerra, ni la ha ganado, ni la ha perdido. Hay que seguir manteniendo ese espíritu vivo; los ciudadanos aún necesitan ese soplo de aire sin contaminar. La música debe estar por encima del ruido de las bombas, de los obuses, del estruendo que se escucha cada vez que se derrumba un edificio. Déjelo de mi cuenta. Usted, reúna a los músicos.

Albert Speer

Albert Speer, ministro de Armamento del III Reich, intentaba transmitir un cínico optimismo al concertino de la Filarmónica de Berlín en un encuentro casi fortuito a las puertas de la sala de conciertos o por ser más concretos entre las ruinas de aquella sala que gozaba de una envidiable acústica, que había acogido memorables actuaciones de la más importante orquesta sinfónica de todos los tiempos y que había sido escenario de las representaciones operísticas más exquisitas. Todo había sucumbido ante la violencia inexorable de la guerra. Entre los cascotes, aún se podían ver fragmentos de decorados, astillas descoloridas que ayer formaron parte de un puente, las almenas de un castillo o un prado verde esplendoroso. Jirones de terciopelo que un día fueron telón, ennegrecidos por el humo y el fuego, se mezclaban con los hierros retorcidos que sirvieron de armazón para las butacas de la platea de aquella catedral de la música convertida en muladar.

Speer, que además de ministro había sido el arquitecto de Hitler, el hombre que diseñó el Berlín de posguerra, aquel proyecto megalómano que pretendía hacer de la capital alemana un compendio de las siete maravillas del mundo, se comprometió con el músico, que no hacía más que negar con la cabeza cada una de las atrevidas propuestas del ministro, a dotar de medios a la Filarmónica para que el concierto fuera una realidad:

-Haré todo lo posible porque haya luz; utilizaremos la sala Beethoven que aún sigue en pie. No es muy grande, pero servirá para la ocasión. Busque a los músicos y nos vemos en mi despacho en tres días.

Winhelm Furtwängler
Johannes Schüller

Pudo componerse una maltrecha orquesta, carente de ejecutantes con experiencia; las partituras habían desaparecido de los archivos del edificio que había albergado hasta 1944 la sede de la Filarmónica. Las pocas que quedaban estaban arrugadas, requemadas por los bordes, apenas podían leerse porque las notas se mezclaban en el pentagrama con manchas oscuras o estaban agujereadas. Se hizo acopio de las que sobrevivían en las casas particulares de quienes habían formado parte de la prestigiosa formación musical y que en ese momento estaban desaparecidos. Hubo que buscar un director, pues el titular, Winhelm Furtwängler, había huido a Suiza para desvincularse por completo del régimen nazi, que había intentado captarle para sus misiones propagandísticas culturales. Al negarse en reiteradas ocasiones a colaborar, había sido señalado y puesto en el punto de mira de las autoridades germanas por desafecto.

Al final se encontró un director que acarreara con la responsabilidad de dirigir a ese engendro de Filarmónica que se estaba gestando. Johannes Schüller fue en encargado de blandir la batuta y marcar los tiempos. 

Cuando todo estaba listo, el concertino se dirigió al despacho del ministro y le puso al corriente. La velada se celebraría el día 12 de abril y daría comienzo con el concierto para violín de Beethoven. Él mismo actuaría como solista; después, la Sinfonía Romántica de Anton Brukner y para terminar el Götterdämmerung (El crepúsculo de los dioses, de Wagner), como si de una siniestra premonición se tratara.

El último concierto del desmoronado III Reich se celebró el 12 de abril de 1945

El público acudió en masa. Sólo había luz en el escenario y las velas alumbraban tristemente el patio de butacas. Nadie se quitó el abrigo durante el concierto. Las puertas cerraban mal, había ventanas sin cristales, oquedades en alguna pared del hall de entrada, boquetes en los pasillos que conducían a los camerinos… El frío en el abril berlinés tiene forma de cuchillo afilado. Pero lo más triste de todo fue ver a aquellos espectadores, preocupados, serios, nostálgicos, sabedores del final que les esperaba en tan sólo unos días. Por eso, y para paliar tanta desesperación e incertidumbre, jóvenes pertenecientes a las Juventudes Hitlerianas se apostaron a la salida en la puerta de la sala Beethoven y ofrecían cápsulas de cianuro a los asistentes que acababan de presenciar al verdadero crepúsculo que se cernía sobre Alemania.

GABRIEL SÁNCHEZ

Escena final del Crepúsculo de los dioses, de Wagner, interpretado por la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Lorin Maazel:

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