La última aparición en público

Beethoven (detalle del óleo de Joseph Karl Stieler) 1819

Hacía diez años que Beethoven no estrenaba una sinfonía. Paradójicamente, la octava se había oído antes que la séptima. Consciente del éxito que podía suponer su gran obra, Beethoven pensó en Berlín como escenario del estreno. Y así se lo hizo saber a sus amigos austriacos. Por aquel tiempo, se justificaba el músico de Bonn, Viena había caído bajo el influjo de la música italiana y las obras autóctonas gozaban de relativo prestigio. Además, consciente de su quebrada salud e intuyendo que tal vez la sinfonía sería una de las últimas piezas que saldrían de su privilegiada cabeza, justo era rendir homenaje a la patria que le había visto nacer.

Pero los consejeros austriacos le quitaron la idea de la cabeza y le aconsejaron estrenar en Viena. Así se hizo. El escenario, el Karmtnertheater; la fecha, el 7 de mayo de 1824. ¿Asistiría Beethoven al estreno? ¿Dirigiría la orquesta? ¿Cómo asimilaría la audiencia la introducción de un coro en una sinfonía? Todo contrariedades.

El Karmtnertheater, donde se estrenó la Novena (Grabado de la época)

Y el músico de Bonn decidió asistir al estreno. Hacía doce años que no aparecía en público, mitad por los achaques que padecía de continuo, mitad porque la sordera le había puesto en serios entredichos sobre el escenario. Había músicos que se negaban a tocar si la partitura la dirigía el sordo; otros aceptaban ser dirigidos por el compositor, siempre y cuando se hubiera ensayado la pieza más de una docena de veces, con lo cual la ejecución prácticamente salía sola. No eran estas las circunstancias actuales, pues la sinfonía sólo se había podido ensayar en dos ocasiones, debido a las dificultades para imprimir las copias. Es más: el último ensayo tuvo que realizarse con la tinta todavía húmeda, con el consiguiente riesgo de correrse por el pentagrama y convertir la partitura en un auténtico batiburrillo de símbolos ininteligibles.

Beethoven aceptó el reto, aunque cedió la batuta al director Michael Umlauf. Y éste, que había asistido al estreno de la ópera Fidelio, desastrosamente dirigida por el compositor, advirtió a los músicos: Beethoven se empeña en estar en el escenario con la partitura en la mano. No hagan caso de sus gestos y movimientos, síganme a mí, porque, si no, no sé cómo vamos a salir de ésta.

La sala estaba a rebosar. Nadie quiso perderse la aparición del maestro –pensando que tal vez sería la última—y la audición de su nueva obra. Y hay que reconocer que quien asistió al estreno vivió uno de los momentos históricos más importantes de cuantos se desarrollaron en Viena en todo el siglo XIX, sin exagerar.

Caroline Unger

El público aplaudía al final de cada uno de los movimientos. Pero Beethoven no se enteraba. Sentado a la izquierda del escenario, la partitura apoyada en un atril, parecía que quería tocar todos los instrumentos a la vez. Extraños espasmos movían su cuerpo, seguía el ritmo con el pie derecho y luego cambiaba al izquierdo, las manos revoloteaban por encima de su cabeza. En el cuarto movimiento abría la boca como queriendo asumir todas las atribuciones de solistas y coro. Menos mal que todos los ejecutantes estaban advertidos y rehuían mirar hacia el rincón donde el maestro vivía su intenso y personal momento.

Cuando llegó el final, el apoteósico final, el maestro todavía no había acabado de ejecutar la obra en su cabeza. Aplausos, gritos, vítores…. La contralto Caroline Unger le tocó en el brazo derecho y le señaló el patio de butacas. Entonces Beethoven fue consciente del éxito de la obra. Como no podía oír los aplausos, el público tuvo el detalle de sacar pañuelos blancos para demostrar el valor que le otorgaba a lo que acababa de escuchar. Los más osados lanzaron sus sombreros al escenario. Beethoven se limitó a inclinar su cuerpo como gesto de  agradecimiento y se retiró a los camerinos. No volvió a aparecer en público. Se refugió en su casa y murió tres años más tarde, el 26 de marzo de 1827. Dejó inacabada la décima sinfonía. Pero da igual. Jamás hubiera superado a su antecesora. Tal vez, consciente de esa realidad, el músico debió pensar: ¿Para qué?

GABRIEL SÁNCHEZ

La West-Eastern Divan Orchestra, dirigida por Daniel Barenboim, interpreta la Novena Sinfonía de Beethoven en la Filarmónica de Berlín, la ciudad donde el compositor hubiera querido estrenar su obra.

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