Una invitación a los postres

Por aquella época, el cólera estaba haciendo verdaderos estragos entre la población europea. Y aunque es cierto que se cebaba más entre las clases más humildes, también la aristocracia sufría sus consecuencias. De nada servía la mente despejada para el arte, las iniciativas científicas, la magnitud de las obras arquitectónicas cuando se inoculaba la bacteria. Los gobiernos de todos los países dictaban normas y leyes para evitar el contagio y prevenir, en la medida de lo posible, su transmisión.

Piotor Tchaikovsky era el músico más reconocido de la Rusia zarista de la época. Sus conciertos para instrumentos solistas, las sinfonías y las composiciones para ballet recorrían todos los salones de Europa, habían cruzado a la América culta, y todas las orquestas incluían en su repertorio habitual las composiciones del músico de Votkinsk. De familia noble, su padre gozaba del reconocimiento de las más altas esferas del país, por su condición de médico de la familia real. Con esos antecedentes, Piotor fue enviado a estudiar a la Escuela de Jurisprudencia de San Petersburgo, donde se graduó como abogado, aunque su verdadera pasión desde siempre era la música. Alexandra, su madre, le había iniciado en el aprendizaje del piano desde muy niño, asistía a los conciertos programados con sus compañeros de promoción de la Escuela de Jurisprudencia y sus horas libres los dedicaba a la composición. La música, su verdadera vocación que no ocultaba en público. Pero había en la personalidad de Tchaikovsky otra tendencia que debía mantener en privado: su homosexualidad, algo que podía tolerarse entre las capas bajas, incluso entre las medias, siempre y cuando la actitud no fuera acompañada del escándalo. Pero imperdonable en un músico reconocido, admirado y encima con la vitola que le había otorgado su formación como jurista, en una promoción cuajada de abogados del Estado, letrados de altas instituciones y abogados de reconocido prestigio que tenían abiertos bufetes en Moscú y en San Petersburgo.

Para paliar las críticas y acallar a los intransigentes, Piotor decidió contraer matrimonio con una alumna del Conservatorio, Antonina Miliukova. La unión duró apenas unos días. Antonina terminó en una clínica psiquiátrica y Piotor huyó a Suiza. Hay quien dice que esta experiencia le marcó de por vida; otros opinan que la frustración le dio fuerzas y compuso después del desastre matrimonial algunas de sus mejores obras. Sea como fuere, el músico regresó a San Petersburgo y prosiguió su carrera musical. Allí conoció a un joven, Alexander, hijo del conde Stembock-Fermor, con quien inició una relación amorosa. La pareja fue sorprendida en pleno acto sexual por el padre del aristócrata, quien se apresuró en poner en conocimiento del zar la bajeza moral del compositor a través de una carta. La misiva no llegó a manos de Alejandro III, pues fue interceptada por un legislador, compañero de promoción de Tchaikowsky. Éste organizó una cena a la que convocó a todos los juristas que habían compartido aula con el músico. Y a los postres le explicaron el objeto de la cita:  la promoción no podía tener entre sus filas a un homosexual que enturbiara los éxitos profesionales de los prestigiosos juristas que figuraban en la misma orla. Había que poner fin de inmediato a esta deshonra. Y le acercaron un vaso conteniendo un brebaje compuesto de agua y arsénico. El compositor entendió el mensaje. Se levantó de la mesa y abandonó el comedor, llevándose consigo el regalo de sus compañeros. Tres días después, el 6 de noviembre de 1893, Piotor murió. Oficialmente, el cólera fue el causante de la muerte del compositor, nueve días después de haber estrenado su 6ª Sinfonía, la Patética, como toda su vida. Tenía 53 años.

Tchaikovsky descansa en el cementerio de Tíjvinskoye en el Monasterio de Alejandro Nevski en San Petersburgo. Junto a él reposan los restos de otros ilustres músicos como  Borodín , Glinka , Rimski -Korsakov, Balakirev  o Musorgski.

GABRIEL SÁNCHEZ

Una verdadera maravilla, 6ª Sinfonía, la Patética, de Tchaikovsky, con la Orquesta Mariinsky de San Pertersburgo, dirigida por el gran Valery Gergiev.

Un comentario en «Una invitación a los postres»

  • el 17 de mayo de 2021 a las 10:52 am
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    Qué dramáticos desenlaces de la hipocresía de la época con sus consecuentes víctimas, tanto de la esposa terminando en un psiquiátrico así como del envenenamiento, voluntario o no, de Tchaikovsky por sus inclinaciones sexuales. Gracias por compartir su música y la persona que hay detrás, Gabriel!

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