Contra el olvido que seremos, volver la vista atrás

Los caminos por los que te lleva la lectura son, a menudo, sorprendentes. Si eres de los que piensa que las casualidades merecen ser observadas con atención, por si no siempre lo fueran, tienes mucho entretenimiento ligando unos sucesos de aquí y de allá con otros, presentes o pasados. A veces se entrecruzan los sueños con las lecturas, o las noticias con el cine; te enredas concatenando fenómenos que parecen unidos por hilos invisibles, indescifrables, a los que intentas poner orden y descubrir una lógica interna. A mí me pasa a menudo. El último ejemplo es reciente, se podría decir que habla de Colombia, o de la China de Mao. Pero quizá sea del amor paterno filial, o de la vorágine de la Historia, que nos atrapa. No sé bien a ciencia cierta. Puede ser la razón de este artículo: comprobar ¿una vez más? que las casualidades no siempre son lo que aparentan. Raro, ¿no?

Raro, ¿no? titulaba Juan José Millás su columna en El País (12/3/21), que iniciaba con una reflexión sobre cómo la cantidad de libros que se editan puede provocar que se nos pase “un diamante literario”, para desvelar a continuación que el último diamante que había descubierto era la novela de Juan Gabriel Vásquez Volver la vista atrás. Había que leerla, pensé de inmediato, pues uno a Millás le ha dado siempre mucho crédito. Compré la novela y quedó a la espera de terminar otras lecturas ya iniciadas.

Sergio Cabrera

La novela en cuestión relata la extraordinaria vida del cineasta colombiano Sergio Cabrera y su familia; sus padres, Fausto y Luz Elena, y su hermana Marianella. Una historia que comienza en la guerra civil española y el exilio de un grupo de perdedores, con Fausto niño, que pasa luego por Colombia, por una larga estancia, y militancia, en la China de Mao, en plena Revolución Cultural, para regresar de nuevo a Colombia y a la guerrilla del Ejército de Liberación Popular, de inspiración maoísta. Un periplo alucinante en el que también hay un lugar para el teatro, el cine, el amor, la muerte simbólica y real del padre, la resurrección del hijo… 

Explicaba el autor de la novela, en una entrevista publicada recientemente, que la historia de Sergio y su familia es una metáfora de parte de la historia del siglo XX, y de la historia de todo un continente, América Latina. Leída en Europa, apenas nos recuerda las disputas entre estalinistas y maoístas, mucha discusión, poco riesgo. Aunque tiene un parentesco no muy lejano con la historia de los fanatismos religiosos y políticos europeos; hay muchos referentes ahí. De eso va la novela. No son los personajes reales, de carne y hueso, los que atraviesan la historia, más parece que es la historia la que les atraviesa a ellos con su lanza acerada e indiferente, cobrándose víctimas. 

Sergio Cabrera, al fondo a la derecha y sin gorra, en una comuna popular china 1967 (detalle de foto aparecida en el libro de Alfaguara)

Volver la vista atrás habla de la Revolución y su devenir en una historia de guerrilla y violencia, de vidas arriesgadas, vidas rotas, consignas, creencias y bajas mortales. De China y de Colombia. Del 68, que en Europa fue, principalmente, un debate ideológico en el seno del movimiento comunista, menos arriesgado que en América Latina y otras partes del mundo donde se transformó en el germen de la violencia guerrillera, condicionando durante muchos años la política en los países donde prendió. En España, aquel movimiento quedó en apenas un eco lejano y su influencia fue más bien escasa. Teníamos el huevo de la serpiente en otro nido.

Juan Gabriel Vásquez (WMagazín, foto Daniel Mordzinski)

Terminaba de leer la novela de Vásquez, dándole vueltas al maoísmo, archivado en la historia, pensaba yo, cuando me topé con un artículo en El País, firmado por Julia Lovell, con el inquietante título Xi Jinping y el renacimiento de Mao, donde pueden leerse párrafos como este: “En 1966, como instigador de la Revolución Cultural, Mao aseguró al pueblo chino que ‘era correcto rebelarse’. Movilizó a decenas de millones de chinos para que atacaran -con resultados a menudo letales- a la dirección del Partido Comunista”, lo que me hizo recordar cómo a través de los Guardias Rojos (lo fueron Sergio y su hermana Marianella,) se persiguió a miles de personas acusadas de revisionismo, o prácticas aburguesadas, cuando no de contrarrevolucionarios directamente. Lovell, que ha escrito un ensayo titulado Maoísmo, una historia global, advertía en su artículo de un renacimiento del maoísmo en la China actual, controlado por el actual mandatario, Xi Jinping.

En la novela de Vásquez, siguiendo con los hilos invisibles, se cuenta que Fausto Cabrales, actor, antes de embarcarse, y embarcar a su familia, en la aventura china, vivía en Bogotá donde tenía un programa de radio muy escuchado mientras creaba grupos de teatro experimental. En 1950 nació su hijo Sergio. En ese tiempo, leemos en la novela que “Fausto no tenía amigos, sino verdaderos compinches. Eran un médico, Héctor Abad Gómez; un periodista, Alberto Aguirre; un pintor, Fernando Botero, y un poeta, Gonzalo Arango. Todos eran veinteañeros; todos tenían ganas de hacer cosas importantes.”

Cuando leí ese pasaje no presté demasiada atención al listado de “compinches” de Fausto, salvo que en él figuraba el artista Fernando Botero, hasta que el domingo por la tarde, en el cine, mientras veía El olvido que seremos, la película de Trueba en la que Javier Cámara interpreta magistralmente al médico ¡Héctor Abad Gómez! caí en la cuenta. Un hilo invisible se mostró entonces haciendo evidente la conexión: el médico comprometido con la salud pública en Colombia y con la erradicación de la pobreza como la mejor medicina preventiva, el médico que oponía la razón a la superstición religiosa, el mismo al que mataron cuando decidió ser candidato a la alcaldía de Medellín, había convivido con Fausto Cabrera en Colombia en la década de los 50. Era el médico sobre cuya vida escribió una novela memorable su hijo Héctor Abad Faciolince. Ambos, el médico y el actor se rebelaron contra la injusticia. A uno lo mataron, el otro embarrancó en el camino del fanatismo.

En su nota de autor, Vásquez dice de Volver la vista atrás que “es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios”. Lo mismo podría haber escrito Héctor Abad de la novela que escribió para que la vida de su padre no quedara en el olvido, pues como dice Ford Madox Ford en el epígrafe escogido por Vásquez para la suya “… según nuestra visión de las cosas, una novela debería ser la biografía de un hombre o un caso, y toda biografía de un hombre o un caso debería ser una novela”.

El olvido que seremos toma su título de un verso de Borges, y su primera edición data de 2006. El título de Volver la vista atrás procede del conocido poema de Machado, y se publicó en España en febrero de este año, quince años después. Historias paralelas, pero no similares, atadas en el tiempo por lazos no siempre evidentes. ¿Raro? no. Solo pura literatura.

                                                                                         ALFONSO SÁNCHEZ

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *